“Herencia”, cuento de Efraín Melara Méndez

En una época muy remota, un año antes de que usted naciera, sucedió esta real y patética historia. Hace mucho, ¿eh?

De manera que este no es un pinche cuento como cualquier otro. Es un lamentable suceso que puede acontecer en cualquier época, lugar y raza. Este cuento me lo contaron tal como lo cuento, no es una creación mía: es más bien una transcripción contada a mi modo, en la cual Ud., caro lector, coopera poniendo la fecha aproximada de acuerdo con su edad. Veamos.

*** *** ***

Era pues el año de… no, mejor ponga usted el año, porque si lo hago yo peco de indiscreto y a lo mejor usted acostumbra a aumentar o disminuir su edad y entonces… bueno, entonces era mil novecientos…

El lugar de los hechos, no importa; los nombres de los personajes tampoco importa. Esos pequeños datos póngalos usted, si en verdad quiere este cuento completo.

Había una familia que vivía en una linda población. La familia estaba constituida por un joven matrimonio que había dado al mundo su aporte en la persona de un chico casi perfecto.

Puede decirse que era un hogar feliz.

El joven jefe de la familia, cariñoso y fiel esposo, así como amoroso padre, había logrado una magnífica posición económica y prodigaba a los suyos todos sus cuidados, comodidades, gustos y caprichos imaginables.

Poseía gran iniciativa y clarividencia comercial, razón por la cual su capital se acrecentaba constantemente.

La esposa, una bella y joven mujer, estaba dotada de todas las virtudes. Amaba apasionadamente a su marido y entrañablemente al hijo de su pasión.

El niño era un muñeco de carne y hueso. Inteligente, gracioso y bello.

He aquí el cuadro. El hogar ideal.

El hogar perfecto, idealizado y soñado por todos los hombres y mujeres del mundo, que habíase reunido en aquel dichoso matrimonio.

La tierra, para ellos, no era otra cosa que el paraíso bíblico corregido y mejorado.

Era tanta su dicha, su felicidad, que no creían en la expulsión del Edén. Se reían incrédulos de todo cuanto significaba sufrimiento, dolor, penas, angustias, incomprensiones; pues es natural que el que no conoce más que la felicidad, ignore el significado de la palabra amargura. Y claro, como este es un cuento, cabe suponerse que la felicidad puede ser perfecta y permanente en este palpitante mundo del twist, que los hombres quieren dejar para irse a la Luna, a Marte, a Venus, o a cualquier otra parte, con tal de no seguir en este mar de felicidad y belleza. ¿Entendidos? ¡Muy bien, vamos adelante!

*** *** ***

Inexorablemente, el tiempo arrancó números a los calendarios. Arrancó hojas a los árboles e ininterrumpidamente cambió calendarios. Se subió a las caras y las arrugó, se subió a las cabezas y las blanqueó de canas.

Aquel hogar feliz, feliz, había cambiado muchos cromos de calendarios. Había saludado miles y miles de veces al sol que constantemente sonreía. Nada perturbaba aquella dicha; solamente había un pequeño problema. Un problemita insignificante, apenas imperceptible. El niño había sido tan mimado, tan consentido en su voluntad, que el más insignificante de sus deseos era satisfecho en el acto, en el mismo instante de su manifestación.

Esta satisfacción solícita y obsecuente de sus caprichitos de nene fue convirtiéndose en un inalienable derecho en su conciencia de infante, un deber en la voluntad de la madre y una obligación en la vida del padre.

Y así fue creciendo y creciendo el niño, y con él, sus deseos, caprichos, exigencias y derechos.

A los dos años de vida ya había impuesto su voluntad en el hogar feliz. Usó como defensa las pataletas y chirinola.

El padre feliz, para dorar la píldora de su alcahuetería, decía: “¡Es un niño precoz!”.

A los 15 años, la voluntad del adolescente era una ley en aquel hogar eternamente feliz. Los padres adoraban a su hijo único y eran apasionados esclavos de sus gustos y caprichos. En cuatro casos eventuales de resistencia por parte de sus padres, el muchacho usaba el arma de la amenaza. Abandonaría el hogar.

A los 21 años, a su mayoría de edad, era todo un delincuente que, bajo la amenaza de suicidarse, había obligado a su padre a que le hiciera traspaso legal de todos sus bienes como heredero universal.

Aparte de estos pequeños caprichitos del hijo único, amado y mimado, el hogar era un paraíso. Todo amor, cariño y belleza. Todo poesía y música, hasta que al fin… un día, se presentó el drama.

*** *** ***

Después de un corto noviazgo, el adorado hijo se casó. “Cada oveja con su pareja”, reza el refrán.

Y así tenemos que la mujer del hijo amado era también díscola y rivalizando en el afecto de su marido no podía consentir la mirada siquiera de sus suegros, y así, después de bien pensarlo, emplazó al dueño de la casa y de su amor y le dijo:

—En esta casa habemos cuatro personas de familia. Para nuestro idilio sobran dos y te digo claramente: ¡se van tus padres o me voy yo!
—No es preciso —argumentó el amo—. Podemos los dos irnos a otro lugar.
—De ninguna manera —rechazó la caprichosa esposa—. Nos quedamos en esta casa o… nos separamos. Tu proposición lastima mi orgullo.

Los padres del mozo, que por su edad habían entrado en la decadencia de sus dichosas vidas, enterados que fueron de aquella inaudita exigencia y, por no perturbar la armonía de aquel joven matrimonio, tomaron una pequeña porción de capital y salieron expulsados de su Edén a rodar mundo.

Parece extraño, idiay no ve. En todos los cuentos hasta hoy, siempre fueron los hijos los que salieron a rodar tierra. Sin embargo en este son los padres los que salieron de patitas a la calle.

*** *** ***

Bueno, pasaron los días, meses, años, etc., etc. Pasaron, pasaron y pasaron… al joven matrimonio le nació un hijo. El hombre, a pesar de su carácter díscolo, temperamental, habíase convertido en un pequeño juguete en manos de su caprichosa mujer, que hoy le daba la tremenda satisfacción de convertirlo en padre.

Y aquel hijo creció. Creció en medio de disgustos, de protestos, amenazas y pescozones que sus díscolos padres le mostraban como natural camino en la vida.

El día en que el hijo de aquel caprichoso matrimonio cumplía años; y cuando estaba partiendo el pastel de siete velas, se oyeron toques de puerta en el zaguán de la casa.

Estaba allí un viejo barbicano, cabeza desmelechada, piel enjuta, apergaminada y demacrado, vistiendo harapos mugrientos, que al ver el pequeño dibujó una sonrisa esforzándose para contener una lágrima que impertinente se asomaba al balcón de su mirada y le dijo:

—Hijito, ve y dile al dueño de casa que su padre, cansado de rodar por las calles, le pide donde dormir.

El niño transmitió a su madre el recado y con instrucciones de sus progenitores fue a la bodega donde estaban los costales viejos de henequén. Agarró uno y se lo llevó al viejo mendigo diciéndole:

—Tome, buen anciano, aquí le mandan este saco para que se busque el quicio de alguna puerta, se acueste y descanse.

Diciendo esto cerró el portón y volvió alegremente a su pastel.

*** *** ***

No sé por qué motivo, esa misma tarde el padre del niño, agarrado de la mano de su mujer, llegó hasta la bodega y le llamó la atención ver un saco de henequén tirado en un rincón.

Recordó que poco antes había mandado a su hijo a regalarle un saco a su padre, para que fuese a reposar sus cansados huesos al quicio de cualquier puerta y no comprendía por qué aún se encontraba aquel costal ahí, así, tan apartado.

Intrigado llamó a su pequeño hijo y lo interrogó cariñosamente:

—Dime, hijito, ¿por qué está este viejo costal aquí arrinconado? Yo te mandé a dárselo al viejo que vino hoy temprano a mendigar.

El niño miró tristemente a su padre, y con la cabeza erguida y la voz firme le contestó:

—Sí, padre, tú me mandaste a darle un costal a mi abuelo, pero cuando llegué aquí habían dos costales viejos y pensé en que si le daba los dos a él, no quedaría ninguno para dártelo a ti cuando reciba mi herencia.

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