“Por el ojo de la llave”, cuento de Josefina Peñate y Hernández

Lesbia había llegado a trabajar a esa escuela. ¿Por qué? Capricho, solamente. Necesidad urgente, no. Lesbia era un espíritu escogido, sensible y fino. Brillantemente educado, antena poderosa para percibir hasta las más lejanas sensaciones: sensaciones que ella sabía aprisionar en páginas dilectas. Lesbia militaba en la legión de escritores; es decir, no legión, porque los escritores escogidos son contados. Pero esa era su bandera: ¡La idealidad suprema de la belleza conquistada por la palabra!

Y así llegó entre el corro aquel de mujercitas vulgares que la miraban de pies a cabeza, y ya a las espaldas cuchicheaban entre sí. “Pedante, orgullosa”. “Se le imagina que es muy alto valor”. Y así… pero Lesbia, a decir verdad, no era pedante ni orgullosa, sino sencillamente tenía un verdadero mérito, un valor intrínseco, y a ellas eso las ponía fuera de sí. Además, Lesbia, con su carácter huraño y triste, se mantenía siempre a respetuosa distancia, cosa que a ellas no les agradaba. Espíritus vulgares que se mantenían en un cambio directo de necedades intelectuales y de bromas vulgares, la reserva altiva y digna de Lesbia les parecía cosa reprensible. “¿Quién eres?”, habíale dicho una lengua amiga, como avisándole la maledicencia escolar. Lesbia sonrió: “¿Quién soy?”. Algo que está muy por encima de sus necedades y vulgaridades. Un espíritu que ellas no llegarán a comprender jamás. Y calló convencida y orgullosa, ya herida en su amor propio y delicadeza.

Una tarde que llegó como de costumbre a consultar el reloj antes de empezar su trabajo, pues Lesbia era una artista de primera: era también dibujante y caricaturista, se encontró con el montoncito necio de carne humana, como siempre, hablando vaciedades. Saludó cortésmente y buscó con la mirada el reloj. Una de ellas, quizá de acuerdo con las otras, díjole:

—Lesbia, de usted dicen que también escribe y que su literatura es bella. Yo desearía leer un cuento precioso que se llama Por el ojo de la llave y que se debe a su magristral pluma.

Lesbia púsose de frente y clavó en sus ojos la escrutadora mirada de sus negras pupilas. Detrás del deseo torpemente manifestado se escondía una intención maligna. Lesbia era como un punto de luz en derredor del cual se agrupasen todos sus compañeros, todos los artistas. Y esto, en lugares pequeños y maledicentes, da lugar a hablillas, sobre todo cuando la persona juzgada tiene talento y cualidades para salir mal parada en los tribunales de la ajena conciencia. Pero Lesbia era la mujer perfectamente coqueta. Sabía hacerse festejar y atender, sin conceder nada y rebajar un ápice su dignidad. Había ascendido rápidamente en los círculos artísticos e intelectuales de su patria, y su casa era como un Cenáculo donde reuníanse todos los iniciados para cambiar dilectas impresiones. Lesbia tenía el talento de saber vivir.

Pero aquellas almas ahítas de cieno trataban de humillarla, sin recordar que todos tenemos rinconcitos en la conciencia muy poco iluminados. Porque si así no fuera, seríamos seres perfectos, ¿y dónde está la perfección? Lesbia con todo aplomo les contestó:

—Dice usted muy bien, Eleonora. Yo tengo un bello cuento intitulado Por el ojo de la llave. Pero no sé si a usted le gustará. El recorte lo tenía pero se me extravió. Sin embargo, como yo no quiero que usted se quede con el deseo de conocerlo, se lo referiré a grandes rasgos.

Y Lesbia empezó a relatarle una pequeña historieta de la íntima vida de Eleonora.

Por el ojo de la llave

Esta era una joven algo guapa y atractiva que había viajado un poco y que por esto se creía con derecho a tener una grande ilustración y distinción, cosa muy difícil. Pues la distinción se hereda, viene en el alma y los sentimientos, y la ilustración se obtiene cuando se posee un espíritu investigador y sediento de análisis, y cuando se viaja también en ciertas circunstancias. Pero Ifigenia, que es la protagonista de mi cuento, no había viajado así: ella, sencillamente había trabajado en trabajos penosos, humillantes e insignificantes. Más bien, ella habíase humillado a una raza que se cree superior… y sin haberle copiado sus generosas costumbres, había copiado solo las vulgares e insignificantes, las cuales son un lujo extremado, y como todo aventurero, aprender a hablar mal de todas las personas puestas al alcance, contar embustes y juzgar siempre bajo el prisma de la envidia y de la pequeñez moral. Pues bien: sin aprenderles nada bueno, ella regresó por la necesidad al seno de la patria. Trató de trabajar como oficinista, pero no pudo; y en la primera casa comercial donde la pusieron a trabajar, ella pasaba los días muy tristes cuidando la carga que sacaban los carreteros para las estaciones y escuchándoles su lenguaje tabernario. Desconsolada por el poco sueldo y lo humillante de su trabajo dispuso cambiar de atmósfera e ingresó a una Escuela Superior de Varones. Allí conoció a Edgardo, un maestro pequeñito y negro como una avellana, pero muy inteligente y bueno. Enamorarse perdidamente uno de otro con la celeridad del rayo, todo fue uno. Los días pasaban rápidos como relámpagos, y ella ardiente con la fiebre del amor solo pensaba en un matrimonio a todo trance. Pero el caso es que Edgardo no daba trazas de aquello. Hasta que por fin… aquí viene lo interesante… Una tarde, en los baños de la escuela, se dieron cita con el adorado. El sitio era lo más a propósito posible: bastante discreto, empenumbrado, y tenía llave. Allí entregáronse a los transportes de una desesperada y horrible pasión. Él, aprovechando el momento y urgido por las circunstancias, estremecido y tembloroso, levántale las faldas de fino satín y tócale todo su cuerpecito, todo, que temblaba de pasión. Ella gemía deseando quizá quién sabe cuántas cosas… por supuesto que allí habíaseles olvidado el gran respeto que se merece un sitio tan sagrado como lo es la escuela y todos los respetos humanos. ¡Quién sabe hasta dónde hubieran llegado si no hubieran sido dos ojos pícaros y juzgones, que parecían los de un felino, y que aplicados al ojo de la llave se deleitaban con el espectáculo. Eran los de un viejo maestro, pícaro redomado que le gustaba enterarse de las cosas ajenas también, y quien previendo la inminencia de un suceso nada grato para él como director, dio un pujido, y entonces él, Edgardo, pálido de espanto, la arrojó a la hebetada que había vuelto en sí y fue a caer sobre uno de los pilares del cuarto… ¡Cuánto gozaría el viejo maestro, pícaro redomado, viendo blancos muslos y quién sabe cuántas cosas más! Pues después ella siguió trabajando y aparentando una seriedad ilimitada y juzgando mal, pero bien mal a todas las mujeres coquetas y alegres, ¡pero no débiles ni locas que se ocupaban de enseñar sus marmóreos muslos a un hombre que estaba dispuesto solo a jugar con ella, como con un muñeco de lindo alabastro!

—¿Le gustó el cuento, Eleonora? —dijo Lesbia dulcemente, y mirándolas.

Eleonora se mordió los labios aparentando disimulo, y diciendo:

—Lesbia, usted tiene inventiva e imaginación. Nada más bello que el cuento de la maestra aventurera. Pero por ser del gremio usted debería callarlo. ¡Eh!, ¿que no será ficción?

Lesbia saludó nuevamente y dio la espalda riéndose interiormente del apuro. Después reflexionó: Si las mujeres nos odiamos, si nada encontramos bueno ni moral, ¿cómo haremos para defendernos de tanto ataque? ¿Dónde ese bloque que formaremos o que debemos formar para defendernos de tanta injusticia? Pero aunque sea así, el esfuerzo de todas nosotras, las mujeres conscientes, debe ir encaminado a conseguir la redención futura, a encauzar los pasos de esas mujercitas locas y odiosas por el sendero de una amplia y hermosa fraternidad, de un compañerismo sano y honrado… No es la hora todavía, pero ella llegará y nuestras manos deben arrojar al surco y al voleo la simiente de un nuevo evangelio: el evangelio de la comprensión, del amor, de la generosidad, del perdón… Yo las amo a todas ellas a pesar de todo. Porque si estas, más adelantadas y que pretenden ilustración, están en las tinieblas del corazón… ¿hoy las otras, las humildes? Pero la hora sonará en el cuadrante, y nosotras, como el Bautista en el Jordán de las liberaciones, debemos alzar el agua lustral de todos los ideales de redención, bajo la gloria de los cielos luminosos y a la sombra de los limoneros en flor…

Se dijo, mientras la mirada penetrante de sus ojos negros se perdía a lo lejos, sobre los dorsos oscuros de la montaña lejana donde los pétalos de la gigantesca crisanthema sangrienta, que borda el jarrón enorme del firmamento durante el día, se iba escondiendo lentamente… Y el reloj dio lentamente también sus campanadas…

Con un profundo suspiro, Lesbia dijo:

—Es aún muy temprano. Aún falta mucho para el día, pero ya cuando él venga radiante con su aljaba de haces luminosos, mis pensiles espirituales estarán ricos de encendidas rosas y de pálidos lirios de bien y de verdad…

Y el cielo parecía de cobalto.

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