Oficios y desperdicios: el sentido de inutilidad

Un historiador es un charlatán que hace triquiñuelas con los muertos

Voltaire

Siempre me he preguntado en qué segundo, en qué momento de todo lo que podían haber hecho, Banksy o Blek le Rat supieron que lo que hacían era arte. Y si existía todo un trabajo previo, toda una historia de antecedentes al respecto donde desde un punto de vista utilitarista no eran nadie ante los ojos del resto, ¿qué pensaban de sí mismos?

¿En qué momento habrá sido que Ai Wei Wei decidió su famoso tríptico fotográfico comunicaba lo suficiente para decidir que era una obra de arte con todo el derecho? Además, quizá para no ahogarse con ejemplos, ¿en qué maldito instante es que uno puede decidir que lo que hace es arte y cómo hay que hacer para validarlo?

Sí, lo sé, estas suenan más como preguntas de un adolescente de 16 años en plena formación personal de historia del arte. Y debo confesar que no tengo reparos en dudar en que algo es arte o no, y que de todos modos hay tanto arte por disfrutar, que bien podría caer en una espiral hedonista que me arrastre por el resto de mi vida, sin preocuparme sobre la esencia de los significados. Pero eso puede sobrellevarse con la obra de los demás. ¿Y qué hay con lo que uno hace?

¿Por qué a estas alturas de mi vida sigo buscándole sentido a lo que hago, si de todos modos me iré por el desagüe, como el 99.99 % de seres humanos que pasaremos al olvido? Si lo que hago no es arte y mucho menos algo productivo que posea alguna suerte de importancia, ¿qué es y por qué lo amo tanto, o por qué me importa tanto como para perder el tiempo en realizarlo y no dedicarme a algo más productivo, tal y como dicta la norma en esta era de hiperindividualismo utilitarista? ¿Por qué sigo escribiendo aquí y no estoy en alguna parte, trabajando como una persona normal?

No lo sé y detesto no tener una respuesta, al menos para consumo íntimo, a estas alturas de mi vida.

No volveré a narrar todos los trabajos y oficios a los que me dediqué por necesidad, desde los 16 años de edad hasta los 30 años. Ya lo he repetido como en 20 post desde que escribo en este espacio. Lo que sí puedo repetir es que en cada empleo jamás me abandonó esa terrible sensación de estar perdiendo un valioso tiempo en el lugar equivocado, en el momento equivocado. Y que —por ejemplo— en cambio cuando me ponía a escribir —desde que lo hacía a mano, pasando por todas las evoluciones necesarias hasta llegar a la computadora en la que lo hago hoy— sentía que podía ser yo, que algo de mí quedaba en las palabras, aunque en el fondo tenía (y tengo) plena conciencia de que lo que escribo apenas le puede interesar a una o dos personas.

Pero no me vendré a dar aires de escritor. Y si lo he hecho en alguna vez como para sacarle una sonrisa desde su asiento, mi estimado lector, al menos no es mi ruta para esta ocasión. Se me ocurren otros ejemplos.

Vaya, le confieso a título personal que detesto cocinar. Si pudiera prescindir de tal actividad, la reduciría al mínimo. Y con esta última frase viene la trampa: yo siento que cuando cocino para mí o cuando lo hago por obligación estoy perdiendo un tiempo que puede llegar a desesperarme (sumado a que soy de los que cocinan lento y tratando las cosas paso a paso), porque me da la sensación de que podría estar dedicándome a cosas más provechosas. Y es algo bien tonto, porque cuando cocinaba para mi hijo no tenía ningún reparo en hacerlo, o cuando he cocinado para mis amigos lo he hecho con el mayor de los placeres: es como si mi platillo, por simple, provinciano y básico que fuera, por fin tuviera sentido, porque sería comido por personas importantes para mí. Lo sé, quizá todo lo anterior es una obviedad, quizá solo padezco de un síndrome básico obsesivo compulsivo, pero llega un momento en la vida en que estas cosas adquieren importancia.

Yo también encuaderno libros y las cientos de horas que perdí aprendiendo las técnicas básicas de encuadernación valieron la pena, o al menos eso me parece, porque presiento que un libro tiene un destino más allá de un único dueño, a menos que por algún azar termine en el fuego o reciclado por alguna persona desalmada. Así que cuando he completado un libro y lo dejo conservado en materiales más perdurables, me brinda una satisfacción inexplicable o quizá solo entendible para todo aquel que ame lo que hace o que se sienta útil y satisfecho con el trabajo que realiza. Y la verdad es que ese es el meollo del asunto: ¿cómo borrar esa sensación estúpida de que todo lo que hacemos es inútil? ¿Dónde está el interruptor para apagar es maldita sensación?

Y descontando esos dos ejemplos, debo admitir que soy un bueno para nada para cientos de cosas prácticas en las que todo mundo se resuelve con facilidad cotidiana. Yo apenas puedo con mi propia vida y a lo único que le he dedicado años (si sumo las horas diarias durante todos estos años) es a la lectura y a la escritura. Y a pesar de eso, aunque me dé golpes de pecho, no sé por qué lo sigo haciendo: no sé si sigo incurriendo en la falacia de costo irrecuperable, o sencillamente he logrado convertir esto en una costumbre tan poderosa, que ya no concibo mi vida sin estas dos cosas.

Pero… ¿para qué todo esto?

¿Por qué no puedo dedicarme como una persona normal a cualquier otro oficio que me permita vivir más decentemente? Y entro en cientos de contradicciones: que si me da igual o no lo material, que si me importa o no lo que opine mi familia o los demás, que si estoy dispuesto o no a pagar el precio. Pero quizá lo más difícil —como mencioné más arriba— es lograr combatir la sensación de que todo lo que hago es inútil, de que habré perdido años de vida y que cuando caiga en las sombras de la parca y en el olvido inexorable, que entonces en el segundo anterior a la muerte me habré arrepentido del tiempo perdido.

Pero… ¿y si al final todo eso no importa? ¿Y si la vida es tan breve que no importa si solo soy una sombra más que se va al olvido, pero que por lo menos habré vivido la vida que elegí, sin importar si fue simple, pobre e insignificante? ¿Y si esa es la verdad que elegí por qué no puedo abandonar la sensación de duda?

Quizá la duda nunca se va. O quizá no sea duda: quizá sea como el ejemplo de la cocina que mencioné más arriba… quizá solo me falta un algo —¿estímulo o aliciente?— que me haga sentir que esto no es inútil y que estoy completo, con todo lo bueno y lo malo que eso pueda significar. O quizá solo debería de bajar los ladrillos de mi espalda y dejar de ponerle atención a eso, porque de todos modos solo puedo vivir mi vida, y que eso es ahora mismo, incluso mientras tecleo estas palabras.

Pero igual…

De todos modos intentaré dar lo mejor de mí para pensar en una actividad complementaria… una que se relacione con lo que hago, pero que a la vez pueda ser lo suficientemente diferente como para sentirme menos inútil. Si no recuerdo mal, es lo que algunos educadores llamaban eje transversal. O bueno, esa es la expresión más aproximada que se me ocurre ahorita.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .