Amor a la correspondencia con la proporcionalidad implícita

Quienes somos de sentimientos intensos tenemos la obligación de comprender, tarde o temprano, el llamado a la mesura. Cuando se llega a dimensionar la magnitud de lo que significa corresponder el amor con la proporcionalidad implícita, uno entiende por fin que la intensidad propia es una forma de egoísmo, si bien no puede descartarse que los intensos y apasionados somos presas perfectas para los narcisistas: aunque eso, por el momento, es otro tema.

Hay que decirlo con las palabras más simples posibles para evitar cualquier equívoco. Luego, si uno descubre que hay matices, hay que añadirlos o en todo caso dialogarlos, para quien se preste a ello desde los comentarios.

Lo primero. En el rigor más absoluto y total, es imposible que dos personas ofrezcan todo proporcionalmente. Siempre habrá una que dé más que otra. Y aunque estuvieran en una aparente igualdad de condiciones, siempre quedan esas pequeñas diferencias fundamentales, insalvables, que solo pueden sobrellevarse ante la decisión firme de ambas partes: esa decisión, en particular, es la importante en cuanto a proporcionalidad. Es decir, si quiere verlo desde un punto de vista más inmediato y superficial, siempre habrá una diferencia de inteligencia (emocional o de coeficiente), espiritual (lo que influirá como no se imagina en lo moral y en lo ético) y cultural (que influirá en las costumbres cotidianas, del hogar, en la concepción de lo económico, laboral y social, etc.). Pero si la decisión de ambas partes es proporcional, entonces la tenacidad los llevará a la tan deseada aurea mediocritas.

Lo segundo. La proporcionalidad implícita tiene mucho que ver con la concepción del tiempo. Es una vergüenza citarse solo, pero esto lo mencioné en otro post: “Como bien apunta Borges, la amistad prescinde de la frecuencia. Pero si una persona se niega demasiadas veces, en un periodo prolongado de tiempo, a por lo menos un instante, una breve cita para compartir, entonces esa persona está siendo solo cordial, dentro de lo estrictamente necesario. Una futura amistad íntima siempre encontrará la manera de encontrarse con usted y sabrá valorar también su tiempo. No busque donde no va a encontrar. Se lo digo por experiencia: yo aprendí esa lección muy dolorosamente”.

Si una persona tiene tantos compromisos, como para pasar de usted por tanto tiempo, debe por lo menos existir una forma de comunicación: si falla la comunicación entonces a la otra persona no le importa. Y ahí no caben las excusas, y menos en estos tiempos de comunicaciones. Los hechos hablan más que las palabras y que la exposición de las buenas intenciones. UN MINUTO de las 24 horas que tiene el día es suficiente para comunicar. Si ni eso ocurre, sencillamente está perdiendo su tiempo. No hay que buscarle más. Y si trabajan juntos en algún proyecto esto es todavía más grave, ya que esa persona está jugando con sus sueños y aspiraciones. El orden de sus prioridades no es proporcional y están cada uno en otros rumbos. He visto demasiados casos de quienes hacen hasta lo imposible por encontrarse con una potencial pareja sexual o para presentarse un par de horas a una reunión social. ¿Por qué no poder hacer lo mismo con lo verdaderamente importante?

Lo tercero. Todos tienen un ritmo para corresponder, pero una vez descubierto ese ritmo todo cae por su propio peso. Parecerá que se contradice con el punto anterior, pero es al contrario, ya que es un complemento. Conocí parejas que apenas el primer día de iniciar una relación se comportaban como si tuvieran años de estar juntos —y ahora entiendo ese cliché hollywoodense de “yo no tengo sexo en la primera cita”—. Y también conocí otras que tuvieron sus primeros malentendidos, porque uno de los dos quería ir más rápido: con los besos, con tomar la mano en público, con el nivel de caricias, con el sexo… cada persona tiene su ritmo y para muchos es nuevo lo que otros dan por sentado.

Esto aplica también en muchos otros ámbitos. Y por eso mencionaba que quizá parezca una contradicción, pero no lo es. En la iglesia, el club, el voluntariado, la universidad o el trabajo siempre habrá personas que trabajen más que otras, incluso si pertenecen al mismo equipo. Habrá unos que no podrán llevar el ritmo, por las cientos de razones que se le ocurran. Pero bien se nota quien tiene dificultades, de quien está sobrado y actuando con displicencia. Lo sé: lo he vivido demasiadas veces, desde que fui un estudiante de bachillerato. Y me han visto la cara de tonto ya demasiadas veces… incluso hay quien lo hace sin conciencia de su accionar, hasta que se llega el momento, así que hay muchas variables en estos casos. Pero aunque todos no tengan el mismo ritmo, no puede recaer todo en una parte. Eso no está bien.

Lo cuarto. La justicia es un concepto netamente humano. El mundo, en realidad, es injusto y siempre lo ha sido, y siempre lo será. Pero hay un rango de acciones en cada uno de nosotros, tengamos o no poder: hasta el hombre atado a punto de ser torturado tiene la opción de gritar amordazado (sí, aunque no le sirva de nada), si me toca caer en un reduccionismo sartreano. Usted no puede obligar a nadie a que lo ame, pero sí a que lo respeten. Exigir cierto nivel de proporcionalidad, incluso en una aparente desigualdad de condiciones, tiene algo de justo, dejando las respectivas instancias salvadas con la búsqueda del punto medio, del aurea mediocritas. De hecho, la búsqueda de la proporcionalidad es una de las pocas formas de justicia que tenemos en nuestras propias manos y que cada uno puede llegar a aplicar correctamente.

El equívoco bestial más grande es exigir esa proporcionalidad de la forma equivocada. Y ahí todos somos susceptibles de incurrir en el error. No puede obligar a alguien, por ejemplo, a que trabaje a su mismo ritmo o que comprenda con inteligencia lo que usted comprende (llámese estudios, religión o incluso el ocio de los libros o películas). Pero hay un límite incluso en medio de esas diferencias: todo está en la voluntad. Si la diferencia es demasiado grande, y no hay voluntad de ambas partes para llegar al punto medio, entonces no hay nada por hacer. O uno se queda trabajando más que el otro, o sentirse más o menos que el otro, o sencillamente hay que marcharse. Pero quedarse a pesar del sentimiento desgastante es un error y uno puede arrepentirse de por vida.

*** *** ***

Nunca pude pedirle perdón a mi primera novia, por haber sido un intenso hasta puntos que ahora me parecen ridículos. ¿Cuántas cartas y poemas —cursis y ridículos— le escribí? ¿Cuántas veces le llamé por teléfono? ¿No estaba buscando con ahínco que se aburriera rápido de mí? Fui afortunado, porque llegó el momento en que encontré a esa persona (después de varias equivocaciones, huelga decir): alguien igual de intensa que yo. Pero ni esa historia terminó bien. Así que aprendí mi lección ya en mi etapa solitaria, después de años de ver y buscar donde no había nada, de aprender a controlar mis emociones, de comprender que ese fuego interior que los intensos cargamos no es de todas las personas. Eso sí, debo mencionarlo porque es la verdad: el amor idílico es otra cosa… pero igual, también eso es otro tema.

Ese fuego interior, al menos en mi caso, lo aplico para casi todos los aspectos de mi vida: mis horas de lectura, escritura, mi ritmo para trabajar, mi dedicación a los amigos cuando estos me lo permiten… en la universidad, como he contado ya varias veces en este espacio, me daba maratones kamikaze que estoy seguro de que me pasarán factura cuando esté más viejo.

Y sin embargo, gracias a esa misma intensidad, persistencia y tenacidad, por una voluntad inquebrantable gané varias amistades que conservo hasta el día de hoy. Quizá yo puse mucho al principio (si me voy a mi lejana adolescencia), pero después de varios años estoy con todos mis amigos, sin excepción, en la añorada aurea mediocritas. Por eso amo la correspondencia con la proporcionalidad implícita: con ella se siente que todo tiene equilibrio y un sentido particular.

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