“La enredadera de huizayotes”, cuento de Francisco Rodríguez Infante

En el patio del ranchito de paja situado casi a la vera del camino rial en una enramada, crecía en alucinante confusión la mata de huizayotes. Era una enredadera caprichosa de envidiable impulsividad de vida. Desde lejos se ofrecía a la vista como un oasis de verdor. Aquellos bejucos rollizos, aquellas hojas grandes y verdes y florecillas minúsculas y amarillentas eran un elocuente triunfo de la fecundidad tropical. Los frutos, ni redondos ni ovalados, exactamente pendían pletóricos de vitalidad y de savia en abundancia, tiernos unos y los otros sazonados, revestidos todos por la Naturaleza de infinidad de espinitas, para dejar en cualquier mano osada más de un recuerdo. Frutos jugosos que se deshacen en agua alimenticia, frutos apetecidos e indicados para los organismos débiles, para los convalecientes, para los ancianos y los niños.

La mata de huizayotes era de la Cande, quien la cultivaba con amor maternal. Todas las mañanas y tardes la regaba y con mimo le quitaba las hojas secas y los bejucos inútiles. Ella le había construido la ramadita de palos secos y la cuidaba de los insectos y otros animales dañinos y con un pedazo de machete limpiaba las hierbas que pugnaban por crecer bajo su sombra.

La Cande era una muchacha de trece años, faca y esmirriada, de un color bastante negro, la boca grande y los ojos muy pequeños, silenciosa como todos los de su raza indígena. A pesar de su estatura baja, parecía tener más de trece años. Sus piernas, delgadas al andar, como sus brazos al moler maíz dejaba ver unos tendones endurecidos por el trabajo.

Era un amasijo de músculos tensos. Sus pechos no se le presentían bajo su blusa barata y haraposa.

La Cande sólo tenía por familia a su madre, la Bibiana, y a un cipote de siete años, hermano suyo. Con la Bibiana, la Cande llevaba dos veces por semana, al pueblo próximo, huevos, gallinas, frutas y granos alimenticios para negociarlos y ganar algo, con lo que pasaban duramente la vida. En tiempos de los cortes de café y de las pepenas, abandonaban el tráfico mencionado, para ir a rozarse las manos con las “pepitas dioro”, labor mucho más productiva.

* * *

Aquel domingo en el pueblo, vio la Cande en el baratillo de un turco, unas etaminas de colores que le encantaron y un collar de perlas baratas y falsas, tras del cual se le fueron los ojos como media hora. Preguntó ruborosa por el precio del collar y le dijeron que valía dos colones, ni un centavo menos y el corte de etaminas otros dos colones. Cuatro colones era una CANTIDAD fantástica de dinero para la Cande, que crecía ante su imaginación de una manera desproporcionada. ¡Cómo deseaba poseer un collar y un vestido de aquel género tan lindo y tan lleno de flores! Su anhelo de mujer, su recóndita sexualidad, la empujaba a lucir aquel traje y aquella prenda. Se vio de pronto con la imaginación ataviada así y el collar alrededor de su prieta garganta y sonrió…

Camino del rancho, ya de regreso del pueblo, la Cande que llevaba la obsesión de las prendas, le dijo a su madre:

—Mama, ¿cómo hago para comprar el corte y el coyar?

Y como la Bibiana silenciara, volvió a preguntar:

—¿Cómo hago mama?
—Ajuntá el pisto de cuartillo en cuartillo, de cinco en cinco. No se puede diotro modo. Y te guayudar. Para los cortes de café ya has riunido el pisto.
—¿Y si ya loan vendido, mama, para entonces?
—Los turcos tienen bastantes de esas cosas.

Fue entonces que apreció en el patio del rancho la matita de huizayotes. Y la Cande la cuidó con esmero, con verdadero amor. La matita que Dios le había dado tendría que producirle para el collar y el corte de etamina. En el pueblo, lo sabía ella, vendían los huizayotes a buen precio y en cantidades. Y una mata de huizayotes bien cuidada y frondosa da frutos en abundancia, no sólo para recoger unos cinco colones, sino más.

Con qué ternura aquel sábado por la tarde, cortó la Cande los primeros frutos de su enramada y los colocó suavemente en un canastillo. Contó una docena, todavía tiernos. El domingo, con su madre, los llevó al mercado y pronto los vendió recogiendo con ellos cuarenta centavos. Cuarenta centavos que sentía palpitar en sus manos de niña dolorosa, de niña campesina, pobre hasta la miseria y la misericordia, pobre como son pobres casi todos los campesinos salvadoreños, que desde que nacen, todo lo que abarcan con sus ojos es ajeno. Su tierra, tierra de sus antepasados, y donde mueren en calidad de colonos.

Esta vez la Cande pasó por la tienducha del turco. Y como no viera el collar preguntó:

—¿Se liacabaron los coyares?
—No muchacha. ¿Quieres uno, te lo saco?
—Más allá, señor.

El siguiente domingo trajo al pueblo dos docenas de huizayotes. Los vendió de topón al sólo entrar al mercado, en sesenta centavos. Amarró las fichas en un pañuelito negro y se los metió bajo la blusa. ¡Qué alegría la de Cande! Ahora sí iba a ser dueña del collar y de la etamina, y tal vez, tal vez, del chal rojo.

—Mama, ya tengo más de un peso, mire.
—Agüen —dijo la Bibiana¬—. Así como vas, lueguito serás rica…

Y se ponía a soñar, a soñar con baratijas que compraría de su matita milagrosa: peinetas, aritos, espejitos, delantales y hasta el chal rojo que ansiaba tanto… y que ni a la madre, había hecho participe de tal deseo, para que la Bibiana no la creyera tan ambiciosa y antojadiza. Cómo la verían entonces las muchachas vecinas… con envidia, también los muchachos, que le dirían cosas bonitas al verla pasar y rondarían su rancho… porque la Cande ya quería tener su enamorado, ya sentía en su vida, en las fibras de su alma, en su células, la inefable, la dulce ansiedad de toda mujer, de saberse cortejada y amada.

* * *

En sucesivas ventas dominicales fue expendiendo los huizayotes de su emparrado, que parecía darse en frutos, para brindar contentura y satisfacción a la pobre Cande. Se llegó la hora en que la muchacha se supo dueña de tres colones y centavos. Era ya poco lo que le faltaba para hacerse del collar y del vestido. Y la cosecha, hasta entonces, no iba para la mitad, ni mucho menos. Muchas serían las cosas que la Cande compraría con la dádiva de su matita bondadosa.

Pero un domingo al regresar con madre del pueblo, ya bastante entrada la noche, desde antes de llegar al rancho, la Cande, admirada comprendió que algo grave pasábale a su matita de huizayotes. No la distinguía, no la miraba, como solía hacerlo. Tal vez seya por la oscurana, se dijo. Pero no. Su matita querida estaba arrancada, devastada por el suelo, pateada, destruida. Pronto supo por unos vecinos, que los bueyes del patrón se saltaron un cerco y habían hecho aquel destrozo que era para ella nada menos que una catástrofe. Ayudada por la Bibiana quiso la Cande, enderezar la mata, darle vida, levantándola en nueva enramada; pero ambas comprendieron que sería en vano. Sí, todo era un desastre, una destrucción total.

Grandes lagrimones salían por los ojos de la Cande y su pecho enjuto se agitaba gimiente y dolido. No cenó esa noche, se tiró de bruces sobre el tapexco. Y la madre silenciosa, no trató de turbar con palabras la pena infinita de su hija. Toda la noche gimió la muchacha, y no tanto porque ya no podría comprar el collar y la etamina, sino por la muerte de su matita, que era como su amiga, como una hermana, a quien quería y sentía con ternura filial. ¡Ah su matita!

Al día siguiente la Bibiana le dijo:

—No llorés tanto Cande. Sembrá otra mata y tené paciencia que todo será lo mesmo. No tiaflijás por tan poca cosa…
—Viera mama como quería a mi matita, sies como que me han arrancado alguna cosa, del pecho, a tirones.
—Calmate hija. El domingo vua vender el chanchito y tiayudaré para que merqués el collar y el vestido, ya poco de pisto te falta.

Pero la Cande sollozaba…

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