Mi reencuentro con la cocina

Lo saben familiares, amigos y toda persona de mi círculo cercano más inmediato: hasta hace poquísimo tiempo solía jactarme casi ante cualquier persona que detesto cocinar. Y sí, lo sé, eso no es sexy, ni agradable, ni amigable… pero siempre lo dije y siempre lo admití como algo que forma parte de una implacable honestidad personal.

Pero todo cambió durante la cuarentena domiciliar obligatoria.

No quiero aburrirlo con los detalles, además que todo el planeta ha pasado por su propia odisea debido a la pandemia. Sí admito que lo pasé muy mal, que hubo días en que la soledad se me estaba haciendo tóxica, y que por momentos caí en una absurda e infundada desesperación, y etc. Pero en medio de todo, un día, aburrido de estar comiendo lo mismo (entiéndase lo mismo en solo comer huevos y frijoles sancochados), en el entendido de que cocinaba por pura funcionalidad, sin mayor razón que la de comer para no morir, de repente para un almuerzo sencillamente decidí que quería hacer pollo con arroz.

Y me di cuenta que nunca había cocinado eso por mi cuenta, que a lo más que había llegado era a eso de ayudar a alguien más en el proceso de cocina, en labores bien puntuales. Así que decidí que quería experimentar, solo para comer diferente ese día. En resumen: vi un tutorial en YouTube para el pollo y busqué en Google unas 10 recetas diferentes de arroz, hasta dar con la que quería. No quiero sonar pretencioso, pero lo cierto es que me encantó el resultado. Igual, tampoco preparé algo gourmet ni de mayor complejidad, pero sentí que no estaba nada mal para alguien que se sentía un inútil para la cocina. Lamento no haber tomado fotografías, pero si leyó uno de mis últimos post comprenderá que me quedé sin tecnología.

Y es que, como usted sabe, todo tiene una razón y un motivo, y no soy la excepción. Odié por años la cocina y tuve mis razones, aunque sé que eso ahora carece de importancia. Pero hecho una vez mi reencuentro con ella, aprendí a gozar de sus grandes beneficios.

Aquí recurriré a una innecesaria confesión, que si usted gusta puede saltarse. Coloreé los párrafos para facilitárselo. ¿Sigue aquí? Bueno, que conste que le advertí que esto no aporta al esquema general de mi reflexión.

Resulta que, como muchos latinoamericanos, tuve una crianza con cierto nivel de dureza cuasimilitaroide, que al final lo que me provocó fue una cantidad de aversiones y microtraumas en mi vida. Larga historia, pero si pasó por lo mismo o conoce un caso cercano, sobran las explicaciones y los detalles.

El asunto es que desde los 9 años de edad me obligaron a colaborar en los quehaceres del hogar, y me lo enseñaron de tal mala manera, que en mi visión de niño las cosas me parecían dickensianas. Mis dos hermanos y yo nos sentíamos los esclavos de la casa, porque básicamente nos obligaban a hacerlo todo. TODO, incluido aprender labores de mantenimiento. Total, el asunto es que conozco los oficios básicos de hogar y eso me parece bien. Lo malo es que como me obligaban a puro castigo corporal, mi aversión creció y creció, y tomé por costumbre realizar los oficios estrictamente por necesidad. Detesto lavar, planchar, barrer, trapear, y por supuesto, odiaba cocinar (y hago énfasis en la cocina, porque mi escasa habilidad trajo consigo mucho castigo corporal). Todo eso lo sé resolver de manera funcional, pero siempre lo hago por estricta necesidad. Cuando he podido prescindir o dilatar cualquiera de esas responsabilidades, lo he hecho. En alguna ocasión llegué al extremo de no comer un tiempo de comida, con tal de no cocinar.

Y desde mi infancia hasta mi adolescencia no ayudó en nada que mi mamá se excediera no solo con los castigos físicos, sino con la dureza del falso perfeccionismo (y no sé si de verdad ella alguna vez creyó que eso ayudaba o solo actuó sin comprender las consecuencias de sus actitudes). Así que como ella me llamaba “inútil” o me hacía sentir que nada de nada de lo que hacía podía hacerlo bien, crecí con la creencia de que lo importante es que las cosas funcionaran para mí. Así que no solo me jactaba de odiar la cocina (para el caso del presente tema), sino que lo primero que solía afirmar es el hecho —y autoconvencimiento— de no saber cocinar.

Pero es que me estoy adelantando a los hechos, además que mis juicios están siendo muy prematuros. En rigor, descontando la enseñanza obligada, llevo apenas unos meses de estar cocinando de verdad. Y esta vez por mi gusto personal.

Y como la curiosidad es una maldita adicción y la cocina contiene dentro de sí su propio grado de complejidad, ni yo me di cuenta cuando de repente ya estaba bien metido en esto, viendo material suficiente en redes sociales, además de revisar los libros de cocina que ya tenía en mi biblioteca, pero que nunca les había dado la oportunidad.

Para redondear, no creo llevar más de 150 días experimentando en la cocina. Pero en ese tiempo he probado formas de cocinar las verduras, preparar espagueti (con diferentes salsas licuadas, según la necesidad), varios tipos de sopas, y hasta aprendí a preparar la carne de soja, al punto de sentirme encantado con el resultado. Además, poco a poco, sin darme cuenta, me he ido haciendo de mis condimentos favoritos, como la cúrcuma, la paprika, el curry y la sazón completa. Y hasta ahora me doy cuenta de lo imprescindible —verdaderamente imprescindible— que es mantener siempre en la casa ajo y cebolla. Y cuando me quedé sin gas, también comprendí mejor las dificultades de estar cocinando con leña.

Admito que por momentos me persigue esa sensación de estar perdiendo un tiempo valioso: me ha ocurrido que cocinar me toma un par de horas, solo para comerlo todo en un ratito. Pero ver la cara de asombro de algún familiar o amigo al probar mis comidas es una satisfacción extraña que no había experimentado.

También se siente muy bien haber superado uno de esos issues de la infancia. Ahora siento hasta distante ese sentimiento, pero supongo que es por haber enfrentado el fantasma: de ahí la trampita en la que suele caer alguien que no ha pasado por lo mismo y que llegue a opinar con ligereza.

Aprovechando que el tema es de cocina, debo hacerle el comercial al libro de Mary Frances Kennedy Fisher, El arte de comer. Es una genialidad y… bueno, es un libro mil por ciento recomendado, que no puedo resumir en unas líneas. Mejor un día me dispongo a hacerle una reseña justa.

Igual, dejo la imagen por si usted se anima a buscarlo.

Sé que tiene más fama el libro Confesiones de un chef, de Anthony Bourdain, además que en ese mundillo son más conocidos Joël Robuchon y Gordon Ramsay, por mencionar los primeros que se me vienen a la cabeza. Pero a mí el libro de Fisher me hechizó desde sus primeras páginas, por lo que no podía fallar a la verdad, a la hora de recomendarlo.

Por otra parte, implicarse en la cocina también nos enseña a valorar la combinación de sabores, cuando por lo regular uno solo traga, sin analizar con detenimiento cada cosa. Lo sé, es una obviedad de sobra conocida por todo el mundo, pero es necesario recalcarlo: solo hasta que me puse con cuchillo y tabla analizaba la posibilidad de echar cuatro veces la cantidad recomendada de ajo a una receta, o de majar tomate en un mortero, mezclándolo con quién sabe cuánta tontera. Y luego aprender a decidirse que si julianas o que si finamente picado, y que eso dará variaciones y combinaciones interesantes. Sé que suena anodino, pero pues, como notará, este es un mundo nuevo para mí.

No sé si también es un asunto general, que le ocurre a todo mundo, pero por alguna razón, a raíz de un temprano entusiasmo, sueño con llegar a descubrir mi platillo estrella, por muy simple que este pueda ser. Por ahora me gusta, por ejemplo, cómo me quedan las salsas, además que preparo unos sándwiches que me dejan satisfecho… o bueno, debo admitir que un sándwich no posee mayor complejidad, por lo que casi cualquier persona podría preparar uno decente con un poco de esfuerzo y voluntad.

Eso sí, tras una revisión entusiasta de toda clase de material, he notado que las recetas suelen orientarse, poco a poco, a la austeridad. O al menos he notado eso con los libros de recetas de mi país. Con toda probabilidad entra en juego la situación social, económica y cultural, ya que la sustitución de ingredientes, o la reducción de porciones en una venta, para el caso de los platillos típicos salvadoreños, responde a razones de dinero, para decirlo de forma práctica. Mientras que hace unos 30 años un dulce artesanal podía componerse principalmente de algún fruto en cuestión, por ejemplo el dulce de coco o dulce de tamarindo, ahora la mayoría de vendedoras utilizan saborizantes baratos e ingentes cantidades de azúcar, por lo que no solo se van perdiendo poco a poco las recetas originales, sino que básicamente lo artesanal solo se reduce a la simple preparación.

De todos modos, yo apenas acabo de descubrir esto. Vivo de manera austera, según debo admitir, además que esa ha sido mi forma de sobrevivir tanto en los buenos como en los malos tiempos. Pero al comenzar a explorar la cocina fue que pude darme cuenta que en realidad comer saludable resulta carísimo. En mi presupuesto designado he gastado más en hacerme con una gran variedad de verduras, que en comprar productos estilo concentrado o consomés.

Pero bueno, ya me extendí demasiado y tampoco quiero que este post se vuelva sombrío. Solo me resta añadir una última obviedad: es cierto, necesitamos comer para vivir, porque es nuestro combustible natural. Pero poder paladear un buen platillo, además de darnos los nutrientes que necesitamos, hace nuestra vida mucho más feliz y placentera, y creo que solo por eso vale la pena aprenderse un par de truquitos, recetas y condimentos, para aumentar en alguna medida nuestra felicidad cotidiana.

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