El mecanismo de supervivencia de la inteligencia inconsciente

Hay una suerte de leyenda científica que he olvidado dónde, cómo o cuándo la leí. Sé que fue hace muchos años, cuando todavía frecuentaba las bibliotecas universitarias y públicas (bendito internet, que lo vuelve a uno lector de pdf). Si a usted le resulta familiar o si la reconoce (lo cual sería maravilloso), me encantaría que me diera alguna referencia, porque aunque sé que es algo prácticamente falso, que jamás se ha demostrado científicamente, no me deja de resultar fascinante. Si lograra identificar la fuente bibliográfica concreta, no se diga más: podría ayudarme a curar mi obsesión por la respuesta.

Sé que fue en un libro de historia de la ciencia, o quizá en alguna enciclopedia ilustrada de temática concreta, de un nicho académico específico. Lo sé porque no es la clase de referencia general que merezca sus cuatro líneas en Wikipedia. O quién sabe… lo cierto es que a estas alturas de la presente fecha, en la enciclopedia libre no está (¿o será que yo no sé cómo buscar?).

Pero antes que me regañe por la excesiva expectativa, mejor abordo el asunto de una vez.

Esta «hipótesis científica» es de hace cientos de años. Le diría que data de la época de las primeras disecciones humanas, pero ya sabemos que casi todas las principales culturas del mundo, en todos los continentes, experimentaron con la disección animal y humana.

Pero no todas desarrollaron escritura científica temprana, por lo que estamos ante un número reducido de culturas, ya sea europeas o asiáticas. Es más: es una teoría más cercana a la época del primer Iluminismo previo y la vez contemporáneo a la Ilustración, ya que su concepción medular implica el conocimiento de los primeros microscopios ópticos o microscopios de luz.

Según esa teoría, basada en minuciosos experimentos de disección y de una gran cantidad de canon médico reconocido para la época, el ser humano es solo una protección exterior de un sistema inconsciente de profunda inteligencia. Dicho así suena a obviedad, por supuesto: el cuerpo siempre busca la manera de autoprotegerse y nuestro sistema superior de inteligencia es nuestro cerebro.

Pero redoblemos la apuesta sobrepasando las obviedades.

El conocimiento del mundo microscópico permitió el conocimiento de nuestro esperma, lo cual llevó a conectar el punto A con el punto B: dar por sentada la concepción humana. Pero del punto B al punto Z había todo un universo por conocer, lo que llevó a interesantes puntos de vista, con hipótesis de las más variopintas, algunas bastante ingeniosas.

¿Y si resulta que solo somos una especie de espermatozoide gigante, cuya evolución alcanzó tales niveles de sofisticación, solo para protegerse con una ingeniosa armadura exterior? Descabellado e imaginativo, pero en lo personal me resulta interesante.

Casi todos nuestros órganos pueden ser sustituidos, pero solo hay dos que verdaderamente son delicados al ser tocados: la médula espinal y nuestro cerebro. Si los vemos juntos, da la impresión de que ser un espermatozoide gigante que se autoprotege no suena tan descabellado, después de todo.

El cerebro se autoprotege de tal manera, que casi todos nuestros sentidos se encuentran a su alrededor, a la vez que nuestro cráneo es de un hueso bastante sólido, muy duro de roer. De igual manera, los 33 huesos que componen nuestra columna vertebral garantizan una protección loable de nuestra médula espina.

Bajo la lupa de esa creencia antigua, nuestras extremidades serían el vehículo evolutivo para poder movilizarnos en tierra y así poder medrar en la vida. Todos nuestros órganos estarían al servicio de la gran maquinaria del espermatozoide gigante. Y bajo esa perspectiva, existe la posibilidad y suenan hasta lógicos los descubrimientos de Robin Baker, planteados en su libro de divulgación Sperm Wars.

La calidad de espermatozoides eyectados en una masturbación casual no contienen la misma calidad que los eyaculados en una relación sexual convencional. El mecanismo inconsciente del cuerpo actúa en consecuencia mucho mejor de lo que imaginamos.

Aunque ahora nos resulta evidente la existencia de espermatozoides verdaderamente fértiles y otros que solo son relleno, la respuesta planteada en Sperm Wars da otra perspectiva: los espermatozoides están programados para formar una especie de cuadrillas jerárquicas, donde los menos fértiles realizan la función de peones, dispuestos a sacrificarse, incluso al punto de pelear entre ellos mismos, según la cantidad de circunstancias en las que han sido observados, con tal de proteger a los alfa, a los que están programados con su respectiva fertilidad.

El porcentaje de variación genética es apabullante. En una eyaculación convencional hay toda clase de espermatozoides, como si en ellos se contuviera toda clase de seres vivos que buscan su oportunidad de medrar. Que usted naciera, tal cual se encuentra ahora, es un milagro azaroso aterrador y a la vez maravilloso: podría haber nacido en su lugar alguien más alto o bajo, más delgado o más gordo, más oscuro o claro de piel, más bello en términos de convención social. Y todo comenzó en esa guerra microscópica por la supervivencia, por la posibilidad de medrar.

El espermatozoide gigante que usted y yo protegemos con nuestros actos cotidianos está programado para ser emisor o receptor de sus respectivos pares microscópicos, para continuar con el ciclo infinito de vida.

* * *

En este época de lo políticamente correcto se nos podría antojar como una teoría bastante machista (¿por qué seríamos un esperma gigante y no un óvulo gigante?). Eso sin contar lo relativamente fantasiosa que resulta. O bueno, quizá imaginativa sería una adjetivación más justa. Incluso la teoría de las Sperm Wars no ha sido totalmente validada por pares, a pesar de la aceptación que ha gozado durante muchos años.

De todos modos, por ninguneable que parezca, en lo personal siempre me resultó una teoría bastante fascinante. Quien lo haya concebido, debió sentirse bastante seguro, como cuando se llega a una iluminación reveladora: esa persona de seguro ya no vivo con los mismos ojos al resto de personas, sino que era capaz de pensar en cada uno de nosotros como espermatozoides gigantes, con variaciones fisiológicas que aparecen en función del clásico atractivo cuya finalidad es la simple reproducción, la transmisión genética hacia la que nos encamina nuestra inteligencia inconsciente que es el resultado de todo un incomprensible caldo microscópico y celular.

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