Corolario tangencial y anecdótico

Esto nació como ripio y residuo del post anterior, que por supuesto tiene más valor e importancia. Así que lo que sigue es algo así como un anecdotario: la parte inútil de cuando me puse a teclear y que por capricho no quise dejar en el olvido. Con toda la justificación del mundo usted puede prescindir de las líneas que siguen a continuación. Pero si quiere seguir leyendo, por el motivo que fuere, muchas gracias.

Hay que hacer esa distinción: una cosa es el amor al conocimiento, otra al conocimiento científico y otra el amor a lo académico.

Quisiera saber cuál fue el instante exacto, el día y la hora en que dejé de creer en mis propios juegos y experimentos infantiles. O bueno: me gusta pensar que esas manías se transmutaron y pasaron a convertirse en otros ocios e inquietudes. De todos modos es un proceso involuntario, y a veces inconsciente, la paulatina pérdida de la inocencia.

Pero me gusta pensar que formo parte de esa innumerable cantidad de personas que nunca pierden la curiosidad ante el mundo, desde lo más trivial a lo trascendente. Y me siento privilegiado, en ese sentido, por haber nacido y crecido en esta época, y formar parte de esta era de la información.

Pienso en estas cosas justo ahora, que cumplí un poco más de un mes desde la última vez que me encontré con una excompañera de la universidad. Y a propósito de dicho encuentro, pensé en todas mis experiencias académicas y laborales. En otras palabras, este escrito tenía que expulsarlo eventualmente de mi cabeza.

Durante el mes pasado (digamos, para redondear), mientras realizaba unas compras en un centro comercial, faltando unos 200 metros para llegar al lugar, vi a una excompañera de la universidad y noté que ella también me vio. Veníamos en sentidos opuestos y estuve a punto de sonreírle para saludarla con cordialidad, cuando noté que se pasó la calle: así es, éramos los únicos entre lado y lado, por lo que lo primero que pensé es que se pasó la calle para evitar tener cualquier clase de contacto conmigo. Pero quiero, de alguna manera, darle el beneficio de la duda.

No diré quién era, ya que respetaré el hecho de lo que ocurrió ese día. Tampoco sé si me lee algún excompañero de la universidad e intentará averiguar por su cuenta y por puro chisme: eso ya escapa de mis manos. Debo admitir que me sentí mal en primer término, porque, particularmente con esta compañera, creí que tendría como mínimo un buen recuerdo mío: le ayudé muchísimas veces con tareas y trabajos de la universidad. No es que se los quiera sacar en cara o algo, pero si nunca le hice nada malo y por el contrario le ayudé muchas veces, naturalmente me desconcertó su actitud.

La cuestión es que me quedé con ese sentimiento y con eso realicé mis asuntos en el centro comercial… al terminar todas mis diligencias decidí que quería comer algo y entré en una cafetería. Para mi sorpresa la excompañera estaba allí también, pero para no incomodarla fingí que no la había visto. Esta vez ella no me había visto, porque estaba haciendo fila delante de mí, pero cuando por fin tomé asiento en algún rincón, muy al rato, ella, por iniciativa personal, decidió hablarme: no sé en este punto de las cosas si le molestó que yo fingiera no verla o si no le dio más la moral. Preferí no preguntar.

Ambos fuimos cordiales. Nuestro único tema en común era la universidad, así que de eso hablamos. Reímos un rato y después de un tiempo ella me dijo: «Es que me acuerdo cuando vos solo peleando pasabas en la universidad». Yo no evité reírme de sus palabras. ¿Peleando? ¿Por qué debatir los temas académicos es pelear? Luego de conversarlo un buen rato comprendí que en cierto modo ella representa lo que la mayoría pensaba de mí. No sé cómo le fue a usted, pero en mi caso personal, cualquier demostración de conocimiento, cualquier actitud que implicara participación personal en exceso, cualquier intento por debatir las ideas, era tomado de forma adversa: se consideraba, de facto, un acto de arrogancia… y al debatir las ideas las personas solían tomárselo personal, como si uno atacara a la persona y no buscara el sencillo debate de ideas.

Como mencioné antes, de inmediato escucharla me hizo pensar en todas las experiencias académicas y laborales que he venido arrastrando durante toda mi vida. Pero por fortuna ya he aprendido a vivir con ello. O quiero pensar que es así.

Al principio intenté explicarle la diferencia entre participar, dialogar con un docente y «pelear». Pero en verdad nuestras diferencias conceptuales y culturales eran tan grandes, que creo que al menos de mi parte no podría darme a entender con ella. Fue honesta hasta el punto de decirme: «Mirá, si en los primeros años me caías re-mal. Siempre que levantabas la mano yo decía: ‘¡Ash!, ya va hablar ese muchacho. ¡Qué jode! No deja dar la clase’. Pero después te fui conociendo y me di cuenta que simplemente te gustaba pelear por cualquier cosa…». Yo por dentro pensando: «Y dale con eso»… y bueno, total, dejé que se expresara como considerara mejor y lo dejé así.

Si me pongo en los zapatos de ella, y dadas las confesiones que me hizo, comprendo desde su punto de vista que ella me creyera un soberano soberbio intelectual. A lo mejor puedo darle más crédito todavía y puedo aceptar que lo soy: de seguro soy un arrogante de mierda inaguantable. Quizá es solo una ilusión mía la de pensar que todos estos años estuve en una ávida e inagotable búsqueda de conocimiento.

O quizá no: quizá ella está equivocada y lo estuvieron la mayoría de mis excompañeros, quienes en buena parte (no todos, por supuesto) y de buen grado solo se dedicaron a cumplir con los requisitos mínimos que exigía la carrera, incluidas las calificaciones. Y algunos de quienes sacaban calificaciones sobresalientes se sometían únicamente a los contenidos programáticos, sin profundizar jamás en los ejes transversarles, sin pensar jamás en una producción propia, repitiendo únicamente lo que los docentes ofrecían desde su verdad, sin contrastar, sin verificar, sin resignificar, sin actualizar…

Y entonces muchos de esos excompañeros, que solo leyeron los pocos libros y folletos programados de los módulos, que no se atrevieron a revisar una documentación más amplia, tanto central como periférica, y mucho menos a convertir la carrera en un estilo de vida, léase, buscar la inalcanzable perfección desde las herramientas y conocimientos adquiridos durante la carrera… esos excompañeros que aceptaron la inmediatez como el pan de cada día… esos para quienes la búsqueda del conocimiento es un fastidio, pero que les repugna ver que otros sí amamos esto, que seguimos persiguiendo ese algo inalcanzable, que seguimos actualizándonos y revisando nuevos autores de todos aquellos temas que alguna vez estudiamos… esos que se quedaron atrapados en la universidad, que cacofónicamente nunca dejaron de ser estudiantes, porque no desplegaron sus alas para construir un legado que esté más allá de la simple construcción y aspiración personal.

Tener 10 de calificación en una materia no lo es todo: los verdaderos estudiantes brillantes no siempre les fue muy bien en sus carreras. Tampoco es buen estudiante aquel que repite todas las fórmulas intelectuales aprendidas, incluidas las praxis de interpretación. Sí, por supuesto: no hay que confundir el uso de categorías y la confianza en los procesos de interpretación. Pero ¿cuántos de verdad saben distinguir lo uno de lo otro? ¿Cuántos podrían demostrar un criterio propio suficiente como para producir y que no parezca un calco de lo que leyeron en sus años de formación, además de dejar esa extraña sensación anodina de no estar diciendo nada?

No tiene nada de malo la construcción propia. De hecho, si uno solo no se construye no se puede ofrecer nada. Pero ahí está la cuestión: la mayoría solo se queda en la parte de construirse a sí mismo y no ofrece nada al mundo. Eso sí: para quien lo esté haciendo desde la docencia, mis mejores deseos, porque no hay nada más noble que eso… y deseo de corazón que estén marcando la diferencia. Y bueno, qué más decir de eso: mis mejores deseos también para el resto. Jamás les desearía nada malo. Es solo que no comprendí jamás por qué la actitud reprochable, cuando no tiene nada de malo exigir más, sobre todo a estas últimas generaciones (incluyo la mía, por supuesto), que muestran signos más claros de decadencia que las que nos anteceden.

Igual, no digo que no se pasen la calle al verme o que no me odien, o que no sigan creyendo que fui de lo peor que le pasó a nuestra promo, tal como algunos me lo han querido hacer creer: nada de eso importa ya (bueno, los que tengan sentimientos hacia mí… de ahí, hay una buena parte que ni siquiera recuerdan mi rostro o mi simple existencia). Construyan: nada más construyan. Todos ustedes, estimados excompañeros (si acaso alguno me está leyendo), se hicieron profesionales para ofrecer desde sí mismos un legado para nuestro país. Solo hay que hacer cumplir, por conciencia social y sentido común, esa función de cada uno.

Pero bueno…

La universidad es solo ese pequeño universo. Luego viene la vida, donde uno se da cuenta que tampoco hay con quién compartir el amor al conocimiento. O que si lo hay, debe ser de forma condicionada. Le contaré un ejemplo personal. En una ocasión, en una reunión social, estaba con un grupo de personas entusiastas de hablar de una gran cantidad de temas, de lo más interesantes, cada vez uno más que el anterior. Despertaron en mí tanto entusiasmo, que cuando menos sentí estaba con los ojos como platos, cual niño pequeño a quien le dejan contar el episodio de la caricatura de ayer. Como suele pasar, unos pusieron caras de asombro y otros de fastidio: y uno aprende a notarlo, porque es una forma de sobrevivir.

Debo añadir que ese círculo de personas con quienes estaba eran gente que en promedio se les puede considerar clase media, en algunos sentidos, por lo menos. Yo, como he contado en innumerables ocasiones, soy de familia de comerciantes informales. O dicho en un sentido más peyorativo: en mi familia la mayoría son vendedores callejeros. De hecho, soy de los poquísimos que pusieron pie en una universidad. Total, en algún momento una de las chicas me lo preguntó: «Bueno, y tú, ¿de qué colegio saliste?».

En mi país esta pregunta tiene más connotaciones de las que aparenta. Es un país con pocos dueños (aquí se le llama jocosamente Los Dueños de la Finca), quienes ponen sus reglas y deciden quién es digno y quién no, en las áreas que usted quiera imaginarse. Así que este país tiene (digamos, por decir números al azar) sus 20 a 30 colegios a nivel nacional, que son los que valen… el resto, sencillamente es impensable que puedan enseñar algo de valor, según las consideraciones de la élite local. Con las universidades ocurre un fenómeno similar, pero me ahorraré los números para no embarrarme más.

Mi respuesta fue que salí de un Instituto Nacional y que estudié en la universidad estatal, que es como decir: salí del cantón El Manguito y estudié en la universidad que cierran medio año por las protestas (esto último no es que yo lo crea, sino que es un clásico cliché que sacan los estudiantes de las universidades privadas hacia los estudiantes de la Nacional). El gesto de reacción de ella me habría encantado grabarlo con una cámara secreta que estuviera puesta en mis lentes. La actitud histriónica de ella provocó que fuera imposible evitarlo.

A partir de ese momento, no solo ella, sino que el resto, comenzaron a restarle importancia a cualquier cosa que yo opinara. Sé que lo he repetido varias veces en este blog. La inteligencia es incómoda para muchos, pero si se es de los abajo es considerada una impertinencia y hasta puede representar peligro para su pellejo. Y eso lo digo por experiencia. Caí mal innumerables veces casi que de gratis, o era normal que conversaran conmigo a la defensiva, como si en mi trato habitual yo quisiera hacerle daño a alguien. Luego a la menor oportunidad me trataban mal, y para qué le cuento.

Por ejemplo, con el grupo de personas con quienes trabajé, cuando daba mi opinión no solo era poco valorada por las jefaturas del equipo editorial, sino que incluso ninguneada, al punto que a veces hasta se tomaba como afrenta, como si se tratara de algo personal y no cuestión de ideas, como si mi objetivo individual fuera competir contra los escalones superiores. Fui tratado bastante mal, a veces con humillaciones. Y cuando el tiempo me daba la razón, me lo tomaban incluso de peor forma, como creyendo que vendría a hacer leña del árbol caído. Nunca se dieron la oportunidad de conocerme a cabalidad, ni tampoco tomaron en cuenta mi experiencia y mucho menos mis ideas. Incluso viene a pelo aquella frase cliché instragramera: «Quien humilla para demostrar su poder revela su propia miseria».

Pero ya todas estas líneas cayeron en la clásica línea de niño llorón y no era ese mi objetivo en ningún momento.

En realidad, quería contar desde mi propia experiencia, cómo muchas veces la semilla cae entre los espinos y estos se dedican a ahogarla. Y cómo, paulatinamente, a veces desde niños, otros ya avanzada la carrera universitaria, y otros ya en el ámbito laboral, cómo, repito, poco a poco, a muchos les pulverizan las ganas, los sueños, el entusiasmo… es bonito recordar aquel diálogo de Whiplash donde uno de los personajes dice que el próximo Charlie Parker jamás se desanimaría… pero ciertamente la vida no funciona así.

De todos modos, no sé si por tozudo o qué… pero mi amor al conocimiento, mi perpetua curiosidad, mis ganas de seguir aprendiendo, por extraño que parezca, siguen intactas y eso, en última instancia, es lo que importa. Al menos para mí, en condición actual de ermitaño.

Ya no sé si soy un llorón y un quejica, como dicen los españoles, o solo tomo este espacio como la terapia a la que nunca asistí… pero que, por supuesto, tras escribir cada línea tonta, después del desahogo solo me queda tratar de levantarme.

Y seguir de nuevo en mi ruta, como si nada hubiera pasado.

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