Fogata

Era un día lejano de diciembre de 2007. Mis amigos y yo habíamos planeado ese viaje casi con un mes de anticipación y por fin estábamos en el lugar. Queríamos pasar un par de días —o al menos pasar una noche— en el lago de Coatepeque, uno de los lugares más hermosos que existen en El Salvador. Nos salió a todo dar, sin mayores novedades. O bueno, tal vez un par de detalles… aunque me estoy adelantando.

Una semana antes del viaje fuimos mi amigo N. y yo a ese lugar. Necesitábamos estar seguros de que había cupo para turistear. Resultaba que sí. Contrario a lo que imaginábamos, justo en la fecha que se nos ocurrió había poca afluencia. De hecho, hasta entonces notamos que viajando en autobús tenía algo de sospechosamente solitario. Tanto fue así, que cuando nos tocó caminar un tramo —luego de que el bus llegara a al final de su ruta— notamos que la gente que caminaba por esas veredas actuaba en estado de alerta. De hecho, un hombre a quien sobrepasamos (o él caminaba lento o nosotros caminábamos demasiado rápido) lo vimos sacar un cuchillo y sostenerlo «con disimulo», y mi amigo N. y yo fingimos no notarlo, mientras platicábamos de cualquier otra trivialidad.

Ya habíamos ido a ese lugar en 2002 y luego en 2004, ambas ocasiones en un retiro con todo el grupo de jóvenes de la iglesia a la que asistíamos, en la que prácticamente también estaba todo mi grupo de amigos. Mientras más retrocedo en el tiempo —y soy honesto al decir que no es solo por nostalgia— más precioso era el lugar y más tranquilo. Para 2007 ya era algo inseguro y más deteriorado, aunque ninguno de nosotros lo sabía. Ahora, en 2020, ir a pie y solo es básicamente un suicidio. Y desconozco, la verdad, el estado de las instalaciones de aquellos lugares que alguna vez me parecieron tan preciosos.

A pesar de que casi todos nos habíamos conocido en la iglesia, lo cierto es que en esta salida llevaríamos todos nuestros vicios básicos. Estábamos en esa etapa en que éramos de esos veinteañeros que nos veíamos muy jóvenes, pero que nos sentíamos ya muy adultos. Como soy moreno y chaparro, y si le suma a eso mi cuerpo esmirriado de aquel entonces, tendrá que creerme cuando le digo que en aquellos días todavía me pedían mi documento de identidad cuando entraba a algún lugar para comprarme una cerveza. Eran, ahora que lo pienso, buenos tiempos… o quizá me está pasando aquello que puso Alan Moore en boca de uno de sus personajes: «Cada día el futuro se ve un poco más oscuro. Pero el pasado, incluso las partes más llenas de hollín, siguen volviéndose más y más brillantes».

Todos estábamos de vacaciones, así que era el momento perfecto. Llegamos en buena hora y salvo unas cinco personas más que andaban en su propio mundo, puede decirse que teníamos ese pedazo de lago para nosotros solos. Nos bañamos, bebimos, comimos, reímos, filosofamos desde nuestra indefensa ignorancia y cambiamos en el mundo desde la comodidad de un brindis.

Cuando todo estaba totalmente oscuro encendimos una fogata. Hasta me tomaron una fotografía emulando un antiguo comercial de Marlboro: encendiendo un cigarrillo con un tizón. Luego nos comprometimos con una historia cada uno. De preferencia una que se acercara a la experiencia más sobrenatural posible, o que por lo menos estuviera acorde con una temática apropiada para la ocasión.

Mi amigo R. contó una interesante pesadilla, sobre cómo se había vuelto caníbal por culpa de una especie de hechizo que leyó en un papel. Fue una historia muy interesante, de la que recuerdo haberle dicho que se la robaría, para escribir un cuento sobre eso algún día. Huelga decir que jamás lo hice. Y admitió que en todos sus años nunca había tenido una experiencia cercana a lo sobrenatural, por lo que no tenía nada que añadir al respecto.

Mi amigo N. contó una ocasión en la que estaba solo en su casa y de repente, afuera de su habitación, como yendo hacia el patio, escuchó la voz de alguien que lo llamó por su nombre. No está seguro de si en verdad pasó, pero fue honesto al contarlo tal como lo recordaba. Tampoco estaba seguro de si de verdad fue una experiencia sobrenatural, pero que era lo que tenía para ofrecer.

Mi amigo K. contó una que sonaba más a travesura peligrosa que a historia sobrenatural. El asunto era que él y dos amigos se habían adentrado en un cafetal que quedaba cerca de su casa, y tras adentrarse a la oscuridad boscosa, creyeron ver a alguien que dormía debajo de un árbol. La oscuridad puede ser confusa, de no ser porque lo que sea que haya estado en ese árbol se puso alerta y mi amigo K. y sus dos cómplices salieron despavoridos de ese lugar. Fue una buena historia y todos concordamos en que quizá encontraron por error el refugio de algún vagabundo.

Yo, que vine a este mundo en modo very hard, no tenía mucho por añadir en historias, ya que todos conocían muy, pero muy sobradamente, mi problema con las pesadillas y mis terrores nocturnos, con los cuales he cargado casi toda mi vida. Así que me desmarqué de contar alguna de mis malas pasadas cerebrales. Y aunque en principio no recordaba ninguna experiencia cercana a lo sobrenatural, al final añadí una que luego tuve que confirmar frente a mi hermano mayor, ya que él también fue testigo. Todo por pura fuerza de tratar de recordar.

Trataré de resumirla. Resulta que en una ocasión mi madre nos dejó solos a mis dos hermanos y a mí. Yo estaba jugando con unos trocitos de madera —lo que botaba un taller de carpintería cerca de mi casa, con un poco de ingenio, fueron mis juguetes de la infancia—, cuando escuché que mi hermano estaba silbando una tonada muy específica. Yo tenía cinco años y mi hermano seis, pero puedo verlo como si fuera ayer. Hasta recuerdo la ropa que llevábamos puesta. De tanto oírlo silbar salí al patio para verlo y noté que lo hacía en dirección hacia el cielo. Yo le pregunté como lo más normal del mundo que con quién estaba jugando y él me respondió que con alguien que estaba «allá arriba». Y con allá arriba me señaló al techo de la casa vecina, que tenía una altura similar a la de una casa de dos niveles. Mi hermano, para demostrarme que era cierto, volvió a silbar y entonces lo vi: al principio pensé que era alguien con un muppet de calcetín en la mano, porque era de cabeza pequeña y cuello alargado. Me acuerdo que hasta me reí y tuve curiosidad de saber quién era el vecino que estaba jugando con mi hermano. Eso pensé hasta que vi los ojos de esa cosa: eran verdes, bien intensos, con varias aureolas heterocromáticas entre café verdoso y azul verdoso muy profundo. Tuve un terror indescriptible, luego asombro, luego curiosidad, luego una sensación de irrealidad como si fuera una de mis tantas pesadillas vívidas, luego calma, luego resignación, luego fascinación. Todo eso en no más de dos segundos. Luego yo también sonreí y silbé y esa cosa de nuevo se asomó y realizó un temblorcito de la cabeza, como cuando uno toca ligeramente el lomo de un gato y ve su rápida reacción de la piel. Cuando me aburrí me regresé y seguí jugando con mis trocitos. Mi hermano se estuvo mucho más tiempo y de eso hasta el presente no hay mayor novedad. Pero como repito, al final de ese viaje confronté a mi hermano por una imperiosa necesidad de confirmar… y él me dijo que también lo recuerda. Pero ¿qué credibilidad puede tener una historia de esta clase, viniendo de dos niños?

Ninguno de mis amigos la creyó, por supuesto, aunque tuvieron la cortesía de alargar la conversación al respecto todo lo necesario. Incluso pasamos a hablar sobre temas sobrenaturales por un buen rato (yo, desde entonces, de por sí tenía mucha afición por teorías de la conspiración, misterios de la historia y todo eso). De tanto en tanto, solo nos faltaba un participante. Era C.

Mi amigo C. tenía la mejor historia de todas. Al menos lo es para mí. De hecho, ya he cometido la indiscreción de contársela a otras personas, cuando se ha prestado la ocasión. Creo que no la quería contar, pero todos notaron mi emoción cuando le dije que lo hiciera y naturalmente me secundaron. Al final cedió por presión de grupo.

C. era el más chico calle de todos nosotros. Por andar de vago ha pasado por una gran cantidad de experiencias. Era el único de todos nosotros, por ejemplo, que fumaba weed con cierta regularidad. De hecho, por eso él mismo autodesacreditaba su historia culpando a la planta. Pero igual, al final cada persona que la escucha tiene derecho a decidir lo mejor.

El asunto es que C. estaba un día con cuatro personas fumando en una casa, en una zona rural. Habían elegido ese lugar precisamente porque estaba alejado de cualquier casa vecina, por lo que podían estar tranquilos, sin pensar ni sentir que alguien podría interrumpirlos. Un amigo que tenía una propiedad cerca de ahí lo llevó. Cuando todo se acabó, todos seguían despiertos y hablando tonterías. C. había quedado con sueño, pero tiene problemas para dormir en el mismo lugar con personas que casi no conoce. Y de todos sus compañeros de turno, solo con uno sentía confianza, que fue quien lo llevó. Así que decidió irse para la casa de este amigo, quien le entregó las llaves, aunque tendría que caminar unos 700 metros, en una zona básicamente boscosa. Si usted me lo pregunta, yo habría preferido aguantar en esa casita toda la noche. Pero C. estaba lo suficiente relajado como para irse tranquilo…

Ya había recorrido un buen tramo, digamos que la mitad del camino, cuando en el centro de la vereda por la que caminaba vio a un niño acurrucado, con la cabeza hacia adentro del cuerpo, como viendo al suelo. C. calculó que la estatura del niño debió ser de alguien no mayor de 7 años de edad. Primero sintió el miedo normal de ver a un desconocido, pero eso se transformó en un miedo de preocupación. Parecía como desnudo, en medio de la nada, con un cuerpito escuálido. Así que su reacción, a pesar de andar con un rezago psicotrópico, fue la de acercarse para tratar de ayudar. Lo primero que se le ocurrió fue preguntar en voz alta: «¡Hey, niño!, ¿qué te pasó? ¿Estás bien?». Se acercó un poco, aunque menos mal no demasiado. Quizá estaba a apenas metro y medio, máximo. El «niño» levantó la cara y tenía un rostro anciano, demacrado, con tantas arrugas que apenas se le miraban unos ojos que se le adivinaban negros y siniestros. Y preguntó con una voz natural, ronca y llena de reproche: «¿Cuál niño?». C. dice que su reacción automática fue mirar de nuevo hacia el camino, fingir que nada pasó y seguir caminando, hasta que llegó a la casa de su amigo. Al día de hoy prefiere creer con total convicción que lo ocurrido fue un mal viaje de esa noche, en lugar de la menor posibilidad de un hecho sobrenatural.

Por la manera en que C. contó la historia, con un sentimiento bastante genuino, todos quedaron callados por un momento. Luego tocó hacer el esfuerzo de alegrar lo que quedaba de la noche, ya que bien o mal todos estábamos a salvo.

Ahora que lo pienso, nunca hemos vuelto a repetir una salida como esa. Y quizá a ninguno de nosotros nos atrae ya ir a un lugar para dormir en una tienda de campaña. No sé si llegará el día en que de nuevo uno pueda ir a ese precioso lago sin temer por su vida. En todo caso, tengo una vivencia más que contar, por si algún día mi hijo me pregunta si alguna vez tuve la oportunidad de compartir una fogata, con algún grupo de amigos.

2 comentarios en “Fogata

  1. ¡Gracias por compartir todas las historias alrededor de la fogata han sido muy interesantes! Me ha gustado mucho la de C. y la tuya con tu hermano. Es que creo que podrían ser perfectos relatos de terror. Me gusta mucho todo el tema de lo sobrenatural.
    Una noche, hace 9 años atrás, medio entredormida abrí los ojos y vi la silueta de una mujer mirando por la ventana, creo que había tormenta, la miré por un segundo, me di la vuelta y seguí durmiendo jajaja.
    Saludos Edwin 🙂

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    1. ¡Gracias por tus palabras! Y qué genial que pudieras volver a dormir como si nada jajajajaja… sin ninguna duda yo me habría levantado a curiosear por la ventana. Ese impulso en mí es demasiado poderoso.

      Hay demasiados misterios en este mundo tan rico e infinito. Y creo que por eso me despierta también mucha curiosidad lo sobrenatural. ¡Gracias por comentar! Saludos.

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