“El eclipse”, cuento de Francisco Herrera Velado

Se puso el sol.

Aquella tarde, los indios del barrio de Asunción estaban afanadísimos, buscando cachivaches sonadores con que «ayudar a la luna» en el eclipse anunciado. Iba a principiar —decian— a las veintiuna horas, dos minutos y tres segundos. Eso, naturalmente, lo había pronosticado el maestro de escuela, quien debía de estar bien informado por el almanaque.

Era una contrariedad que la luna tuviese que verse en apuros esa noche; porque precisamente todos esperábamos gozar mucho en el baile que se daría con motivo del matrimonio de ño Goyo Patiño.

Ño Goyo era el indio más rico del pueblo y, caso increíble, había llegado a los cincuenta y pico sin querer casarse, contraviniendo las costumbres de su raza. El porqué, nunca lo dijo. Pero es de suponer que como buen rico habíase permitido el lujo de permanecer solterón.

Era propietario de una finca que le producía más de cien quintales de café en oro, y vivía cómodamente en una hermosa casa de adobes y tejas. —»¡casa con balcones de fierro!»— como decían sus parientes pobres los Chilines, quienes eran más pelados que los olotes.

Hay hombres que son queridos de veras. Ño Goyo era uno de esos. Tenía amigos notables, escogidos entre los doctores de Izalco y Sonsonate —con la precisa condición de que debían ser abogados—. Los médicos valían poquita cosa para él. Quizá tenía razón; porque ahí no más en su barrio vivían ña Casimira Másin y no Chente Látin, quienes hacían curaciones admirables. Cobraban poco: lo que el enfermo quería darles. Y las más veces no cobraban nada, porque el enfermo a quien mataban no les pagaba la curación. Ño Goyo tenía una gran virtud: era rumboso. En su casa no se bebía guaro sino whisky. Un rincón del patio ostentaba los montones de botellas vacías como gloriosos trofeos. Compraba en Sonsonate las latas de sardinas por docenas de cajas. Y tenía colección de latas vacías también. ¡Jamás existió hombre alguno que comiera tantas sardinas!

Hay que confesar, sin embargo, un defecto de ño Goyo —flaqueza asaz corriente—. Era esplendido con sus amigos los doctores, quienes le «apachaban el clavo» perennemente. Pero que no le pidiesen un favor los naturales, porque para ellos se volvía tacaño tremendo. Cuestión de aristocracia. Ño Goyo pertenecía a la alta sociedad.

Pero. . . con el amor no hay clases que valgan. Y cuando el solterón determinó que era tiempo ya de pensar en su matrimonio, no escogió mujer entre las hermanas de sus amigos los doctores. No. Muy cuerdamente eligió a la Chomita, una joven de la familia de sus parientes pobres los Chilines.

Buen ojo tenía ño Goyo. La Chomita era la natural más linda que os podéis imaginar. Aunque ya soy viejo, y con experiencia, os digo que nunca he visto cosa más rica. Tenía un cuerpecito tan bien formado con unas curvaturas tan estatuarias, que el refajo le quedaba como si estuviese mojado. Y quince años. Y una carita de color trigueño tan primorosa y maliciosa, que los doctores se quedaban bobos al verla. Quizás esa admiración de gente tan conspicua fue la causante del matrimonio de ño Goyo.

Efectivamente, su apoderado el doctor Perla se avistó con los Chilines para tratar del próximo enlace. Por supuesto, los parientes pobres recibieron la petición locos de alegría. Lo malo fue que la Chomita no contestó inmediatamente que sí, como era su deber. La muy cabeza de guacalchia dijo… ¿Lo creeréis? ¡Dijo que no!

¡Ah, las mujeres! La Chomita tenía novio. Un carpintero ladino sin una peseta era el pretendiente, hacía mucho tiempo. Y he aquí que ella, aunque india, era tan boba como cualquier señorita. ¡En lugar de ser la esposa de ño Goyo, prefería ser otra cosa del carpintero! No obstante, algunos cuantos azotes brindados por los parientes pobres convencieron a la caprichuda.

—Sos una bruta! —decíale su nana.
—Sos una criminal! —decíale su tata.
—¡Achis, cuítat! —le decían sus tíos.
—¡Tinequi güilo! —le decían sus tías solteras.

Tal opinaba la familia Chilín. La pobre muchacha acabo por decir que sí, y le cogieron la palabra. ¡Y la plegaron!… Pero no penséis que le hicieron pliegues. Se dice así de la india a quien le quitan el cuashte y le ponen faldas plegadas, a la moda.

En la casona de ño Goyo, adornada con palmas de coco y hojas de mamey, se celebró aquel acontecimiento memorable. Muy temprano de la mañana llegó de Sonsonate un tranvía repleto de doctores. Daba gusto ver la casa de la fiesta, llena de señores con trajes de casimir. ¡Y tan alegres todos! (Dicen los amigos de la estadística que nunca se ha bebido tanto whisky en Izalco, jamás, como aquel día). ¡Lo que habrá tenido ño Goyo que pagar después!

—¡No importa: para eso es la platal —decía el novio gozoso de su apoteosis. Bebieron demasiado. Ya a la hora del banquete estaban bolos todos los doctores. Aquello era peor que un manicomio. Y como los señoritos de la «mancha brava» de la capital habían impuesto la moda de quebrar platos y copas en sus fiestas, los doctores de Sonsonate y de Izalco quisieron imitar a aquellos elegantes… Y empezaron a lanzar al patio cuanto había en la mesa.

Ño Goyo extrañóse al ver tales fechorías. Pero sus amigos le explicaron que esa era la última moda de San Salvador. Encantado, quiso distinguirse. Dio orden de que no quedase ningún trasto bueno en su casa.

—¡A ver! ¡quién es el arrecho que rompa con más elegancia esos tremoles!

Un botellazo. Dos, tres, cuatro botellazos… Así acabaron los espejos que había alquilado ño Goyo en las barberías de Izalco. A las cinco de la tarde llegó otro tranvía de Sonsonate. Era una especie de «Cruz Roja» para los invitados. Los llevaron en camillas y hamacas.

Tal fue el banquete.

Y como si eso fuera poco, estaba anunciado el baile que se verificaría a las nueve de la noche… De la noche del eclipse… ¡La casualidad! Hay que explicar que esta segunda fiesta se daba en obsequio a los amigos naturales; pues al banquete solo habían concurrido los doctores.

Llegó la hora del baile. La casa llenóse de indios que llevaban caites nuevos y pantalones de «remaches». A ño Goyo hubo que bañarle la cabeza con agua de Florida para que le pasase la borrachera. Pero a pesar de la ablución estaba muy malito y no se daba cuenta de nada; tal que ni a la hora del eclipse pudo levantarse de la única hamaca buena que había quedado.

¡La hora del eclipse!

Era menester ayudar a la luna. Efectivamente, así lo hicieron. Cada uno de los indios echó mano a lo que tenía listo —peroles, jarrillas, latas vacías, etcétera—, y comenzó la cencerrada. Era un ruido infernal capaz de volvemos sordos. Pero había que ayudar a la luna. Aquella «mancha brava» de naturales quizá resultaba peor que la de Sonsonate. Pero había que ayudar a la luna. Después del eclipse, y así que tomamos las necesarias copas de guaro, para festejar a la paciente que había salido sin novedad, nos entregamos a las delicias del baile. Pero he aquí que la nana de la novia —una vieja desconfiada que no había querido beber— empezó a dar gritos desgarradores corriendo por toda la casa, con una cara tan descompuesta, que adivinamos inmediatamente la catástrofe.

—¡Jeronima! ¡Jeronima! —gritaba la vieja. Y nada. La Chomita se había eclipsado también. La buscamos en toda la vecindad, y hubo el alboroto que es de suponer. Nadie daba razón de ella. (Quien diablos iba a hallar a la Chomita? Supimos después que el carpintero la estaba esperando detrás de un tapial, y que a la hora del eclipse montósela en ancas de un macho tordillo. Era cosa convenida ya entre ellos. Los indios creen que cuando hay eclipse y no ayudan a la luna, pierden la cosecha. Acaso tengan razón. Porque ahí está ño Goyo de ejemplo patente, quien por no haber ayudado, a causa de la borrachera, perdió su cosecha… No hay duda; tenía que suceder una desgracia. Además, habéis de recordar que los doctores rompieron a botellazos los espejos.

¡Lástima los espejos, y la Chomita!

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