Amor a la libido

Primero lo primero: convengamos en que el amor a la libido del que va a leer en las siguientes líneas es el del significado llano y simple que la Medicina le otorga sobre su relación con el deseo sexual. Para ampliar en el psicoanálisis clásico, o más específicamente, en las discrepancias Freud / Jung creo que haría falta abordar el tema desde una óptica más academicista, lo cual es algo así como esperar mucho de un blogcito simple como este, que apenas puede con su propio desorden temático.

En fin… pasemos a lo que venimos…

Bueno, bueno… para entrar de lleno al tema, nada como mencionar un par de números para poner las cosas en perspectiva…

Según la Internet Adult Film Database existen unos 10,693 estudios dedicados a la creación de películas para adultos. Pero ojo: esa es la lista de estudios legalmente establecidos, los cuales apenas representan un 20 % o menos de la totalidad del porno que se produce en todo el mundo. Si a esto le añadimos que algunos de esos estudios pueden jactarse de haber producido millones de horas de contenido erótico (no, no estoy bromeando) y que la industria legal cuenta con unos 125,000 performers para los filmes —desde estrellas consagradas hasta aves de paso—, ahora imagínese cuánto se produce realmente, si se cuenta lo amateur e incluso lo ilegal, lo cual es una cantidad casi imposible de establecer incluso para la misma ONU.

Es una barbaridad de proporciones astronómicas. ¿Quién fue el que escribió sobre esto alguna vez: que si ahora mismo se dejaran de producir películas para adultos tardaríamos varios años en darnos cuenta? Son millones y millones de clips, que aunque el más grande adicto obseso se dedicara a verlas todas durante 16 horas diarias, todo en velocidad ×32 (si es muy joven para entender esta referencia de la época del DVD, no olvide que YouTube apenas ofrece la velocidad ×2) para tratar de abarcar lo máximo, sencillamente no le alcanzarían 90 años de vida para lograrlo.

Sí, reitero, no estoy exagerando. Y hago hincapié en todos estos datos, porque la explicación más inmediata, simple y burda nos indica que si hay oferta hay demanda: y por lo tanto, tal cantidad monstruosa de películas para adultos solo es el indicador de lo mucho que esto le interesa a una buena parte de toda la humanidad. Nos guste admitirlo o no, ya sea por presupuestos morales o por reparos en el código de etiqueta, somos sexuales, y eso ha determinado nuestro rol en la vida más allá de lo que nos gustaría admitir.

Pero eso es solo por mencionar el rasgo menos común (sí, por increíble que parezca es el menos común) de la sexualidad humana: el porno es apenas una de las tantas aristas que abarcan el tema de la libido en general, si lo pasamos a lo más inmediato y cotidiano, a la vida práctica. Eso sí, en honor a la verdad hay que decirlo: es cierto que el porno performatiza, parodia y la mayoría de veces caricaturiza la sexualidad humana, pero bien o mal es un prisma que ofrece las miles de variantes, géneros, subgéneros y categorías que representan una buena parte del conjunto de preferencias sexuales, aunque al final sean como un espejo empañado que guardamos en el desván y del que apenas admitimos que pueda devolvernos el reflejo.

La libido puede comenzar por la mirada, pero también pasa por nuestros demás sentidos, independiente de que el tacto y el gusto sean lo más evidente y total en cuanto al contacto. De nuevo, pecaré de obvio.

Dígame que no soy el único a quien le resulta excitante un buen tono de voz o también un diálogo fluido, una conversación con alguien tan inteligente que cuando uno menos siente ha bajado la guardia. La libido entrando por los oídos. Y ni qué decir de los niveles de trato, que eso daría para variables infinitas: desde quien le guste el trato directo y con firmeza, hasta quien prefiera la amabilidad mezclada con sutileza. No hay patrones fijos e inmutables.

He oído tantas historias sobre tantos aspectos específicos, sobre cuando alguien nota los detalles, tan así, de repente: la forma de mover las manos, el clásico contoneo, la manera en la que alguien mueve su cabello, la forma de entornar la mirada, el movimiento de los labios, la forma concreta de la sonrisa. Una vez me elogiaron mi manera enfática de hablar —para vergüenza mía pensé que estaba bromeando o que era ironía—, al igual que millones de veces fue todo lo contrario: que lo que más detestaban era mi específica forma de hablar. La atracción comienza de las formas más inesperadas.

Y sé que de la atracción a la libido hay un buen trecho, pero sin duda la primera siempre es el comienzo.

Asumo que a todos nos ha pasado en la vida, o por lo menos a la inmensa mayoría. Yo tengo un recuerdo nítido, por ejemplo, del miércoles 3 de marzo de 2004, a las 8 de la mañana. Fue la primera vez que la vi a ella, a esa mujer de la que al solo verla supe que me enamoraría profundamente y que —lo sé, suena horrorosamente cursi— me rompería el corazón. Pero ojo, que aunque en aquel entonces no sabía definirlo con palabras ahora lo tengo un poco más claro: es cuestión de prestarse a la corriente, de permitirse bajar la guardia y aceptar la vulnerabilidad inherente a nuestra condición. Al mismo tiempo, por puro cálculo de probabilidad, en ese estado de enamoramiento el hecho de salir lastimado casi queda como profecía autocumplida, por lo que no hay ningún mérito en saber reconocerlo. Es tirar un icosaedro y esperar a que siempre caiga 20.

Pero igual, a veces uno decide jugársela. ¡Y cómo describir esa sensación que todo lo permea! Cualquier esfuerzo de mi parte será inútil, así que solo apelo a sus propias emociones, a sus propios recuerdos. En el entendido, por supuesto, de que alguna vez se haya enamorado con locura.

¿Conoció alguna vez esas sensaciones? Esa felicidad de tomar a alguien de la mano y sentir cómo le cambia el pulso… y cómo previamente, con solo mirar a la persona, desde el momento en que puede ver cómo poco a poco comienza a acercarse, percibir que algo en su forma de mirar cambió y que no sabe si podrá quitarse la cara de idiota quién sabe por cuánto tiempo. ¿Cuál es la mejor manera de saludarse: con un abrazo, con un beso en la mejilla, con un suave beso en la boca?

Un amigo me contó una vez (y no sé si ya conté hace años esa anécdota en este mismo blog, por estos mismos días de febrero) cómo jugando a las escondidas hizo trampa y se metió a una casa no abandonada, pero sí vacía desde hace varios días. Y mientras él veía cómo todos lo buscaban, él estaba en un ángulo privilegiado donde podía verlo todo. Y de repente sintió que alguien estaba atrás y era una de sus amigas vecinas que también estaba jugando. De alguna forma lo vio y lo siguió sin que él se enterara. Apenas una línea de luz le permitió distinguirla correctamente, antes de que él se asustara por error: y dice que en ese haz de luz vertical, que justo le daba al rostro y a la parte media de su cuerpo, vio cómo ella respirada con dificultad, con la boca abierta, y cómo se hinchaba su pecho, mientras se acercaba a él poco a poco en la oscuridad. Ella quizá tenía unos 13 años y él 12. Pero él era demasiado inocente —aunque a las generaciones actuales les cueste creer eso— y no comprendía qué pasaba, por lo que le dijo a ella en susurro que sería mejor salir de ahí. Ella apretó su mano, como en un sí sé o no sé, como queriendo indicar algo, pero al final ella comprendió que él no entendía nada, y que quizá no era el momento ni el lugar. Él ahora lo medita y un nudo de emociones le invade el cuerpo: era inocente, pero esa niña también le gustaba. Pero ¿para qué pensar en ese pasado lejano? La libido tiene un camino iniciático, tiene su día y su hora, por lo que no es ninguna broma respetar su tiempo. Y no, no lo digo por moralista.

¿Cómo reaccionó usted con su primer beso? No, no me lo responda. Sé que es una pregunta muy íntima. Solo la mencioné para que pudiera traer para usted ese recuerdo. Al menos solo por un minuto. Si no fue un buen recuerdo, entonces no me haga caso. De entrada le digo que el mío fue bien bochornoso, pero que ella, en ese momento, fue comprensiva y eso fue lo justo.

No le preguntaré por su primera vez en el sexo, porque no quiero faltarle al respeto. Claro, yo comencé con este tema de la libido, pero en este caso soy yo quien debo redireccionar las cosas.

Pero ¿no es sobre todo un arrebato, cuando comenzamos a conocer las artes amatorias? Es estar nariz con nariz y ahogándose con el mismo aire. Es jugar a los espadachines con las lenguas. Es sentir que en ese momento esa piel es tibia y suave, y las manos están tan atentas, como si fuera la primera vez en nuestras vidas que utilizamos el sentido del tacto. Luego está el olor de su piel, de su cuerpo… es fuerte, atrayente. Y uno siente que se está ahogando. El aire dentro de la garganta sale mudo, está caliente y no es fácil de soportar. Y uno siente que está perdiendo la nariz en una espiral de fragancias que desbordan. Pero al mismo tiempo se siente todo tan cálido… tan cálido… y uno quiere ser oprimido contra el otro cuerpo, quiere seguir sintiendo la presión turbulenta dentro del pecho y quiere ahogarse en toda esa amalgama de olores y fragancias.

Ahora me siento ridículo, patético y coscolino al escribirlo, pero alguna vez en la vida tuve a alguien a quien decirle: “Disculpe. No puedo evitarlo. Deseo tanto su piel. Quiero lamer… quiero lamerla toda, por favor”. Y uno siente cómo se eriza la piel, como nos rodea poco a poco ese cosquilleo electrificante. Y el confort es tal, que al menos por primera vez en la vida uno puede venir y pensar, sin ningún temor al ridículo: “Creo que esto es lo que busco. Puedo sentir cómo poco a poco mi cuerpo se derrite. Me derrito desde el centro de mi cuerpo hasta convertirme en una masa amorfa que se fusiona con el otro cuerpo, por las incontrolables ganas de volar, de salir volatilizado como si nada más en este mundo pudiera importar. Esa sensación de paz que me incita a convertirme en la materia que se escapa en la oscuridad infinita del universo”. Luego solo queda el tacto, una y otra vez, hasta el final. Esa sensación es como un remolino… un cálido remolino en el que uno escapa a sentir que se ahoga. Una profunda y perforante sensación. Se siente como si el centro de nuestro interior estuviera siendo succionado hacia afuera en su totalidad. El cuerpo entero convulsiona y tiembla de forma involuntaria, hasta que por fin llega la cama.

Eso me hace pensar: ¿cómo explicarle a alguien que todo eso es delicioso vivirlo por puro tacto superficial, pero que es más recompensante cuando se vive con alguien que uno ama? No, no lo digo por moralina. Es como tratar de pedirle a alguien que comprenda el significado de dormir abrazado con alguien y que cada mañana está ahí, única, irrepetible, con sus propios afanes. Sí, lo sé, la vida es dura y a veces miserable, pero suele ser más llevadera si tenemos a alguien a nuestro lado. Es un clásico, dirá alguien. Sí. Pero la libido comienza como un deseo desconocido, casi prohibido, y termina en una retroalimentación de dos cuerpos que se conocen y que tienen cierto nivel de complicidad. O bueno: en este caso solo puedo hablar desde la ignorancia y el desconocimiento de mi propia experiencia.

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