Volver al ruedo

Si me deja fantasear un rato, creo que mi trabajo perfecto sería ser dueño de mi propia editorial. No una grande, sino una modesta e independiente. Me atrae la idea de cumplirle a alguien el sueño de publicarle un libro, además de la fantasiosa idea de descubrir a un gran autor. Yo mismo soy una suerte de escritor frustrado, que nunca termina de tomar el valor de completar un manuscrito e intentar publicarlo. ¿Miedo al fracaso? ¿Haraganería? No lo sé. Creo que al final nunca me atreveré, por razones pudorosas que no me termino de autoexplicar.

Pero es gracioso que incluso en la fantasía, en mi sueño perfecto, me imagino viviendo con un trabajo de hambre, que jamás me llevaría a ningún lado. Lo sé, soy un caso perdido-perdido. ¿Hacer fortuna con los libros? Eso se terminó en tiempos de Balzac. Incluso nuestros más renombrados escritores vivos de la actualidad supieron siempre que vivir de la literatura es una casualidad aleatoria y caótica.

Pero bueno…

He vuelto al ruedo… es decir, después de tres años y medio sin un trabajo formal, y solo viviendo de los freelance (o como decimos en El Salvador, de la rebusca), hace menos de un mes me dieron un empleo. Aunque ya me advirtieron que sigo en periodo de prueba y todas esas cosas. Así que me ahorraré los detalles, ya que mi futuro sigue siendo caótico, como el de todo mundo, en esta época tan ingrata.

Por cierto, hace unos meses, cuando me quedé sin computadora, me puse a escribir el texto que le comparto a continuación. Estaba pasando por un mal día, justo cuando lo escribí, así que no dejo de asociar a él un sentimiento negativo. Tuve la tentación de eliminarlo, pero ¿no pasé ya por una gran cantidad de entradas en las que caigo en el autobochorno? ¿Qué diferencia hace publicar una más? Como se dice de forma popular, una raya más para el tigre.

*** *** ***

Confesiones, añoranzas y fantasías de un desempleado

Mi primer empleo fue a los 16 años: trabajaba en una cafetería. Dormía adentro del local y salía una vez cada 7 días, sin remuneración de descanso. Pienso a menudo en ese trabajo y quizá por nostalgia ahora me parece que fue una suerte de empleo perfecto. El negocio pasaba solo prácticamente todo el día y solo en la noche —por estar cerca de varias canchas de fútbol— se vendían menudencias. Me pagaban 15 colones diarios, lo que equivale a USD 1.71. No duré más de dos meses, porque fue un trabajo de vacaciones de estudio.

Pasaba tardes enteras leyendo y una que otra vez escribía en un cuaderno que quemé completo hace apenas unos meses, cuando me mudé. No fue un trabajo digno, pero la tranquilidad es algo que no tiene precio. Si ahora pudiera tener mi propia cafetería creo que podría darme por satisfecho con mi vida. Quizá, en verdad, me pagaban más por cuidar el negocio que por ser un verdadero empleado de tienda.

Tuve entre los 17 y 21 años otros trabajos que para mí no son dignos de mencionar, excepto dos: el primero en un restaurante, de mesero, el cual creí que era una auténtica oportunidad de crecimiento, ya que así nos vendían la idea: ya sabe, multinacionales, restaurantes de comida rápida, etc. Pero lo cierto es que me explotaron más que cuando me tocó esporádicos trabajos en albañilería y camiones de mudanza. El segundo fue en un hotel, en el cual ni siquiera me ofrecieron contrato ni nada: es más, ni siquiera me pidieron currículum… y ni qué agregar… más explotado incluso que el del restaurante. Entraba a las 3pm y salía a las 4am del día siguiente. Todo por USD 7 el día.

Menciono ambos y no los otros, porque estos, en teoría, eran con empresas formales, de gente millonaria: empresas con gente que se supone que cumple todas las de la ley. Imagínese la decepción que empuja a tirar la toalla. Pero lo cierto es que incluso con los pocos centavos ganados algo me quedaba para complementar mis pagos de universidad.

En El Salvador es célebre la frase de un comediante, que creo que está muy metida en nuestra idiosincracia: “Uno de cipote es tonto”. Lo digo ahora con una media sonrisa y mucha nostalgia, al respecto de una pregunta que suelo escuchar y leer a menudo: ¿Por qué los pobres tienen hijos?

No me malinterprete. Nunca me la he tomado a mal ni a pecho —con esa indignación de quien resiente de manera inconsciente la violencia estructural y la injusticia social—, aunque sé que formo parte de la gente pobre. Es una pregunta que la hago muy mía, en cualquier contexto y circunstancia. Lo he comentado mucho en este blog, por supuesto, pero lo vuelvo a hacer para contextualizar. Provengo de una familia de comerciantes informales, lo que en lenguaje práctico quiere decir vendedores de la calle, gente que si no vende un día no come. De hecho, de mi familia fui el primero que puso un pie en la universidad, aunque nunca la concluí. Se me ocurrió formar mi propia familia y luego, por pura matemática, todo se me salió de las manos.

Así que cuando me enamoré, mientras todavía estaba en la universidad, partí de una ilusión juvenil de que quizá me esperaba una vida diferente y que mi futuro tendría otro brillo. No tengo respuesta a la pregunta del porqué los pobres decidimos tener hijos. Yo creí en mi propia posibilidad de felicidad. Y creo que jamás me atrevería a preguntarle a mis padres por qué me trajeron al mundo en una situación tan desventajosa. Yo me imagino que creyeron lo mismo, que de alguna forma las cosas se arreglaban en el camino y que también tenían derecho a buscar su propia felicidad, por neblinosa y lejana que esta pareciera.

Pero mi hijo nació y ningún empleo aparecía en el camino. Nada. Incluso intenté como cuidador de una lavandería, pero ni siquiera eso. No volveré a repetir mi etapa de números rojos, pero usted puede intuir que fueron años difíciles. Finalmente ella me dejó y se llevó a mi hijo (con justa razón, por supuesto), y lo bueno es que su familia la apoyó y la sigue apoyando.

Yo le aposté a mis estudios con un fervor y entusiasmo febril, con un amor al conocimiento que fue desapareciendo poco a poco, a medida que la carrera me iba decepcionando. Pero el conocimiento queda y eso es ganancia. Sin embargo, ¿de qué me sirve todo eso ahora?

Desde entonces hasta el presente tuve uno que otro empleo decente. Trabajé en un cybercafé, en una bodega, de monitor de publicidad, en un periódico local y en una agencia de publicidad. Los dos últimos fueron trabajos dignos, pero no siempre me ofrecieron el mejor ambiente laboral. Aunque eso ahora ya no importa.

En todo ese tiempo, en algún momento, me enseñé a encuadernar. Ese oficio ha sido algo así como mi recurso de última hora, una especie de salvavidas. Y la corrección de estilo, por supuesto, que me ha dado de comer por muchos años, con todo y sus intermitencias, y a pesar del hecho de ser una vergüenza del gremio, como podría notarlo cualquier persona que haya leído este blog llenísimo de errores ortográficos y gramaticales.

Viendo en perspectiva, con ojos de quien está a estas alturas de la pandemia, creo que de todos modos habría dado igual tener o no una carrera universitaria. Sé de algunos de mis excompañeros que consiguieron buenas oportunidades laborales, pero la gran mayoría improvisaron o trabajaron de cualquier cosa.

Mi papá tenía un negocio y quebró —y espero que jamás se aparezca por aquí a leer esto, porque sé que me odiaría por decir algo que para mí es normal, pero que para él es demasiado delicado, bochornoso e íntimo—. Ya habíamos perdido la casa en 2014 y de nuevo nos tocó mudarnos en la que estábamos alquilando, porque ya no se podía pagar. Ahora vivimos de nuevo todos mis hermanos juntos, después de muchos años, porque solo juntos tenemos capacidad de pago, dadas nuestras circunstancias.

He buscado trabajo como loco, desde el año pasado. Casi que ha sido una rutina diaria enviar mi currículum a cualquier lugar, de lo que sea, a veces en áreas que no tienen absolutamente nada que ver conmigo. Y nada. En El Salvador es un pecado tener más de 30 años de edad. Y el 99 % de empresas ni siquiera se suelen tomar la molestia de indicarle a uno que su currículum ha sido recibido o rechazado.

Pensé en volver de nuevo a la encuadernación, pero me quedé sin herramientas, por una gran cantidad de circunstancias. Estoy a cero, estoy casi-casi en una situación de desesperación. ¿Y de corrección de estilo?, podría preguntarse. Pues, bueno, en estos tiempos nadie está acudiendo a los freelance. Ciertamente no es una buena época para gastar en un corrector de estilo, dado que es un oficio que cubre algo que no es una necesidad vital. ¿Que por qué no mejor estudié Derecho, Medicina o algo que me diera dinero? No lo sé, créame que no lo sé. No podría maldecir mi entusiasmo por las letras. Ni modo, es lo que elegí y este es mi presente.

He creado toda clase de perfiles en las redes y procuro mantenerme actualizado en mi correo con cada oferta laboral que aparece. Lamento no saber inglés, aunque he estado estudiándolo un poco. Eso sí, de forma autodidacta es un proceso más lento, que requiere mucha voluntad y que no da en lo inmediato los frutos esperados.

*** *** ***

No lo completé, según debo admitir. Como usted notará, no posee el cierre típico cliché de ñamfistrofio. Quedó como borrador y nada más. Y no sé, quizá ante el poder de mi situación actual, sentí que tenía algo de irónico publicar esto, cuando en el momento en que lo escribí tenía un poderoso sentimiento de desesperanza. Pero así pasa: y la vida sigue dando vueltas.

4 comentarios en “Volver al ruedo

  1. Hola Edwin, primero que nada ¡felicitaciones por tu nuevo empleo! Espero sinceramente te vaya muy bien, te dejen fijo y sea un ambiente laboral agradable, este último punto para mí es crucial.
    Leyendo tu texto escrito en un momento tan complejo y delicado acude a mí la frase “Dios aprieta pero no ahorca” aunque a veces pareciera que se está al borde del abismo. Eres todo un luchador, tenaz.
    Leer sobre el contexto social de tu país me ayuda a comprender algunas cosas y reafirmar mis ideas de que las multinacionales son satanás, y que buscan instalarse en países donde exploten a sus empleados y ellas paguen poquísimos impuestos mientras a la población se la asfixia, donde el Estado presiona ¡Uy, así no se puede trabajar en este país!. Cuánta exigencia, nos vamos” Hipocresía shalalala hipocresía shalala.
    Los títulos universitarios ayudan a abrir más puertas, pero el conocimiento no se encuentra sólo en las universidades. Ni tampoco son el templo del saber, yo fui a Instituto terciario no universitario y no tiene nada que envidiarle a la universidad. Nos trataban como personas y nos enseñaron a cómo aplicar lo teórico a la práctica y que lo que nos daban eran herramientas básicas, era nuestro deber ampliarlo si teníamos interés en profundizar además de que nos advirtieron de que así sería. Pero el conocimiento está en todas partes, no me refiero al internet aunque es una buena herramienta. Está en la aguda observación de las cosas, en la práctica que te ayuda a mejorar, en los diálogos cotidianos, en las canciones, en las fachadas de las casas, en las publicidades, etc, si tienes curiosidad que tú la tienes de sobra sacarás provecho de todo (que lo haces)
    En fin, que me puse a divagar. Sabes mucho, y deberías estar orgulloso. Tienes amplitud de miras y reflexiones muy certeras , no deberías tirarte tierra encima 😛
    Saludos 🙂

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    1. Que olvidé decirte, si en tus ensoñaciones te ves siendo un editor independiente pues basta conque en tu sueño los editores ganen la mitad del sueldo de un jugador de fútbol de las ligas de Europa (como Messi) y ya está, mira que fácil dejó de ser un empleo de hambre. Si vas a soñar, sueña con todos los detalles XD

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    2. Coremi, gracias por tus palabras. Me conmueven. No sé qué decir. Vivir en nuestros países es de por sí difícil. Quizá hasta parezca obviedad pronunciarse tantas veces sobre tantas cosas. Pero cada experiencia individual cuenta, de una manera u otra. Gracias por cada una de tus observaciones. Y gracias, también, por tus buenos deseos. Saludos.

      P.D.: Olvidé añadir que tu experiencia es algo interesante. Sé que en tu espacio no escribís sobre esos asuntos, así que atesoro mucho que me lo compartás como un comentario.

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