A los salvadoreños nos dicen guanacos… ¿por qué?

Qué mejor manera de comenzar septiembre, cuando casi se cumplen 199 años de independencia patria, que comentar uno de los temas que nos resultan más estimulantes a los salvadoreños.

Pero antes de todo —y si usted es lector habitual de este espacio sabe para dónde voy—, prefiero el impune y reprochable acto maleducado de un buen disclaimer (que el gran Baltasar Gracián decía que si uno se disculpa con anticipo es dos veces culpable), a hacerle perder su valioso tiempo y ahorrarle por anticipado una que otra decepción:

Este escrito NO es un artículo académico ni es un estudio exhaustivo de ninguna naturaleza. Eso no lo hallará en este espacio. Esto es solo un comentario personal, alimentado con las diferentes fuentes que fui recogiendo para el conjunto orgánico que tiene frente a usted.

Si quiere leer algo más completo y exhaustivo, le recomiendo los siguientes artículos: Los posibles orígenes del término guanaco, de Carlos Cañas Dinarte, y El posible origen náhuatl del hipocorístico “guanaco” aplicado a los salvadoreños, de Jorge E. Lemus.

Y bien…

¿Sigue aquí? Si es así, muchas gracias. Pues bien, hechas las advertencias podemos continuar.

Existen varias versiones en torno al origen del término y su uso como hipocorístico. Tanto es así, que por eso es normal que unos salvadoreños estén de acuerdo y otros no, sobre el hecho de que nos digan así: son muchos quienes se ofenden con inmensa acritud, mientras que otros hinchan el pecho con orgullo. Y si usted conoce a un salvadoreño, pero no forma parte de su círculo de confianza, le recomiendo que no intente llamarlo guanaco, hasta que esté seguro de a qué bando pertenece: de quienes les agrada o de quienes les disgusta.

Una de las versiones afirma que el término se usa desde que Pedro de Alvarado conquistó estas tierras. Es una historia que no repetiré, pero incluso la tomó en cuenta la BBC para responder a esta misma cuestión. No sé si sea posible corroborar esa información, por supuesto. Sigue siendo hasta la fecha solo un rumor.

Sin embargo, lo primero que hay que aclarar es que la mayoría de referencias bibliográficas de vieja data que suelen encontrarse pertenecen a cualquier otro ámbito centroamericano, menos al salvadoreño. Por razones que me rebasan desconozco por qué ocurrió esto, pero incluso en nuestra literatura, ya sea del romanticismo, modernismo o costumbrismo, no hallará una sola referencia sobre nosotros, salvadoreños, como guanacos. Ni Salarrué, Masferrer, Ambrogi o Gavidia. Nadie.

En cambio podemos recordar, de entrada, una vieja cita de Miguel Ángel Asturias (que por cierto, la RAE reeditó su novela El señor presidente) y que de paso se puede añadir que tampoco tiene que ver con salvadoreños:

Y un vuelco con otro del corazón. ¿Que me llevan preso al general? Bueno, pues para eso es hombre y preso se queda. Pero que acarreen con la señorita… ¡Sangre de Cristo! El tiznón no tiene remedio. Y apostara mi cabeza que éstas son cosas de algún guanaco salado y sin vergüenza, de ésos que vienen a la ciudad con las mañas del monte

Su uso contextual —por parte del narrador-personaje, NO de Asturias— es peyorativo, con un alcance general y no de nacionalidad. Como bien apuntan la mayoría de fuentes relacionadas con el tema, entre chapines era común llamar guanaco a todo aquel que no fuera de la capital, de la mera-mera élite de la capitanía. Su combinación semántica es (para decirlo en buen salvadoreño) un equivalente y amalgama de palabras como bayunco, grencho, jincho… es decir, no solo era de uso peyorativo, sino que clasista.

Otra referencia inmediata es la de Pepe Batres:

Don Alejo Veraguas era el dueño,
Que aunque había nacido en Comayagua,
Se decía asturiano o extremeño
Porque su tío Don Martín Veragua,
A Portugal se lo llevó pequeño,
Y después a Gijón —a lengua de agua—
Y allí se estuvo hasta que muerto el tío
Por La Habana se vino en un navío.

Por lo cual a pesar de ser guanaco,
En su modo de hablar era europeo,
Y además, tan galán, tan currutaco,
Que nadie le igualaba en un paseo:
A la verdad, era un poquillo flaco,
Y visto de perfil era algo feo,
Y algo pecoso, y le faltaba un diente;
Mas era muy buen mozo: muy decente.

Ambas estrofas pertenecen al poema El rejoj (primera parte), de José Batres Montúfar.

Como puede notar, están llamando guanaco a un nicaragüense. Todavía no tiene uso exclusivo para salvadoreños.

De hecho, la mayoría de referencias que encontré —gracias a san Google— son de autores guatemaltecos (o vaya, pues, chapines, ya que estamos con hipocorísticos). El documento más antiguo que pude rastrear es de un Auto (resolución judicial) realizado por un juez chapín en León, Nicaragua, el 11 de junio de 1777:

Muchísimas veces acontece que algunos hombres y mujeres de quienes hay un rumor vago que son brujos o hechiceros, fingen para que otros les tengan miedo o les den lo que quieren, o por entretenerse las más veces, que es lo más común, tener polvos o conocer las hierbas que tienen tal y tal virtud, y examinando el caso no se halla otra cosa de sustancia más que engañar a aquellos mismos que están preocupados con esta imaginación. Al Asesor le asiste segura experiencia de esto y entre otros pasajes que ha visto, le aconteció uno en que tuvo bastante que admirar la habilidad de uno de esta provincia, que en Guatemala llaman guanacos. Habiendo ido a visitar a un conocido suyo, al Mesón que llaman de Urías, advirtió un concierto que estaban haciendo un mulato guatemalteco con un guanaco, sobre el precio que le había de dar como le enseñara a jinetear, término que usan para domar un caballo. Concertáronse en el precio de ocho reales: díjole el guanaco al guatemalteco que fuese a traer el potro; vino con él, lo ensillaron. Ya el guanaco había cortado dos hojitas de los primeros arbolitos que halló en el patio del Mesón; hizo que las sacaba de un calabacito que tenía dentro de una bolsa o chuspa, como llaman, que traía colgada al cuello: hizo que el guatemalteco montase en el potro. Cuando estaba encima le puso una hojita en la rodilla y la otra en la otra, a los lados, en donde aprietan a la albarda y le dijo el guanaco en altas voces: ¡Ea, amigo, cuidado como deja usted caer esas dos hojitas, porque entonces lo botó el potro! Con esta advertencia apretó con todo su esfuerzo el jinete las rodillas; por más corcovos que dio el potro no lo pudo botar; se rindió el bruto y desmontó el jinete; recogió sus hojitas como reliquias, suplicó al guanaco que le vendiese otras, quedaron de acuerdo que al otro día se las daría y se acabó este acto. A todo se halló presente el Asesor no admirado sino de la habilidad del guanaco. A pocos días encontró al guanaco y preguntándole cómo le iba, le respondió: Muy bien, pues vendía las hojas de cualquier árbol a lo que quería, a los guatemalas.

Documento rescatado por el intelectual genealogista costarricense Anastasio Alfaro, en 1906.

Sé que la cita le resultará demasiado larga, pero es preciso que sea así, para que tanto esta como las siguientes estén debidamente contextualizadas y no haya lugar a equívocos. Continuemos.

La cita más célebre en estos menesteres es la de Pepe Milla, quien firmó muchos de sus libros con el pseudónimo de Salomé Jil:

Llamamos guanaco, no solo al que ha nacido en los estados de Centroamérica que no son el de Guatemala, sino a los naturales de los mismos pueblos de la república. Así, oímos hablar frecuentemente de guanacos de Guastatoya, de Cuajiniquilapa, de Amatitlán, etc.; y algunos hay que llevan el rigor a lo localista hasta el extremo de calificar con aquel apodo a los habitantes de los barrios de esta ciudad. Por lo demás, y dejando aparte esa manía extravagante, creo que sería bueno proponer en los diarios, en forma de charada o acertijo, la significación de la palabra guanaco, en el sentido que entre nosotros tiene: pues francamente hablando, no sé qué pueda haber de común entre el cuadrúpedo rumiante que en la historia natural se conoce con ese nombre, y el bípedo, más o menos racional, que nace fuera de nuestras garitas.

Fragmento de “El guanaco”, que aparece en el libro Cuadros de costumbres guatemaltecas.

Ahora ese fragmento se consideraría demasiado políticamente incorrecto, pero no podemos juzgar a José Milla con el tamiz moral de nuestra contemporaneidad. Nótese el tono irónico, pero más allá de eso tampoco creo que haya sido malintencionado, mala-leche, como dirían en otras latitudes. En este otro fragmento de Milla también podemos notar su intención humorística y un poco de doble sentido:

Después de haber visto los halcones, que mi compatriota encontró bastante parecidos a nuestros gavilanes, llegamos a un departamento habitado por ciertos rumiantes de la América del Sur.
—Aquí tenemos —dije a Chapín— gente medio paisana nuestra: llamas, alpacas, vicuñas y guanacos.
—Los guanacos, sí —contestó Juan—, son nuestros paisanos, y me alegraré de verlos y saludarlos; pero a los otros señores que usted dice están con ellos, no los conozco.
—Pues velos ahí a todos —le dije, mostrándole unos cuadrúpedos como de la estatura de los carneros, pero con el cuello tan prolongado como el de los camellos y cubiertos de una lana tan fina y suave como la seda—. Estos animales —añadí— habitan en las montañas de Perú y Chile, y son muy estimados por su vellón, con el cual se hace un comercio considerable. Más de tres millones de pesos importó el que se trajo a Inglaterra del Perú en el año de 1872, y casi igual fue el valor de la lana que vino de Chile.
—Todo eso está muy bueno —dijo Chapín—, pero lo que yo busco por aquí y no encuentro son los guanacos, y le repito a usted que no quiero irme sin hablarles. Usted sabe que yo nunca les he tenido mala voluntad, y en tierra extranjera todos los de por allá debemos vernos como hermanos.
—Los guanacos, amigo Chapín —repliqué yo—, están ahí confundidos con llamas, alpacas y vicuñas. Guanaco es el nombre que dan los indios del Perú a las llamas monteses que no están domesticadas.
—Acabáramos ya —dijo mi compatriota—. Ahora caigo en el cuento y comprendo el origen del mal nombre que discurrieron nuestros antepasados. Solo falta que encontremos en esta arca de Noé animales que se llamen chapines, y entonces me explicará usted por qué los guanacos nos encajaron a nosotros ese nombrecito.
—No creo que nuestro apodo tenga un origen zoológico —le contesté—. Y pasando a otro departamento, nos detuvimos a ver las nutrias

Fragmento del libro Un viaje al otro mundo, pasando por otras partes. Este escenario describe (un poco maliciosamente) una visita a un zoológico.

De entre todas las interpretaciones y lecturas a las que podríamos prestarnos, lo cierto es que hay un asunto cultural poderoso del que no podemos culpar a nuestros hermanos centroamericanos, sino que debemos ver en perspectiva los procesos históricos.

En este fragmento de las Memorias de Lorenzo Montúfar encontramos una explicación interesante, digna de ser compartida, ya que complementa con un poco de seriedad los fragmentos “humorísticos” anteriores:

El partido conservador de Guatemala ejercía influencia en el gobierno de don Fruto Chamorro. El círculo del señor Chamorro estaba equivocado acerca de las tendencias de aquel partido y de aquellos hombres.

Más tarde hubo hechos que les pusieron en relieve la verdad, y se convencieron de ella tocándola con sus propias manos. El general Chamorro fue víctima de un general centroamericano manejado absolutamente por los conservadores de Guatemala. Pero en los momentos de alucinación el gobierno de que hablamos quiso que el doctor don Bernardo Piñol y Aycinena fuera obispo de Nicaragua y lo fue.

El doctor Piñol es uno de aquellos guatemaltecos que creen que en Centroamérica nadie piensa más que ellos: nadie sabe nada ni vale nada en ningún concepto más que ellos. Piñol pertenece al círculo que desprecia todo lo que en Centroamérica existe fuera de las garitas de la ciudad de Guatemala o mejor dicho, fuera de las principales manzanas que rodean la plaza de la capital. Esta no es exageración. Ellos llaman guanaco no solo a lo que está en Centroamérica fuera de la República de Guatemala sino a todo lo que está fuera de la misma ciudad.

No pueden convencerse de que haya nada regular siquiera en Centroamérica fuera del círculo limitado a que ellos pertenecen. Una serie de hechos que por ahora reservamos, acreditan la verdad de estos asertos. El doctor Piñol, pues, con tales ideas no podía tener gusto en servir a Nicaragua. Pero se le presentaba la ocasión, tiempo hacía apetecida, de colocarse una mitra en la cabeza, y aceptó la de Nicaragua como hubiera aceptado la del país de la tierra que más aborreciera. El partido conservador en la mitra del señor Piñol veía la esperanza de poder influir en Nicaragua como en otro tiempo había influido en El Salvador por medio de las mitras de los señores Viteri y Casaus. El obispado de Piñol fue un triunfo para los conservadores guatemaltecos. De él han sacado mucho provecho. Piñol cooperó a la elección y reelección del general Martínez. Piñol cooperó a la desastrosa expedición sobre El Salvador. Piñol cooperó a la captura del general Barrios aconsejando a Martínez muchas medidas. Piñol fue uno de los principales excitadores para que Barrios fuera entregado al gobierno de El Salvador, donde se le sacrificó inhumanamente

Fragmento de Memorias autobiográficas, de Lorenzo Montúfar.

Se puede pensar, por todo lo anterior, que el hecho de que desde la capitanía llamaran guanaco a todo aquel que no perteneciera a la capital de Guatemala era un dicho popular dicho con sorna, sin mayor fundamento, por simple clasismo, hasta que nos encontramos con fragmentos como este:

La intolerancia, la falta de cohesión, las ambiciones; y más que todo, en Centroamérica, el medio social, el populacho de gentes rústicas, de razas antagónicas, el territorio tan extenso de veinticuatro mil leguas cuadradas, con muy escasa y diseminada población, sin caminos, plagado de añejos odios contra la capital; la acritud de los partidos históricos; todo ello, decimos, formaba un embrión disímbolo, un enmarañado laberinto, en vez del terreno fértil y llano, en donde se mantiene y prospera el gobierno de todos, del pueblo y para el pueblo, o sea la democracia, el sistema representativo, la república. Verificóse la ley del ritmo, de Herbert Spencer. Promulgada la famosa Constitución, presto se vino abajo el Poder Ejecutivo; y hubo de nombrarse otro, compuesto también de tres individuos. El 22 de noviembre de 1824 se promulgó dicha Carta Federal de Centroamérica, tornando en federativa la república. Contribuyeron a elaborarla patriotas notables, algunos jurisconsultos distinguidos; pero talentos, que alucinados por el organismo de la América del Norte, olvidaron que las leyes deben ser adecuadas al ambiente, a la naturaleza del país, a la condición de los asociados, a las costumbres e ilustración de las masas; a lo que Montesquieu llamaba la idiosincrasia del pueblo, que trata de organizarse, a fin de promover la evolución natural, y no los choques violentos de la fuerza y el estallido de la anarquía. Los sucesos posteriores a dicha Constitución Federal demostraron el error de abandonar la unidad de acción, esparciendo el poder en lejanos centros, y no fijando un distrito para asiento permanente del Gobierno; confiriendo amplísimos derechos a unos ciudadanos, que no comprendían ni lo más rudimentario de sus atributos y obligaciones; que en lo general, no tenían ni malicia de sus deberes, ni remota idea de la democracia; que no podían ser más instrumentos ciegos de intereses desaforados, de unos cuantos ilusos y no pocos perversos. Las teorías en boga prevalecieron sobre las necesidades políticas, y muy principalmente, el odio inveterado de las provincias contra la capital de Guatemala y los otros departamentos chapines, como les llamaban los guanacos.

Fragmento del libro La América Central ante la historia, de Antonio Batres Jáuregui.

No son las palabras de un intelectual aislado. No. Sus palabras apuntan con un poco de sentimiento nacionalista-centroamericanista (en ese orden), a sus paisanos, a sus hermanos guatemaltecos, a quienes considera la luz que debieron iluminar como el faro de la ilustración, para el resto de provincias centroamericanas. No en balde en su otro libro, Vicios del lenguaje y provincialismos de Guatemala, añade las siguientes definiciones:

Guajiro: Equivalente a guanaco, en su acepción provincial.

Guanacada: A todo lo que es ridículo, tonto, vulgar, fuera de propósito, llámanle guanacada.

Fragmento del libro Vicios del lenguaje y provincialismos de Guatemala, de Antonio Batres Jáuregui.

En Batres Jáuregui parece haber un versus de civilización (Guatemala) y barbarie (el resto de Centroamérica). Pero incluso si con los ojos del presente nos parece que sus palabras son un exceso imperdonable, no debemos olvidar que su manera de pensar responde a su tiempo, y no solo eso, sino a una gran cantidad de factores políticos y culturales. Salvando las distancias, es como los machismos y micromachismos que apenas en el siglo XXI hemos comenzado a notar, y que solo con una fuerte transformación cultural, las generaciones futuras podrán contrastar.

En fin…

Ni el mismísimo Francisco Morazán se salvó del apodo respectivo, como podemos ver en este fragmento de Grimaldi:

Un notable orador centroamericano decía, en 1863, que suprimir la figura de Morazán era destruir la historia de Centroamérica.

Tal vez sea exaltación oratoria una afirmación semejante, pero si hay algo grande para la América Central, en este siglo, es Morazán, y su época no se reproducirá, como no resucitará Esparta. Su cuna y sus costumbres de aquella generación le dieron su materia prima. En efecto, si hubiera nacido en un país gastado en los refinamientos de la hipocresía y el lujo, algo habría perdido.

Pero su cuna fue Honduras, el país de las serranías, donde habita la libertad y opone a sus perseguidores las murallas inaccesibles que la naturaleza le ha prodigado. Debía ser guanaco, y este nombre le daba la aristocracia vencida.

Aquella generación tenía costumbres patriarcales; la probidad, el honor, el desinterés y el amor a la patria, formaban el carácter de aquellos hombres diseminados en un extenso territorio, poco poblado y exento de ambiciones. Morazán era la expresión moral de su época llevada a su más alto desarrollo. Era, en fin, hondureño de sangre pura.

Fragmento del texto “Francisco Morazán”, de Antonio Grimaldi, que aparece en el libro Colección de artículos y composiciones poéticas de autores centroamericanos.

Hay que acotar, por supuesto, que en este texto de Grimaldi, a diferencia del resto de citas, ser guanaco parece tener una lejana y contradictoria connotación positiva. Es como si “a pesar de” o bien un “con y todo y todo fue mejor que ocurriera así”.

Pero de todas las referencias con las que me encontré, la del prestigioso historiador nicaragüense José Dolores Gámez (que en el mundillo de historiadores salvadoreños goza de cierto aprecio, ya que es el autor de aquel interesante ensayo Gerardo Barrios ante la posteridad) es la única que intenta dar con un origen histórico y anecdótico concreto:

El general mexicano don Vicente Filísola marchó con 600 hombres sobre la provincia de Chiapas, que se había unido a México, y después, obedeciendo las órdenes de Iturbide t el llamamiento de las autoridades de Guatemala, se trasladó a esta ciudad el 13 de julio de 1822.

Filísola se invistió el 21 del mismo mes de julio con el título y poder de Capitán General; pero prudente y humano, sus trabajos de pacificación se concretaron a negociaciones con los rebeldes de San Salvador.

Agotadas las medidas de conciliación y habiendo recibido orden especial y terminante del Emperador, para reducir a la obediencia inmediata a los rebelados salvadoreños, se puso en marcha a la cabeza de dos mil hombres y dejó en su lugar, en Guatemala, a su segundo el coronel Codallos.

En el entretanto, el congreso o junta provincial de San Salvador decretó, el 2 de diciembre, la anexión de la provincia a los Estados Unidos de Norteamérica, formando un nuevo estado de aquella república y adoptando su constitución y leyes. Este paso, sin deliberación acogido no tuvo ningún resultado; pero los patriotas alentaron al pueblo, haciendo propalar que tropas americanas venían en su auxilio.

La ciudad de San Salvador resistió valientemente hasta el 7 de febrero de 1823, en que Filísola se apoderó de ella a viva fuerza; pereciendo en el combate como 88 salvadoreños entre muertos y heridos de gravedad. El resto de tropas salvadoreñas que se retiró con dirección a Honduras, capituló en Gualcince, cuando tuvo noticia de clemencia con que Filísola trataba a los vencidos. De esta manera quedó toda la provincia sujeta a México.

Durante la guerra contra los imperialistas, los salvadoreños erigieron una diócesis en su territorio, con objeto de ser más independientes de Guatemala. De este procedimiento se originaron después muchos desórdenes y disputas que tuvo el gobierno, no solo con el clero y con la Santa Sede, sino también con las autoridades civiles.

El arzobispo de Guatemala, enemigo de los salvadoreños con doble motivo, los excomulgó solemnemente; pero los salvadoreños se rieron de las censuras, echaron fuera a todos los curas partidarios del arzobispo, y a su vez hicieron excomulgar a este y a todos los suyos.

De las disputas políticas y religiosas entre guatemaltecos y salvadoreños, nació esa funesta rivalidad que se conserva hasta el día, y las denominaciones de chapines y guanacos.

Nota del autor: Según se asegura de un antiguo manuscrito que el autor vio en Quezaltenango, la palabra chapín, que se aplicaba a una forma de tacón de bota, sirvió para designar a los opresores; y la palabra guanaco, nombre de una especie de ciervo, para las víctimas de aquella opresión, a quienes se suponía rústicas y montaraces».

Fragmento de Historia de Nicaragua. Desde los tiempos prehistóricos hasta 1860, de José Dolores Gámez.

Si le damos crédito completo a Dolores Gámez, podríamos estar ante la respuesta del porqué terminó quedando guanaco más en salvadoreños que en el resto de centroamericanos: por una rivalidad que con las décadas se convirtió en efecto avalancha y a la que el resto de hermanos centroamericanos se prestaron.

También está la opción conspiranoica, con la que podemos pensar que independiente del significado y la etimología, lo cierto es que no hay una razón absoluta y menos que arbitraria, sobre por qué específicamente la palabra guanaco, viniendo quizá de algún inside joke de las élites de la capitanía, que ahora ya no viven para darnos una explicación concreta.

Sobre la visión romántica y positiva atribuida a Tomás Fidias Jiménez no puedo opinar, ya que no encontré ninguna fuente con la que pudiera contrastar. Eso sí, debo admitir que también me encantaría que esa fuera la historia real. Pero mientras no se pueda probar, prefiero la verdad más cercana, por muy cruda que parezca.

En el artículo de Jorge E. Lemus hace referencia a que es muy posible que, aunque nos dijeran así desde hace mucho tiempo, quizá el hipocorístico en realidad se haya masificado y popularizado apenas hace unas décadas: ya sea por la guerra con Honduras, o por nuestros productos culturales, como el Poema de amor, de Roque Dalton. O bueno, lo obvio: por una combinación sutil y poderosa de todo eso.

No hay respuestas absolutas. El porqué no está muy claro. De todos modos, la decisión final está en cada uno de nosotros. Igual, para que no hayan rencillas entre usted y yo, podríamos también llamarnos cuscatlecos, que tiene su propia historia, que quizá podríamos comentar en otra ocasión.

Referencias consultadas:

Como dije al principio, de ninguna manera pretendo ser exhaustivo ni académico. Pero es justo y correcto colocar las respectivas fuentes, por si usted desea contrastar por su cuenta la información presentada aquí.

Alfaro, Anastasio (1906). Arqueología criminal americana. Estudio de documentos antiguos hecho en los Archivos Nacionales. San José: Imprenta de A. Alsina. pp. 81-83.

Batres Jáuregui, Antonio (1892). Vicios del lenguaje y provincialismos de Guatemala. Estudio filológico. Guatemala: Tipografía Nacional. pp. 132, 308.

Batres Jáuregui, Antonio (1949). La América Central ante la historia: 1821-1921. Memorias de un siglo. Tomo III. Guatemala: Tipografía Nacional. pp. 97-98

Batres Montúfar, José (1882). Poesías. París: Librería de Garnier Hermanos. p. 29

Cañas Dinarte, Carlos (2016). “Los posibles orígenes del término guanaco”, en El Diario de Hoy: sábado 16 de julio de 2016.

Gámez, José Dolores (1889). Historia de Nicaragua. Desde los tiempos prehistóricos hasta 1860, en sus relaciones con España, México y Centro-América. Managua: Tipografía de El País.

Grimaldi, Antonio (1890). “Francisco Morazán”, en Mejía Bárcenas, Manuel & Méndez, Joaquín (1895). Libro de premios N.º 1: Colección de artículos y composiciones poéticas de autores centroamericanos. Washington DC: Pacific Press Publishing. pp. 159-160

Lemus, Jorge E. (2019). “El posible origen náhuatl del hipocorístico ‘guanaco’ aplicado a los salvadoreños”, en Revista ECA (Estudios Centroamericanos), volumen 74, número 757 (abril-junio 2019). Salvador: UCA. pp. 283-304

Milla y Vidaurre, José (1875). Un viaje al otro mundo, pasando por otras partes: 1871 a 1874. Tomo III. Guatemala: Imprenta del comercio. pp. 127, 245-246, 255.

Milla y Vidaurre, José (1882). Cuadros de costumbres guatemaltecas. Tomo I. Guatemala: Tipografía El Progreso. pp. 49-50.

Montúfar, Lorenzo (1898). Memorias autobiográficas. Primera parte. Guatemala: Tipografía Nacional. pp. 431-436.

Bonus Track:

Ya que aguantó todo el presente fárrago, lo dejaré con unas cuantas canciones relacionadas con nuestro hipocorístico, el cual, aunque parece tener un origen innoble, peyorativo y todo lo negativo que se quiera, al parecer ha alimentado un sentido identitario agridulce (para bien y para mal) entre muchos hermanos salvadoreños. Y eso, sin importar todos los significados que se discutan, habla de un poderoso sentimiento de pertenencia que configura su propia hegemonía cultural, un pacto invisible desde un rincón interior individual desconocido, difícil de explicar.

Yo soy guanaco, de Fiebre Amarilla:

Son guanaco, de Los Reyes de la Cumbia:

Arriba El Salvador, de Los Hermanos Flores:

Guanaco desde el alma, de Crooked Stilo:

Guanaco de corazón, de El Flaco 503:

Soy guanaco salvadoreño, de Bobby Rivas:

Yo soy guanaco, de Orquesta 503:

Guanaco salsa, de Jhosse Lora:

Mi país, de Los Hermanos Flores:

Salvadoreñas, de Los Hermanos Flores:

Canguro y caballito, de Grupo Lora:

A mí me gustan las pupusas, de Espíritu Libre:

Camino de hormigas, de The Lovers:

Enamorado de ti, de Fiebre Amarilla:

Vivo sin ti, de Marito Rivera y su Grupo Bravo:

Aventurero, de Marito Rivera y su Grupo Bravo:

Recuerdos, de Grupo Algodón:

Reencuentro (Patria querida), de Álvaro Torres & Barrio Boyzz:

Antiguo comercial de Kolashampan (1984):

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