Amor a la memoria como el relato de la propia coherencia

Nunca llegamos a tenerlo del todo claro, pero digamos que muy a nuestro pesar poseemos una perspectiva propia, un deseo por vivir la vida, que debería de ser más fuerte que todas las cosas.

Ni somos duales, ni podemos encasillarnos en parámetros. Ni nuestro signo zodiacal o lugar de nacimiento indica las variables básicas, ni tampoco la combinación de las 270 emociones y sentimientos pueden determinar las millones de posibilidades que podemos hacer en nuestro día a día desde que nacemos hasta que morimos. O bueno, me corrijo: lo único seguro son nuestras contradicciones… perdóneme el lugar común.

Viene a mi mente, sin ton ni son, una de mis citas favoritas de Goethe:

¡Ay! Devolvedme a mí también aquellos tiempos, en que yo mismo aún estaba en camino, cuando un manantial repleto de canciones sin cesar siempre de nuevo manaba, cuando una niebla el mundo me velaba, los capullos aún me prometían prodigios, y yo andaba cortando las mil flores que todos los valles ricamente colmaban. No tenía nada y sin embargo me bastaba el impulso hacia la verdad y la complacencia en el engaño. Dadme aquellos impulsos indómitos, aquella honda y dolorosa dicha, la fuerza del odio, el poder del amor, ¡devolvedme, ay, mi juventud!

¡Qué cosas!, ¿no? Solemos pensar en la vida como una línea recta, donde le damos coherencia desde la preciosa e inocente infancia, pasando por el espectáculo de la insalvable juventud, llegar a la adultez llena de sinsabores y expectativas, hasta que al fin nos alcanza la vejez temblona, donde nos alcanza el desencanto y ya nada nos sorprende. Y que al mismo tiempo nos hace comprender cosas que antes no podíamos ver. La frase de cajón, repetida hasta la saciedad en este blog, y que nunca supe si era de Oscar Wilde o de Gabriela Mistral: “La experiencia es un billete de lotería que sale premiado después de terminado el sorteo”. ¿La parafraseé bien? Perdóneme, pero no quise googlearla.

Si tan solo pudiera probarse más allá de toda duda razonable que somos un poco más que toda esa bioquímica, y nuestra condición biopsicosocial y valorativa, que nos domina en cada segundo de nuestras vidas. Si tan solo las incertidumbres e incomodidades solo dejaran de crecer o que por lo menos las manejáramos a voluntad. Y si tan solo existiera un motor más poderoso que la inconformidad o la adicción a la curiosidad. ¿Por qué no podemos guardar una fotografía espacio-temporal íntegra del mejor momento de nuestras vidas y utilizarla como recordatorio cuando más la necesitemos?

En fin… ese algo caótico es el relato de la vida. Un relato tan ficticio como nuestros prejuicios y aproximaciones, pero que sin él nos sentiríamos más perdidos. Lo necesitamos. Necesitamos ese relato que día a día elaboramos y reelaboramos, a veces sin quererlo y sin desearlo, pero que nos hace sentir que todo es coherente y que todo tiene sentido.

¿Nunca le ha ocurrido que alguien le saca en cara algo que se contradice con su yo actual? Ahora nos arrogamos el derecho a la contradicción, porque se ha vuelto cada vez una conciencia más generalizada. Pero antes —y también ahora… todavía existen personas así— algunos trataban de justificarse y tenían la muy y humana y maravillosa reacción de darle coherencia a todo, a pesar de las contradicciones pasadas. Pero ahora usted y yo lo sabemos: tenemos constantes y tenemos variables… y nada de eso es seguro… es como jugar a la cara y cruz: nada, absolutamente nada, garantiza que si 50 veces le salió cara, que la número 51 será cruz. Nada en el universo puede garantizarlo como algo 100 % seguro. Y bueno, así es la vida.

Por eso a medida que crece el amor y el odio hacia uno mismo, comienza a negociar con todas esas variables y contradicciones. Lo malo es cometer el error de minusvalidarse o creer menos en uno mismo de lo que se debiera saludablemente. Lo sé porque yo he cometido errores de ese tamaño durante toda mi vida. ¿Por qué me subestimé en aquella exposición de clases, frente a todos mis compañeros? ¿Por qué siempre me creí incapaz para aprender deportes o un instrumento musical? Y así, cada uno tendrá que lidiar con sus demonios cotidianos.

Pero hay que amar ese relato, muy a nuestro pesar. Su coherencia interna no es perfecta, pero en este mundo jamás lo ha sido la de nadie. Así que no comete ningún pecado al amarse con suficiencia. No, no hablo de buenas o malas autoestimas. Al final, de todos modos, antes de caer en explicaciones innecesarias, es un disparo en la oscuridad, en un camino del que saldremos librados de un momento a otro: a menos que decidamos vivir la vida con un alto grado de alienación, lo cual, de todos modos, también es una opción.

2 comentarios en “Amor a la memoria como el relato de la propia coherencia

  1. La acabo de googlear, y sí es de Gabriela Mistral varía un poquito: “La experiencia es un billete de lotería comprado después del sorteo”, pero que conste que tu modificación es válida y caza bien porque es mínima y sino igual daba, se convertía en la frase Edwin y ya. Bueno que me he puesto a divagar con esto y no estoy diciendo nada XD. Me ha gustado mucho tu reflexión y me ha llegado, que todos al final en algún momento nos hemos contradicho o mirado en menos (lo cual es pésimo porque tenemos tanto derecho como cualquiera y gracias experiencia por intentar hacer de aquí a futuro las cosas mejor sin martirizarme) Y sí, quisiera tener esa fotografía para recordarme las cosas geniales. Saludos 🙂

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