“La botija”, cuento de Eva Alcaine de Palomo

Era un domingo al mediodía, hora temible en la que casi nos parece ver al padre sol entretenido en fulminar mortales. Hombres y mujeres descansaban bajo los copudos amantes que daban sombra al plan, sitio a la entrada de la propiedad. Agitaban ellas las puntas del tapado de colores muy vivos, a guisa de abanico, para refrescar el rostro, sofocado por la caminata. Y se podía ver en estos rostros el reflejo de una satisfacción mal reprimida, que pugnaba por darse a conocer abiertamente.

—¿Ya lo viste? No se quedó denguno —se decían, en voz baja, unas a otras. Y las más avisadas advertían en tono susurrante:
—Sí, pero callate, que si te oyen, pueden irse de güelta.

El motivo de tan notorio regocijo era que ninguno de los hombres se había quedado en el estanco. ¡Y eso sucedía tan pocas veces! Lo corriente era que ellas regresaran solas, solas y enfurruñadas, con el crío en los brazos, con los mayorcitos pegados a la falda o caminando atrás, a duras penas, a fuerza de regaños.

Pero ese día todo era distinto… El patrón había regalado a los colonos un juego de bolas, nuevecito; y ellos, impacientes por estrenarlo, habían dispuesto lucir sus habilidades, esa misma tarde, en obsequio al patrón. Y una vez llegado éste, se dio principio al juego sobre el suelo macizo, barrido de antemano.

Los dos jugadores, colocados en cuclillas, lanzaban con una paleta la bola de madera, ya que con la intención de hacerla pasar por el estrecho agujero de la barra o con la de hacer un giro marcando carambolas. Los espectadores, también en cuclillas para no perder detalle, apuntaban por su cuenta las rayas que iba marcando el jugador.

—Emboque —anunció uno de los contrincantes, alto y bien parecido— llevo una raya.

Se oyó en seguida el golpe seco de dos bolas.

—Y carambola —añadió, satisfecho.

Continuaron las partidas, alternándose los jugadores y una vez terminadas, ya para oscurecer, pasaron, jugadores y mirones, a la casa de la finca, donde, invitados por el patrón, tendrían una cena de tamales y café negro.

Notando la ausencia del guapo que había ganado casi todas las partidas, preguntó el obsequiante:

—¿Dónde está el ganador?
—Ya se jue —respondieron a una muchas voces.
—¿Se fue? Toribio, ¿qué serías capaz de no invitarlo —exclamó, dirigiéndose a uno de los mandadores, que había envejecido en la finca.
—Pues onde no, señor, pero él dijo que s’iba… Sus razones tendrá… —rezongó el interpelado.

Más tarde, cuando ya todos se habían retirado, ordenó el patrón que llamaran a Toribio.

—¿Cómo se llama ese muchacho… el que no quiso quedarse? –preguntó algo impaciente.
—Se llama Nicolás Grande, para servir a usté… es decir, él así viera dicho, si el patrón se lo viera preguntando a él.
—¿Sabés que me ha caído bien?
—Puede ser, señor, porque a todos nos caye en gracia.
—¿Y qué razones tendría para no quedarse?
—Pues ya lo ve, señor, que como cada cual piensa a su manera… Y él es mero puntoso
—¿Cómo puntoso? ¿Querrás decir bayunco?
—¡No señor, no tiene nada de bayunco! Es el muchacho más arrecho de por aquí y el más cumplidor.
—Entonces, no comprendo…
—Pues quizás, cuando sepa que vin’hoy a jugar porqu’entre todos lo comprometimos… entonces…
—Acaba, hombre.
—Pues quizás, cuando sepa qu’el era el novio de Lupe, v’entender luego –dijo por fin Toribio, cortando por lo sano.
—¿De la Lupe? ¿De aquella cortadora tan bonita?
—De la mesma.
—¿Y eso qué tienen que ver?
—Eso, usté lo sabrá.
—Mirá Toribio, dejáte ya de adivinanzas y hablá de una vez.
—¿No se m’irá ofender el patroncito?
—No me voy a ofender —prometió Felipe, deseoso de averiguar aquel enigma.
—Pues es que por hay dicen, las malas lenguas, esos que todo lo quieren saber y de todo dar cuentas… La qu’empezó con el run-run fue la chacha’Ulalia…

Felipe escuchaba paciente aquel largo rodeo, y paciente escucharía hasta el fin las impertinencias del viejo. De algo le tenía que valer ahora al mandador el haberle llevado en sus brazos, el haber sido su acompañante en las carreras a caballo, lo que hacía a hurtadillas de su madre; el haberle servido durante tantos años con fidelidad a toda prueba.

—Pues… pues solo dice qu’el patroncito l’echado el ojo a la Lupe.

Se sonrojó Felipe y encendió un cigarrillo para simular su turbación.

—¿De dónde habrán sacado ese disparate? —dijo al fin.
—¿De onde?, ¡pues de lo que miran! —respondió el viejo disparado—. ¿No es usté mesmo el que a diario le dice cosas bonitas a la Lupe? ¿No le dice, cada vez que la mira, que es más chapuda que la puest’el sol y más linda que los maquilihuas qu’están en flor? ¡Y se lo dic’enfrente e’todos!
—Bueno, pero eso te prueba…
—Y ella que se pone qu’es pura melcocha —continuó el hombre, sin parar mientes en la iniciada explicación—. Y a más d’eso, siempre le vale las bolsadas de café por llenas, enque vayan bien faltas y deja que le tiren al patio, enque lleven un revoltijo de hojas y café verde.
—Pues ninguna de estas cosas tienen importancia —explicó Felipe, todavía turbado—. Si yo dije esas tonteras a la muchacha, fue sin mala intención, solo porque la vi más bonita que todas.
—¡Y de verdá qu’es! Y ella lo sabe y la nana también, y por eso no se le desprende de la pretina.
—Además, yo me voy dentro de unas semanas.
—Cierto, patrón, ¿pero ya s’imagina cómo se va quedar la Lupe de creída?
—Bueno, ya se le olvidará.
—Quizás, pero después que haiga despreceyado a Nico… ¿Sabe lo que me constó cuando de puro meque le jui a preguntar el mes qu’iba ser el casorio? Pues la muy taimada me dijo, riéndose, que en el mes en que le viéramos las flores al amate… Y enque usté se vaya, patrón, enque usté se vaya… ese mal no es de los que se remedeyan tan fácil… ¿No ve que la Lupe se va quedar viendo visiones? Y cuando mire, el corozo qu’está solitoarrib’el cerro, cuando mire las piedras en el fondo’l río y hasta cuando mire en el cielo la lumbre del Nistamalero, va crer la pobre qu’el patrón mismo mira.
—¿Pero crees tú de veras que va a despreciar a Nicolás?
—¡Ajú! ¡Pues onde no! Póngase usté a la par y va ver qu’el pobre Nico con todo y ser lo que’s se va mirar chiquito. Y lo más pior no es eso, sino que’l muchacho, en la deserción, se puede echar por la calle d’en medio. ¡Y eso no! Eso no! Eso no, que ese muchacho a mí me cuesta. Güerfano quedó cuando’staba gatiando, y yo y la dijunta lo criamos, a tragos y a rempujones. ¿L’enseñé a tareyar, pero a ler? ¿Quién l’ba enseñar a ler? Y así creció sin saber una jota, hasta que se lo llevaron de recluta, cuando ya mero le apuntaba al bozo. ¡Viera visto cuando volvió! ¡Qué aire los que se traiba! Y sabía ler y escribir y todo lo de los números. Y también traiba pisto, la mesaita entera, pues el sargento no les quitó el ojo, hasta que los vido a salvo de las lagarteras de la suidá.
—¿Y por qué no se habían casado todavía? –preguntó Felipe, aprovechando el forzado descanso que hubo de hacer el viejo.
—¡Eso es…! Porque la nana es muy avariciosa. Y quiere fiesta y vestido blanco y zapatillas y la mar y sus conchas. ¿Cuándo se ha visto la Guadalupe en esos trapos? Y al muchacho no le alcanza la pita para tanto.
—¿Y con cuánto tendría?
—Con unos sus cien pesos tendría hasta de sobra. Pero eso está de más, patrón. No creya qu’el a usté le agarra ni un centavo —se apresuró a decir, adivinando las intenciones de Felipe.
—¿Y si se los dieras como tuyos?
—¿Y en qué vida iba crerlo, si sabe que nunca guard’un rial?

*** *** ***

Felipe, el patrón guapo, de cabellos oscuros y ojos color miel, no volvió a piropear a la Guadalupe, la muchacha más bonita de aquel contorno. Circularon rumores, propalados por la Eulalia, la del rostro picado de viruelas, de que Nicolás había enseñado a Felipe muy de cerca el filo de su corvo. Se dijo también, para satisfacción de Nicolás, que la misma Lupe había dicho al patrón que no se saliera de su puesto. La verdad solo Toribio la sabía. Y días después pudo, lleno de regocijo, relatar al patrón, con pormenores y detalles, la reconciliación de los muchachos.

Esta semana transcurrió con lentitud atroz para Felipe. Faltaba muy pocos días para dejar la propiedad y le preocupaba no haber hallado la manera de favorecer a Nicolás.

Una tarde llegó Toribio sofocado.

—Mire, patrón, lo que me hallé —dijo, desatando la cebadera y mostrando a Felipe una serie de idolillos más o menos ya quebrados y una vasija de barro, intacta—. ¡Una botija! Cuando l’hallé, me dio un gran vuelco el corazón, porque se me figuró que l’ib’encontrar rellena de macacos.
—¿En dónde te hallaste esto? —preguntó Felipe, sintiendo nacer la idea de su cerebro.
—Allá abajo, al empezar l’arada pa’l cañal.
—¿Queda cerca del terreno de Nicolás?
—Es decir, no tan cerca, pero sí un poco cerca.
—¿Y ya está arando Nicolás?
—Debe de estar, ñor, porque ya vino por los bueyes.
—Entonces, Toribio —dijo Felipe alborozado—, prepárate, que mañana temprano vas a San Salvador.
—¡Eso es! ¿Y el cañal?
—Queda para después… ¿Vio algotro esta botija? —preguntó de repente.
—Hasta ahora, denguno.
—Pues déjamela aquí. Y no le hablés a nadie de tu hallazgo.

*** *** ***

Toribio regresó el mismo día con el pesado encargo; y horas después caminaba, al lado del patrón, rumbo a las aradas.

—No pasemos por la quebrada, patrón, que y’está de torteyo la luna y podemos toparnos con la Cigua…

Y bajo los rayos de una luna que en breve paso haría llena, llegaron a la arada de Nicolás Grande.

—Prométeme que nunca dirás a nadie lo que has visto.
—Lo prometo, por el Señor de Esquipulas —respondió Toribio emocionado.

Y al día siguiente, cuando Nicolás empezaba a romper la tierra, saltó a sus pies la botija, repleta de monedas de plata.

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