“Harvey P. va por Aminah hasta África”, cuento de Ligia María Orellana

A sus 36 años, Harvey P. era un buen hombre, aunque larguirucho en demasía. Usaba lentes de fondo de botella y seis días a la semana vestía un aire burgués de desolación. Tenía una legión de sirvientes realizando todo tipo de tareas domésticas en su mansión, y tenía millones de acciones en empresas multinacionales que le generaban ganancias por el mero hecho de existir. Harvey parecía tener todo el dinero del mundo, pero viviendo en la pobreza de tenerlo todo, nada lo gratificaba de corazón.

Harvey se sentaba en su despacho todas las mañanas y escribía poemas pésimos, cargados de miel y cursilería. Leía tres periódicos nacionales y su revista internacional favorita, El Escarabajo Excursionista. Fue en este en el que leyó el siguiente artículo, del que rescatamos el extracto que el mismo Harvey subrayó con marcador amarillo:

«¿Cuántas personas han muerto devoradas por un león en lo que va del año? Pocas, en comparación con las muertes causadas por organismos más poderosos, como los mosquitos. Pero, ciertamente, expirar en las fauces del llamado rey de la jungla tampoco es un mérito despreciable. Y fue mientras buscábamos estadísticas y testimonios sobre esta clase de desgracia que nos encontramos con la interesante historia de Aminah, una joven de 20 años perteneciente a una tribu en Ghana.

»Se teme que Aminah sea la última víctima de leones hasta la fecha, puesto que no se ha sabido nada de ella desde que salió de su aldea, hace año y medio. Pero quizás más interesante que su desaparición y posible destino es la historia previa. La joven se había enamorado perdidamente de un mozo corpulento y soso, a quien mantendremos en el anonimato. Aminah y el mozo tuvieron un tórrido amorío que presagiaba una feliz unión matrimonial, pero al año y medio, una fuerte discusión propició la ruptura de la pareja. Sin embargo, Aminah, desesperada por demostrarse digna del amor del corpulento y por recuperarlo, se fue de la villa y no fue vista por dos meses. En ese tiempo, el soso descubrió que la extrañaba y que deseaba que regresara para unir su vida a la de ella.

»Una mañana nublada, Aminah regresó. Desfiló con orgullo por toda la villa, mientras la gente se asomaba a verla y hacía todo tipo de juicios acerca de la locura que acababa de cometer. Cuando llegó frente a la choza del mozo corpulento y soso, le gritó en tono triunfal que saliera, pudiendo apenas contener su orgullo y ansias por ver la cara de su amado. Él salió, y quedó sorprendido al igual que el resto de la gente. Aminah se había cortado su larga cabellera y ahora la tenía hasta el cuello; sus brazos estaban cubiertos de heridas a medio cicatrizar. Traía a sus hombros el cuerpo sin vida de una leona.

»El mozo corpulento y soso la observó con asombro. “Para atrapar una leona debes ser una mujer muy inteligente”, dijo severamente. “Lo soy”, le respondió ella, ansiosa por saltarle encima y casarse inmediatamente con él. “Eres inteligente, eres fuerte… no quiero una mujer así, que me humille frente a la aldea trayéndome un regalo”.

»Testigos reportan que Aminah, de la sorpresa ante semejante reacción, se tambaleó, y algunos juran que la escucharon hacerse añicos. Ella, que había peleado con una leona, nunca se sintió tan malherida y desesperanzada como en ese momento. Y con el cadáver de la desdichada felina a cuestas (muerta en vano), salió de la villa y nadie la volvió a ver.»

Harvey quedó fascinado con esta historia. «Esto es lo que necesito. Esta es la mujer de mis sueños », se dijo, dejando caer la revista sobre su escritorio. Y algo que no sabía cómo se llamaba empezó a hacerle cosquillas en su corazón. Finalmente tener tanto dinero tuvo sentido para él. Salió de su casa y fue a comprar dos boletos a Ghana esa tarde; él mismo los compró, en lugar de enviar a sus sirvientes, signo inequívoco de que, por primera vez en al menos tres décadas, había algo que lo motivaba. Esa noche empacó a su madre y mandó a traer al periodista que escribió el artículo. El trío salió a África al amanecer.

Algo le decía a Harvey que Aminah estaba viva, y quería encontrarla, rescatarla de ese mundo y traerla al suyo para que ella le diera vuelta a su antojo. Harvey no quiso llevarnos, de modo que no podemos dar testimonio fidedigno de su travesía, pero ciertamente no fue este un viaje infructuoso. El buen hombre invirtió mucho dinero en estadías en hoteles, logística de periodismo investigativo, y sombreros para su madre; en traductores, detectives privados, y guías turísticos; en huevos de lagartijas exóticas, aspirina genérica y sobornos para nativos.

Su madre, a pesar de que la pasó bomba todo el viaje, le recriminó a su hijo haberse dejado llevar por una fantasía. En términos probabilísticos, esta mujer africana y este hombre americano nunca estuvieron remotamente cerca de encontrarse cara a cara. Pero tres meses después, Harvey bajaba las escaleras de su jet privado: habiendo hecho todo lo humanamente posible, encontró a Aminah y la trajo a su continente. Más bien, trajo su fémur, que era todo lo que había quedado de ella. Tal y como había hipotetizado El Escarabajo Excursionista, a Aminah se la comió un león; después una hiena y luego un buitre.

A pesar de la tremenda desilusión por el final de su historia, Harvey dejó de escribir poemas. En lugar de eso, pulverizó el fémur de Aminah y lo guardó en un frasquito, para llevarlo a todos los viajes que se propuso hacer (sin su madre) el día en que volvió de África. Tampoco quiso llevarnos a esos viajes, y lo vimos años después, en bancarrota y satisfecho.

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