“La Zombie”, cuento de Cristóbal Humberto Ibarra

—¡Los hombres de mi mundo me han vendido! —decía triste y gravemente el hombre de la cara roja y los ojos sangrientos.

Los había sentido persiguiéndole, procurando idiotamente extraerle los secretos que la selva le había confiado únicamente a él, sin darse cuenta que no solamente le robaban el secreto, sino también la niebla que sus sueños habían transformado en esperanza… Y todo… ¿Por qué? Por la desgracia de una manos frías, de unos pies bifurcados y un extraño viento de margaritas aplastadas, que al huir de él arrastraban consigo y para siempre el embrujo de la montería…

—Seguro que me han vendido… ¡Cabrones!

¿Con quién hablaba? ¿A qué sombra participaba su pena? No se sabía. Mas lo cierto era que allí estaba el hombre de la cara roja y los ojos sangrientos arañándose nerviosamente la barba, mientras dejaba que un aire de congoja lo poseyera en lo más hondo, en una especie de adiós último a las marañas montunas que él afirmaba haber perdido para siempre.

Fue la caída de la tarde, cuando la montaña se mece plena de una soledad que todos los caucheros temen hasta llegar a la oración. Él trastabillaba mojado en aguardiente hasta las uñas. Se tambaleaba por la ruta, sorteando los árboles botados y los fangos que ya lloraban estrellas con el primer crepúsculo. Porque en la selva es de noche cuando amanece, ya que a esa hora despierta realmente en sus rumores y peligros.

El hombre maldecía y maldecía en su rabia de licor e infortunio. De pronto, al intentar ladear un surco limoso, se halló bruscamente frente a una silueta de mujer que ahondaba el humo de su cerebro alcoholizado con unos ojos lentos, blancamente lechosos, como escondidos tras una cara que sudaba palideces en medio de la tarde. La sangre de otros ojos la estudiaron.

—¿Qué hacés a estas horas, sola en el camino…? ¡Debés ser una puta!

La mujer lo traspasó con el gajo ausente de sus ojos.

—¡Ah, ya sé, plata es lo que buscás…! ¡Tomá, tomá, andá gastalo y bebé como yo, como los hombres! ¡Pero hoy… dejame… porque estoy borracho! ¡Ahí mañana, si no tenés apuro…!

Avanzó hacia ella, arrojándole billetes a puñados.

—¡Tomalos, tomalos sin miedo! ¡Pero te digo que mañana!

Y se apartó nuevamente, hacia el sendero, mascullando entre hipo y zarandeo:

—¡Si ni tenés apuro! ¡Si no… tenés… apuro…!

La estatua de silencio le miró perderse. Lo clavó por la espalda con sus ojos idos, mientras hundía su camisón atardecido y su cabello suelto entre las brumas.

Esa noche el hombre rojo soñó que se moría. Cuadrillas de monos gigantes lo conducían nadando por un río de muerte, hacia un puerto de luna donde dos ojos lechosos lo recibían envolviéndolo, poseyéndolo entero con un toque helado, abismoso y sepulcral, que sin embargo, le gustaba, le gustaba… Una mujer se aparecía, entonces, abierta en cruz entre los ojos aquellos, en tanto de un calidoscopio de rostros, sudarios y bocas, surgían alfabetos ondulantes que luego se ordenaban en una frase conocida, musitando como fino péndulo de miel a sus oídos: “¡Si no tenés apuro…! ¡Si no tenés apuro!”.

Al alba siguiente se despertó profundamente impresionado. Apuró un trago doble de cognac y sin esperar su desayuno se marchó al trabajo.

Por la tarde estaba otra vez ebrio. Tres cuartos de clan le encendían las arterías. Mas sentía que algo raro había en esta borrachera. Día tras días había bebido para olvidar su nórdica patria lejana, sus amores frustrados, sus fracasos… ¡Y ahora se emborrachaba para recordar! ¿Recordar qué? No sabría decirlo. Pero reconocía una vereda montañosa que lo llamaba, cuando su sueño de alcohol se redoblaba con palabras:

—¡Si no tenés apuro…!

Bebió el licor restante y tambaleando de nuevo se adentró por el sendero y los pantanos, donde las ranas se burlaban del crepúsculo.

Caminó mucho, lo bastante para perder las voces de los hombres que entregaban su trabajo en los galpones. Sorteaba troncos, baches y hojarasca… Pero hoy no maldecía. Un sabor de aventura le enredaba y el corazón era un tambor de tráquea afuera.

De repente, la mujer se dibujó a diez pasos. Tenía los billetes en una mano y le clavaba un imposible de ojos que parecían llegados de muy lejos, de más más allá del tiempo, de lo extenso sin límites, de todo lo frío que gustaba… Él la cubrió entonces con la sangre de los suyos y sintió que por primera vez sus ojos de aguardiente aprendían el lenguaje del secreto palpitante y de la vida. Se aproximó como atontado, casi buscando las palabras entre la modorra y el embrutecimiento:

—¡No me hagás caso…! Ayer te dije cosas… ¿Entendés? Es que estaba muy borracho… Hoy también… ¡Pero…!

Sin querer estaba desparramando su soledad en una confesión sencilla, improvisada, simple. La mujer le contestó con un suspiro, se sacudió con un gesto de callada invitación, la tierra pálida de su rostro buscó afanosamente la cara de él y, mientras la mano izquierda le devolvía los billetes, la derecha le aferraba la cintura…

¡Y abrazados se internaron en el monte!

A la mañana siguiente, el hombre de la cara roja y los ojos sangrientos narraba su hazaña a los chicleros:

—Me acosté con una hembra que encontré al lado del pantano, cerca de los chorrerones. Estaba un poco fría… ¡Pero se sabe dar!
—Bruto… ¡si es la Zombie!

Los cuadrilleros se le fueron alejando temerosos, lívidos, hacia los barracones que sudaban bajo el día tropical, con un temblor de avemarías quebrado entre los dientes.

¿La Zombie…? Ahora el hombre rojo recordaba. Zombies son aquellos seres indescifrables que irrumpen por los senderos selváticos a la caída de la tarde, levantando un viento de desolación y vaciando en un clima de muerte a cuanto los rodea. Habitan las regiones tropicales y se los considera como muertos levantados de sus tumbas para ayudar en sus tareas a los vivos. Nadie hasta hoy ha aclarado su misterio. Mas lo cierto es que los zombies aparecen de pronto en la maraña como fantasmas pálidos, mudos, quietos, fijos en su fama de ultratumba, paralizando toda vida en torno con la cal de sus ojos abismales y el olor de su piel a sepultura…

—¿A sepultura…?

Y aquí surgía el punto fuerte de la duda.

El hombre de la cara roja y los ojos sangrientos recordaba bastante bien que su amante no olía a sepultura. ¡Muy al contrario! Acudió a la visión de los olores y pudo nuevamente percibirlos.

Había fiesta de campánulas en la cara de su hembra, llanto de capulines en los senos exprimidos bajo el camisón y un como aplastarse de margaritas silvestres –deshojadas blandamente sobre el sexo–, en el momento en que la estaba poseyendo… ¡Aquella mujer era la montaña entera con sus jugos, sus cantos, sus floreceres, sus perfumes, sus licores…! Y eran los chicleros idiotas, envidiosos y cobardes, quienes se la querían arrebatar recurriendo a su hiel, a sus intrigas y a sus supersticiones.

—¡No, no! ¡Búsquese otra o hagan cola…! ¡Pajeros!

Hacia el atardecer, otra vez el alcohol. Pero el extranjero ya tenía cuna para su amor recién nacido. Apenas la sombra de las barracas se emborronaba en su mirada de ascua, él se calaba su gorra de viejo traficante, se arañaba el gargüero con el resto y en silencio tímido —esquivando la mirada de los caucheros–, se empujaba balanceante hacia el pantano y sumaba otra noche a su ilusión.

Era la media noche y un cielo vertical iluminaba planamente a La Zombie. Con asombro, pero sin miedo ni asco, él la observó. En vez de los diez dedos normales, dos troncos en C bifurcaban cada pie de la mujer. No preguntó nada, más ella pareció adivinarlo.

—¿Sabes…? —se movió ella horizontal sobre la yerba. ¿Sabes lo que lo que estaba pensanado…? Pensaba que si yo te doy mi secreto vas a ser mío, serás como uno de los nuestros… ¡Y ya no podrás dejarme!

Él no la miró siquiera, pero su ansiedad le dijo que siguiera.

—Te he mirado sin verte… ¡Te he estado observando, desde adentro! ¿Me entiendes? Te has estado fijando en mis pies hendidos.. y de eso es que quiero hablarte… ¡No sé si me entenderías! Pero en esta separación están los signos de la vida y de la muerte… Lo mismo que tú puedes ser mi vida y yo te puedo significar la muerte…

Tomándola de un seno, él la invitó a seguir.

—Voy a darte mi secreto… Estoy decidida, quiero hacerte mío del todo… Pero para eso hay que tener coraje… ¿Me oyes? ¡Mucho coraje! ¡Es preciso sentirse morir, sentir que uno se muere de verdad…!

El hombre de la cara roja advirtió que sus ojos sangrientos comenzaban a bañarse en aguardiente. Tres posesiones consecutivas lo habían debilitado hasta el exceso. Ahora la luna era de fuego y el pezón de su amada se le pegaba en la boca como brasa.. ¡Era la fiebre! A su cerebro se venían acercando unos dedos lejanos, unas manos lejanas y unos pies bifurcados también lejanos… Supo que algo le hablaba cráneo adentro: “Si no tenés apuro! ¡Si no tenés apuro!”. Él era ya la vida, mas ella podría ser la muerte… ¿Y por qué no al revés? ¡La Muerte! ¡Pero qué podía importarle a él la muerte, si esa mujer era suya y de nadie más que suya? La prueba es que nuevamente la estaba poseyendo, pegado aquel rostro de barro entristecido y sintiendo aquel olor a margaritas aplastadas… Sin embargo —aún por sobre la posesión—, su mujer continuaba balbuceando:

—Te llevaré a mi mundo… ¡Ya no podrás dejarme! ¡Si no tenés apuro…! ¡Si no… tenés… apuro!

Fue entonces que él quiso responder que sí, pero no pudo. Porque la poseída lo acariciaba con sus dedos blandos, uno de los cuales le cerraba la boca hasta callarlo. Ella era un fuego que lo estaba devorando. ¡Qué bien se daba esa muerta que todos envidiaban! ¡Esas eran entregas! Intercambiaban vida a borbotones. ¡Eran goces sin fin, placer infinitamente dilatado, la locura…! ¿La locura? ¿Y si se estuviera volviendo loco? Alguien dice que se comienza por soñar y se sueña más y más hasta el cansancio… ¡La Locura! ¡Ay! Mas lo de él no era sueño, ni cansancio, ni locura… Porque su amada estaba aquí, al lado de él, muy cerquita a él, sellada a él con sus dedos blandos, sus manos blandas, sus pies blandos —blandamente bifurcados y lejanos—, su blando amor y su enervante olor a margaritas aplastadas…

De repente, un aullido distante lo desaletargó. Alguien —vecino de la selva— agonizaba y los perros campamenteros lo presentían y lo divulgaban con su llanto helado. Una duda lo asaltó… ¿No sería él quien se moría? “¡Hay que tener coraje, mucho coraje! ¡Es preciso sentirse morir, sentir que uno se muere de verdad…!” —había dicho ella. Mas él, por el contrario, se sentía más vivo que nunca… ¡Solo que esta fiebre electrizaba más sus nervios y lo encendía en más deseo!

Intentó gritar, pero tampoco pudo. Los aullidos venían avanzando y algo como de voces de hombres se confundía con ellos. Seguramente los trabajadores habían descubierto su escondrijo de amor y llegaban, codiciosos, a exigirle que compartiera su secreto… ¡Seguro que eran ellos! Porque la mujer se le escapó asustada y empezó a desdibujarse entre la niebla… El hombre se desesperó, intentó seguirla, tratando en vano de apartar rabiosamente troncos, lianas y raíces, mas apenas quedó entre sus manos el hueco de dos senos recién acariciados, la triste mirada de ella al despedirse de él, recogida por sus súplicas y en su cuerpo un enervante aroma de margaritas aplastadas.

—¡No, no! ¡Me la quieren quitaaar! ¡Busquense otra igual… o hagan colaaa! ¡Pajerooos! ¡Me la quie… ren… qui… tar!

Un vómito de sangre. El hombre de la cara roja quedó sobre la mesa, abandonada su gorra de viejo traficante y sus ojos sangrientos definitivamente idos.

—¿Vio, compañero? ¡Eso pasa por chupar y no comer!
—¡Pobre noruego! ¡No tenía a nadie…!
—¡Solo queda llamar al alguacil, pa’ que lo entierren!
—De tanto trago hasta miraba animalitos… Así decía, que su querida era una muerta…. ¡Afigúrese!
—¡Virgen pura…!
—¡Así quién lo iba a entender!

Mas un creyente negro sí que lo comprendería. Orillando las caucherías, más allá de los pantanos y cerca de los chorrerones, la selva entera abrigaría a cuatro pies bifurcados, dialogando bajo la luna sobre problemas de la vida y de la muerte, poseyéndose sobre una miel de capulines rotos…

¡Y entre un olor de margaritas aplastadas!

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