“De caza”, cuento de Salvador J. Carazo

Nemrod no tiene peor imitador que el que estas líneas escribe, modestia de hombre de pluma aparte.

No es por falta de voluntad, ¡oh, no!, habilidad es lo que me falta. Yo he tirado, en mis ratos perdidos, cada escopetazo, que si doy en el blanco… atrapa su ración de plomo el desventurado que me acompañaba.

Tengo, es verdad, en la conciencia dos o tres zopilotes, unas pocas urracas y otros animales tan confiados como esos; pero mis proezas no van muy lejos.

Una vez, esto fue en el volcán de San Vicente, estuve, eso sí, a punto de traer a tierra el venado más grande y más gordo de los que en aquel monte vagan. Hallábame oculto por un chaparral y necesariamente no veía de la pieza sino el cuerpo… apunté con sumo cuidado y… dígoles a ustedes que si el animal no muge a tiempo, tendría a estas horas que cargar con un bueyicidio.

Mis desventuras cinegéticas las he atribuido siempre a los nervios. En una ocasión volé de un tiro el sombrero de un individuo que se me acercó imprudentemente. El grito que ambos lanzamos fue de lo más estentóreo que jamás he oído.

¡Y si fuera a contar a ustedes todas las peripecias de mis cacerías! ¡Juzguen ustedes del éxito que tendría cuando aseguré a ustedes solemnemente que invariablemente he vuelto de aquellas trayendo en son de triunfo legiones de garrapatas y algún buen catarro!

Mis principios en la línea indicada, sin embargo, daban promesas halagüeñas para el futuro; pero siento agregar que el tiempo no se ha encargado de justificarlos.

Tenía yo cierta escopeta de aviso. No era mía; era un préstamo. Préstamo bondadoso de un anciano que ya reposa en la helada tumba.

Jamás, en mis días, he visto chisme más inofensivo. En aquella época, apenas empezaba a declinar el sol hacia el poniente, tomaba el arma mortífera y me dirigía a La Calavera, cerca del pueblo de Mexicanos, y me internaba en la primera plantación que ofrecía a mis codiciosas miradas el aliciente de un portillo.

No iba solo, me acompañaba un pariente de poca menos edad que yo, con quien teníamos establecido el convenio de «un tiro cada uno». La cantidad de pájaros y conejos que no matábamos era fabulosa, y no por falta de pólvora, ni de munición tampoco: media onza de aquella, casi media libra de esta, era la cantidad regular: si parece mucho doy la cifra a descuento.

Cuando veíamos una paloma posada sobre una mata de maíz nos latía el corazón de ansiedad. Si era mi turno, levantaba despaciosamente el cañón de la escopeta, retenía el aliento, apuntaba y cerrando los ojos, me preparaba a dar el inevitable salto de carnero con que terminaba cada descarga.

Pero la Providencia que vela sobre los inocentes no permitía que la catástrofe se verificara.

«¡Tas!», hacía el gatillo sobre el tubo. Pifia.

La prometida víctima volvía los ojos hacia todos lados con genuina alarma y al apercibirse de nosotros desplegaba sus alas y echaba a volar con frenesí.

Pero resueltos a no ver burlados nuestros esfuerzos, corríamos como gamos en su persecución, ansiosos de embolsarla.

Tornábase a parar sobre la rama de un árbol. Volvía yo a apuntar y el resultado era un «tas» tan seco como el primero. Pifia.

Ahora bien, ya estaba yo hecho al modo de la condenada arma y seguía adelante persiguiendo al ave.

¡Desgraciada de ella si tenía la imprudencia de detenerse de nuevo!

Esta vez la escopeta hacía diabluras. «¡Tas!», hacía el gatillo, «crac», sonaba el tubo y luego… venía lo maravilloso. La pólvora, al entrar en ignición empezaba a chisporrotear, escupir, toser, tronar; era aquella una serie de ruidos especiales: «chis, chis, piti, pit fff… fff… fff… fóó… ¡bang!». Una nube inmensa de polvo y de humo me envolvía, tiraba una vigorosa coz al cielo, y venía a anclar de cabeza en el suelo.

Por su parte, mi compañero, igualmente acostumbrado a los modos del arma, aguardaba tranquilamente que se disipara la tempestad; luego procedía a desenterrarme. Era cosa convenida. ¡Ah!, ¿y la paloma?

¡Qué se yo! Caso de darle en el cuerpo era imposible que quedaran ni recuerdos de lo que fue. Se evaporaba.

Después del primer tiro era inútil disparar a otros; no quedaba un bicho a una milla en contorno.

En ocasiones llevábamos un perro pachón, animal prudente que siempre se quedaba a retaguardia, en previsión de equivocaciones que pudieran redundar en perjuicio de su individuo.

Sentado sobre su cuarto trasero miraba con ojos de crítico nuestros preparativos.

—Busque, ¡Nerón! —le decíamos a cada cañonazo.

Pero él guiñaba un ojo, agitaba la cabeza y parecía decirnos: «¡No soy de Armenia!».

El maldito comprendía la… situación.

Cierta tarde, con estupefacción nuestra, derribamos algo que de lejos parecía un conejo.

¡Un conejo en las ramas de un árbol!

Nerón no volvía en sí de su asombro. Corrió hacia el objeto, asióle y nos lo trajo en el hocico depositándolo en el suelo a nuestros pies.

—¡Un armadillo colorado! —exclamó mi pariente.
—¡N-n-n-no! —le contesté mohíno—, es una mazorca de cacao.

Nerón ladraba sarcásticamente. Tendía el rabo horizontalmente, levantaba la nariz en el aire y tomando un hatecillo largo, se marchó sin decir adiós. ¡Iba indignado! ¡Positivamente indignado!

Después he cazado, con más o menos éxito; pero he cazado.

¿A que no todos ustedes pueden decir lo mismo?

Yo he escalado los flancos de San Vicente, he recorrido los parajes más sombríos de la Quebrada del Brujo, he escalado el Caballito, he ascendido multitud de colinas, he bajado todos los barrancos que he podido hallar. La crepitación de mi escopeta era familiar a los ecos de aquellas soledades, y he matado… el tiempo; para lo cual, dirán ustedes que rara penetración, que no necesitaba el arma. Y es verdad; pero como cada cual tiene su modo de guisar conejos…

El resultado de mis cacerías ha sido triste. Me he vuelto escéptico. Cuando me cuentan historias de proezas cinegéticas me armo de la duda; no tomo o si pienso hacerlo, es a trueque de improvisar algunas en que si derribo algo, es la verdad. Si alguien me dice:  «Donde yo pongo el ojo pongo la bala», yo replico: «Pues, yo, donde pongo la bala ahí está el ojo», agregando en beneficio de mi conciencia y para mis adentros: «…de algún prójimo». Con la ventaja, al menos, de que en eso no miento demasiado.

Deno hacerme justicia, sin embargo. Hubo una escopeta, por esos mundos, con la que siempre acerté. El cañón de la susodicha ofrecía una curva palpable. Si usted apuntaba de norte a sur a la pieza codiciada, derribaba cualquier cosa que se hallara hacia el oriente; la nariz de un amigo, por ejemplo, u otro objeto análogo. Era aquella un arma de precisión. Yo gozaba con las sorpresas que invariablemente me proporcionó aquel útil. Creo en conciencia que era de fábrica indígena; es decir, del país.

Cuando se habló de enviar productos de la tierra y artefactos a Chile, con motivo de la exposición, quería remitirla, esperanzado de conseguir cuando menos una mención honorífica. Un amigo mío era su feliz propietario.

Dirígime a su casa. Toqué la puerta y llegó a abrirme un señor, tuerto de un ojo, manco, cojo y con una oreja menos.

—Está aquí don… ¡hola! —dije, reconociéndole—, ¿qué te pasa?
—Nada me pasa —replicó malhumorado—. Pero por aquí pasó la escopeta —y echó un taco descomunal.
—¡Pobre Perico! ¿Y cómo fue eso?
—Muy sencillo… reventó la maldita. ¿No has comprendido?
—Hombre, sí… ¡lástima de arma!
—¿Cómo se entiende? ¿Y mi oreja? ¿Y mi brazo? ¿Y mi ojo? ¡Mi ojo! ¡Con dos mil demonios!
—¡Ah!, ¿pero el premio?
—¿Qué premio?
—¡El de la Exposición de Chile!

Levantó la muleta en lo alto echando espumarajos por la boca.

Comprendiendo yo que estaba de más tomé la soleta, porque un palo… ¡oh!, un palo es una verdadera arma de precisión y… también de contusión…

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