¿Bajarse de la torre de marfil?

No soy de tocar temas coyunturales de mi país, ni suelo hablar de política en este espacio (aunque admito que lo he hecho de forma relativamente velada, en unos dos o tres post, en el pasado). Y no es porque viva eternamente en mi torre de marfil, aunque sé que así lo parece. En realidad se debe a que no me gusta contribuir al desgaste que este tema tan local provoca entre mi gente: por ejemplo, el 100 % de canales de televisión salvadoreña dedican como mínimo un porcentaje considerable de su parrilla y programación a temas políticos. Los youtubers salvadoreños con más audiencia son aquellos que dedican una ingente cantidad de horas a despotricar contra los políticos locales. Y bueno, la idea se entiende: ante una excesiva oferta del tema de análisis político, prefiero inclinarme a tantos otros tópicos que considero merecedores de un poco de atención. Si cada día se producen alrededor de 200 productos comunicacionales derivados de la política, me parece pertinente pertenecer a esos 10 o 15 productos semanales que prefieren hablar de otra cosa.

Pero no desdeño la importancia de la política del país donde vivo, por supuesto. De hecho, sé por qué hay tanto analista hincando el diente y sé por qué gozan de una tremenda popularidad: un país fallido, una región olvidada del último mundo, con una de las tasas históricas de homicidios más rojas del mundo contemporáneo y de la historia de los últimos 150 años (con registros históricos de 25 asesinatos diarios, en apenas una porción de tierra ligeramente mayor a los 21,000 kilómetros cuadrados), cuyo historial de corrupción puede rastrearse hasta los orígenes mismos de su fundación como República, merece analizarse constantemente en busca de soluciones. La gente quiere escuchar respuestas y propuestas. Hay una esperanza un poco loca, pero esperanza al fin. Ojalá algún día no solo las encontremos, sino que tengamos voluntad política para aplicarlas.

Por esos sinsabores de sobra conocidos, no le encuentro mucho sentido a echar más leña al fuego de los despotricadores. Y me siento con poca solvencia al respecto, dada mi escasa formación política y mi ya de por sí pesimista visión de vida. El personaje Edgardo Vega, de la novela El asco, ya lo dijo con su particular tono cáustico:

Los políticos apestan en todas partes, Moya, pero en este país los políticos apestan particularmente, te puedo asegurar que nunca había visto políticos tan apestosos como los de acá, quizás sea por los cien mil cadáveres que carga cada uno de ellos, quizás la sangre de esos cien mil cadáveres es la que los hace apestar de esa manera tan particular, quizás el sufrimiento de esos cien mil muertos les impregnó esa manera particular de apestar, me dijo Vega. Nunca he visto políticos tan ignorantes, tan salvajemente ignorantes, tan evidentemente analfabetos como los de este país, Moya, […] Y cómo se desviven por aparecer en la televisión, Moya, es horrible, si encendés la televisión a la hora del desayuno en todos los canales aparece un estúpido haciéndole las mismas preguntas estúpidas a un político que únicamente responde estupideces, me dijo Vega. Como para morirse, Moya, como para vomitar el desayuno, como para arruinarte el día.

Latinoamérica adolece de esas argollas de poder que nos han esquilmado y nos han utilizado como mano esclava y sometida. Y como resultado ha provocado que una gran cantidad de opciones políticas capitalicen el descontento y lo conviertan en bandera esperanzadora, para un pueblo que siempre desea encontrar respuestas. ¿Cuántas veces han jugado con nuestras ilusiones? Podría decirse que esa cuenta histórica ya la hemos perdido. ¿Cuándo podremos romper la rueda de verdad? En fin…

Por otra parte, ¿cuánto de lo que uno podría despotricar puede servir realmente para algo que no sea alimentar el gigante metafórico del descontento? ¿Cuánto puede uno aportar, desconociendo cómo se maneja realmente un país o cómo funcionan algunas áreas sociales particulares? ¿Cuánto hay de buena propuesta en las mejores intenciones, las cuales suelen quedarse en esa liga, porque resulta que hay mucho de inaplicable en nuestros países? ¿Cuánto siempre es un “para mientras”? Y como diría Dalton, ¿cuánto es realmente “por joder”?

Y sin embargo, paradójicamente, todo ciudadano consciente debería de plantearse la posibilidad de pensar bien, de pensar su país, ya que al fin y al cabo somos compañeros de comarca, y el bien común nos atañe a todos.

Como corolario caben los versos de Roque Dalton, aunque admito que los cito bastante fuera de contexto:

La política se hace jugándose la vida
o no se habla de ella. Claro
que se puede hacerla sin jugarse
la vida,
pero uno suponía que sólo en el campo enemigo.

Y uno aquí, con su tremendo amor ingenuo, sin saber cómo encontrar la ruta idónea, para contribuir para mejorar la propia vida y la de los suyos, tratando de hallar la manera de dejar el mundo en mejores condiciones, tal vez no por las falsas vanaglorias futuras, sino porque nuestra descendencia merece algo mejor de lo que recibimos.

Quizá las palabras podrían contribuir con un mejor destino. Quizá en las manos correctas o en las mentes correctas. Quizá.

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