Sobre las diferencias fundamentales

¿Sabe qué? Debo confesarle algo. Se vino la cuarentena y no sé qué hacer. Me siento como bloqueado y perdido. Ahora mismo estoy tecleando por teclear. Si estuviera en su lugar, tras esta confesión leída cerraría la pestaña y no volvería a acercarme a este espacio durante un buen tiempo. De preferencia hasta que se termine la cuarentena mundial (si es que termina pronto).

Inicio el post con algo tan anodino como lo anterior, porque ya no sé si lo que escribiré durante este periodo tendrá algún sentido. Me explico: soy ermitaño y paso mucho tiempo solo. Pero en medio de mi soledad buscaba espacios para sobrevivirme, como salir a cualquier lado una vez por semana. Ahora que literalmente estaré obligado a estar encerrado, bajo pena de irse preso si uno no obedece el encierro domiciliar, no sé cómo haré para sobrellevar este tiempo sin volverme loco. Quien pase mucho tiempo en soledad supongo que me comprenderá: ni los libros ni el internet sustituyen por mucho tiempo el trato con otro con otro ser humano…

En fin…

Tras pasar mis quejas habituales (dejaría de ser mi blog si no añado uno que otro comentario personal y pesimista), paso a mis tonteras de siempre…

No hay nada peor que las diferencias culturales más fundamentales e irreconciliables.

Incluso con la cabeza más fría esto suele no tener una solución concreta, ni siquiera en lo inmediato. Y esto no solo va con los compañeros de trabajo, los vecinos o las amistades, sino que también con las parejas… o bueno, debería de decir que sobre todo con las parejas. Al menos según lo que he observado.

No es fácil de descubrir y mucho menos de aceptar. Es más: en dependencia del cariño, la paciencia o el amor que se le tenga a otra persona, uno puede ser lo suficiente tozudo como para sufrir un rato, antes de poder resignarse a que es improbable llegar a buen puerto donde solo se vaticinan tormentas.

Pongamos un ejemplo fácil. Imagínese todo lo que produce un malentendido con el nivel de broma al que uno se pueda prestar. Desde este ángulo podríamos pensar en un buen punto de partida, porque la tolerancia a las bromas es un ejemplo lo suficientemente ilustrativo. Desde el sentido del humor y desde lo cómico podemos darnos cuenta de quién se da por ofendido y quién no, además de medir quién es incapaz de olvidar y quién de recordar con resentimiento (a veces exagerado e incluso infundado) lo que no era para tanto. O que al menos no es para tanto en una persona, mientras que para otra, mediante su explicación o justificación, podría resultar en un mucho o un demasiado.

Si eso ocurre desde el humor, ahora imagínese lo que ocurre en las batallas cotidianas más serias y solemnes. ¿Cómo reconciliar los puntos de vista más delicados como la religión, la ética, la política o el uso cotidiano del dinero? Si las diferencias son insalvables, el amor se convierte en una bomba de tiempo que podría llevarnos a la autodestrucción. ¿Cómo lidiar con todo eso?

Por eso es terrible estar enamorado de alguien con quien tengamos diferencias tan grandes. ¿Cuántos más podríamos ceder y resistir, a sabiendas de que en el fondo no es lo que queremos? ¿Cuál es el punto de inflexión límite, la parte cuando decimos un “no” rotundo, un “no es negociable”? ¿Cuánta paciencia agotaremos hasta que la amargura lo llene todo y decidamos declinar? Porque hay que diferenciar entre aquello a lo que podemos ceder y aquello a lo que no podemos renunciar, aunque hagamos un gran esfuerzo.

Lo que un día parece extravagante y pintoresco, al otro día nos parece detestable y digno de las más duras batallas cotidianas. ¿Y qué decir de esas pequeñas crueldades disfrazadas de casualidad y de ausencia de buena fe? En El Salvador llamamos eso a hacer las cosas “por joder”, aunque luego las disfracemos de inocencia o acto inconsciente.

¿Para qué esperar la destrucción mutua asegurada? ¿Para qué esperar a que el acumulado sea tan grande, que el tiempo perdido duela más que seguir adelante? Si allá en el rincón de su conciencia no puede cambiar eso o aquello, incluso por encima del amor, tras una reflexión sesuda y en frío, entonces, con el dolor de su alma, no hay más que hacer: solo queda hacerse a un lado, apartarse a tiempo y seguir. Vida solo hay una: ¿para qué los innecesarios dolores de cabeza?

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