Entre nosotros, la historia

Ahora es normal hablar de variables en una sociedad que tiende a relativizarlo todo, pero hace menos de 30 años todavía se nos educaba en nuestras escuelas y universidades con aquello de las leyes de la historia, las leyes de la economía, etc. Incluso se sigue enseñando, aunque con acotaciones convenientes que no vienen al caso enumerar y que contienen su propia polémica entre los expertos de metodología de la ciencia.

Para no caer en enredos innecesarios, hay que asumir por cuestión de generalidades (o asunto reduccionista, según la óptica que prefiera), que a grandes rasgos podemos hablar de dos clases de variables, a las que no se me ocurre ponerles nombre y creo que realmente no lo necesitan.

Pero bueno… digamos que la variable de primer tipo es aquella en la que la totalidad de la naturaleza actúa como causa y efecto, con independencia de nuestras observaciones y prefiguraciones.

En cambio la variable de segundo tipo es aquella en la que nuestras observaciones y prefiguraciones se convierten en una intervención (según nuestro radio de influencia), lo cual podría afectar en los resultados de predictibilidad, creando una paradoja filosófica bastante estimulante, que lastimosamente no es el tema de esta ocasión y en la que no podré explayarme, al menos por el momento.

Con la variable de primer tipo es que se crea el pronóstico del clima (para mencionar un ejemplo práctico y simple). Después de miles de años en este planeta, la humanidad alcanzó un altísimo nivel de sofisticación en el conocimiento del clima, lo cual nos ha permitido crear ventajas en innumerables aspectos de nuestras vidas, incluidos los vuelos comerciales y sembrar nuestra comida. Sin embargo, el pronóstico del clima sigue siendo eso: un pronóstico. Nadie tiene poder sobre el día de mañana. Un buen pronóstico nos dirá con 90 % de fiabilidad que mañana no lloverá. Pero ni el mejor meteorólogo del mundo podría asegurar al 100 % que efectivamente así será. Mañana podría o no llover y no lo sabemos al 100 % más allá de toda duda razonable. No tenemos dominio sobre la naturaleza: y por eso se le sigue llamando variable.

Con la variable de segundo tipo los más sabios y expertos siguen viviendo eternos dolores de cabeza. Es la variable a la que pertenecen los análisis económicos y sociológicos, por ejemplo. Pero sin pretender meterme en un embrollo de palabras piénselo de esta manera, un poco más ilustrativa y pintoresca: si yo le digo que al cruzar el puente que está a cien metros de usted podría caerse, porque creo que la estructura está muy débil, en ese momento mi observación podría alterar su voluntad y convencerlo de decidirse a no cruzarlo. Si lo cruza y no se cae me llamará mentiroso. Si lo cruza y se cae se arrepentirá de no haberme escuchado. Si no lo cruza sencillamente no pasará nada, pero nunca sabrá, a ciencia cierta —ya que se desvió de su ruta original—, si le decía la verdad o si estaba exagerando.

Espero que en este punto estemos en la misma sintonía: quien enuncia el problema atiende al tipo de variable, pero si esta es de segundo tipo se legitimará el resultado según el factor humano, la voluntad de un tercero.

Por eso es que de manera sofística muchos académicos se regodean, por ejemplo, hablando de las equivocaciones de Marx, cuando los análisis y pronósticos que realizó siempre atendieron a variables del segundo tipo. Su prognosis no contaba con la astucia del factor humano y eso ni él lo podía saber. No en su tiempo. Y como él, ha ocurrido con un mar de contradicciones hacia todos aquellos que trataron de vaticinarnos una realidad futura, a través de las leyes de ciencia. La lista da para una enciclopedia. Pero no quiero que parezca maliciosamente política la comparación. Lo importante es que de forma sobrada se haya comprendido el punto. Es importante, para avanzar.

*** *** ***

En Latinoamérica hemos realizado un ejercicio de aplicación pragmática interesante, en torno a la segunda variable: tal vez no con una comprensión epistémica, pero sí con una aplicabilidad a veces rayana en la violencia. Es decir, en nuestros países no es lo que se dice, sino quién lo dice. En dependencia de eso se considerará ataque, trolleo, modestina o autocrítica, según el nivel de polarización alcanzado. Y en dependencia de eso que se dice se pone incluso en peligro el pellejo, aunque ahora a muchos les podría sonar exagerado.

Pero no quiero desviarme del punto central. El asunto es que cuando se trata de La Historia (sí, con mayúscula), en el 99 % de los casos nuestra gente tiene una reacción adversa, incluso a veces (de forma lamentable) entre nuestras capas intelectuales. Les da un repelús que incluso suelen justificar. Y es triste, porque al menos en mi país, El Salvador, aquella frase tan gastada de George Santayana sigue siendo casi un axioma cotidiano que no debería de seguir ocurriendo: «Aquellos que no pueden aprender de la historia están condenados a repetirla».

(paréntesis innecesario que puede saltarse: ojalá que algún día aparezca una traducción y edición completa de La vida de la razón, de Santayana… es el colmo que a estas alturas del siglo XXI no exista una edición decente de una obra tan monumental… en fin…)

Hagamos un ejercicio de recreación, solo para no verme en la obligación de convertir esto en un fárrago teórico. Si usted, por ejemplo, en una discusión “X” de historia, en una reunión “Z” —al menos en mi país esto ocurre con suma frecuencia—, sostiene una posición que le resulta adversa al resto de comensales, suele ser común que le pregunten quién es usted (como si la opinión cobrara importancia o aceptación en dependencia de quién la diga o de sus títulos académicos que lo respaldan). Si da la casualidad de que usted tiene un doctorado en Historia Centroamericana, con un postdoctorado en metodología de la Historia, para el caso, entonces pueden ocurrir dos cosas: una, que tengan la humildad de aceptar su posición, aunque disientan, a regañadientes; o dos, que desacrediten su idea con algún otro recurso, ya que con el primer intento no resultó. A lo mejor le pregunten con suspicacia cuál es su fuente, en qué se basa para sostener lo que cree (ya sabe, el viejo truco legendario del magíster dixit). En este punto dependerá de las personas con quienes se encuentre, si estas creen o no en la historia oficial.

Pero avancemos 30 pasos y redoblemos la apuesta. Si su opinión atenta contra la historia oficial, le dirán que sus fuentes no son confiables. Si por el contrario, su piedra de toque está asentada en lo que la historia oficial dice, entonces le dirán que no hay que darle tanto crédito a las interpretaciones de los hechos. Al fin y al cabo, como dijo alguna vez el dictador Maximiliano Hernández Martínez (con una zafada olímpica que en aquella época bien sonaba a Escuela de los Annales, pero que nada que ver): «No creo en la historia porque la historia la hacen los hombres y cada hombre tiene su pasión favorable o desfavorable». De hecho, en este punto me resulta increíble, en lo personal., cómo muchos desacreditan a conveniencia la historia oficial o la historia alternativa (categorías, por otra parte, difusas, como usted y yo sabemos): a veces creen y a veces no, según el hecho, el momento, la discusión.

Para que se haga una idea más amplia: al informe de la Comisión de la Verdad lo acusaron de comunista. Una comisión avalada por la ONU. Luego, con los años, cuando han aparecido testimonios de civiles, sobrevivientes, libros en general que analizan los periodos históricos más bélicos e ignominiosos, se les tachó de comunistas, de visiones interesadas. Y si luego desclasificaban cables de la CIA, o como cuando apareció la respectiva tajada de Wikileaks, decían que no, que el otro bando también era culpable, que por qué solo a unos atacan y otros no. Y que de seguro esas instituciones gringas también fueron infiltradas por los comunistas. Y en dependencia de eso se ataca a un medio periodístico: «Ah, no, el medio tal está a favor [o en contra] del gobierno, ahí solo basura vas a encontrar». Y si entonces cita los informes de labores, los documentos oficiales expedidos por las respectivas instituciones del gobierno que dejan constancia de sus pasos, le dirán que son papeles maquillados, que la verdad está contada a medias o por conveniencia. Y si les dice que el Diario Oficial o que los informes jurídicos… nada… entre nosotros, La Historia es una vieja cabrona y caprichosa, a la que solo hay que creerle cuando nos conviene. No importa qué tan avanzadas se encuentren en el mundo las ciencias históricas o el nivel de rigurosidad académica que lleva la contrastación de fuentes o la verificación por pares: La Historia es una maldita peligrosa a la que hay que tenerle cuidado.

En este punto retomo lo de cuidarse el pellejo: aquí, entre nosotros, nunca hay que saber más de lo que conviene. Como mínimo se es impertinente y como máximo… bueno, dependerá de la gravedad de lo que sepa.

Y ya que la historia es tan ninguneada y a la vez tratada con tantas pinzas, no es de extrañar que nuestros libros de historia apenas se reediten. Usualmente se les ignora, que es una forma de censura pasiva que funciona a conveniencia (es decir, ediciones enteras de libros de historia que no son promocionados, ni se llevan a nuestras escuelas o que sencillamente terminan en bodegas de las editoriales): las fuentes ahí están, pero no al alcance de todos. Y como a la mayoría de nuestra población ni siquiera le gusta leer, entonces el trabajo de mantenernos ignorantes les resulta todavía más fácil. Y no, no estoy siendo conspiranoico: esta censura pasiva proviene de todos los flancos, de todos los bandos históricamente hegemónicos, sin importar su color político. Y sí, estoy implicando también lo que imagina, hermano salvadoreño, si estamos en la misma página. Ningún bando se salva. Este país es un western del último mundo, donde la vida no vale nada.

Entonces, para haber caído tan impunemente en lo anecdótico, ¿para qué todo lo dicho al principio?

Es el miedo. El ser humano, como especie que ha prosperado tanto en esta tierra, al punto de convertirse en una plaga que dejará huellas y daños irreversibles, lo ha hecho no solo por las redes de cooperación laxas que nos caracterizan, sino por el miedo, el poderoso miedo. Por miedo a lo desconocido a veces hacemos daño: como individuos y como sociedad. Por miedo a lo que no ha ocurrido actuamos con imprudencia. Por miedo o por sentirse amenazado un jefe le serrucha el piso a un excelente empleado. Por miedo a lo que alguien sabe, a lo que un testigo presenció, a lo que se podría destapar, al escándalo, a las consecuencias económicas o sociológicas de fondo, por miedo, repito: matan periodistas, políticos, testigos presenciales o materiales, y en nuestros países incluso matan escritores. Tal es el poder de la historia, que con todo y todo no se le puede subestimar.

Por eso la lección más valiosa no solo es divulgar la historia (esa es, digamos, la lección obvia), sino ser un agente de responsabilidad, no opinar con ligereza. ¿Esos que ningunean o trollean temas relevantes en la red? ¿Esos que se dedican a machacar con pequeñas crueldades opiniones, hechos y circunstancias? ¿Esos que se dejan llevar por la emoción y opinan de manera irresponsable? Sí, todo eso es una práctica nefasta, que debería ser erradicada, no porque no se tenga el derecho a la disensión, sino porque no hay que subestimar el poder de las palabras, su rango de influencia, y por consiguiente, el efecto avalancha que se puede llegar a causar. Entre nosotros, la historia debería de ser un punto de inflexión, una anagnórisis, un conjunto esclarecedor de hechos y no solo interpretaciones interesadas ninguneables.

Por eso, entre nosotros, no hay que buscar créditos y réditos con la historia: nuestro deber fundamental es hacerla llegar. En nuestros países es lo que queda, para tratar de chapolear en la podredumbre y tratar de escapar de ella. Como diría Roque Dalton: «Eso hacemos: custodiamos para ellos el tiempo que nos toca».

*** *** ***

P. D.: ¿Leyó hasta aquí y sintió que perdió su tiempo o que todo esto no tenía nada que ver con usted? Lo siento. En realidad este post está dedicado a mis compatriotas salvadoreños, quienes por contexto lo entenderían mejor (y lo paradójico es que son los que menos me visitan en este blog, aunque ya sabe, no hay que perder la esperanza). Pero tampoco podía subestimar a un posible lector foráneo: nunca hago eso y nunca hay que hacerlo, con ningún tema, en general. Toda opinión abona en algo, incluso desde la disensión. Así que por eso no escribí ninguna advertencia evidente y decidí tratar esto como tema general. Gracias por leer hasta aquí.

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