“El huésped”, cuento de Waldo Chávez Velasco

La tormenta fustigaba la espalda de la tierra a latigazos. Los truenos eran gritos de brujas, alaridos de angustia existencial.

Si a esto se agregaba tener que soportar la borrachera de un huésped insolente, habían sobradas razones para estar de malhumor, mientras fregaba los calderos y los platos, en la cocina de la posada.

—¡Más vino! —le oí gritar en el salón que servía de comedor y de taberna.

Destapé otra botella. No creí del caso llevar un nuevo vaso de hojalata.

—Aquí está, caballero —dije sirviéndole—. ¿Queréis que os prepare algo más de comer?
—No. Esa porquería de pollo que me disteis me ha estragado el estómago. ¿Cómo están mis criados?
—Bien instalados en la caballeriza, Vuestra Señoría. Les llevé medio jamón, cuatro hogazas de pan y una botella de vino.

El caballero apuró el vaso hasta el fondo y se sirvió otro.

—Comieron mejor que yo —declaró, limpiándose la boca con la manga de la camisa y eructando.

Sus modales me recordaron el espectáculo desagradable de la cena, cuando descuartizó el ave con las propias manos. Después engulló cada parte, chupando los huesos y arrojándolos al suelo, a pesar de que le había puesto el platón de cobre para las sobras. “La verdadera nobleza es la del alma” y este gañán carecía de ella, por más ropas lujosas que vistiera. Tenían razón los nuevos escritores de Francia, que yo acostumbraba leer a hurtadillas, porque casi todos estaban prohibidos por la Iglesia o por el rey.

Hacía unas tres horas, cuando llegó el carruaje, yo estaba leyendo precisamente a uno de los autores noveles, cuya obra había conseguido suprepticiamente. El caballero, a quien acompañaban el cochero y dos criados, ya venía un poco ebrio. Las cinco botellas que tragó, una tras otra, habrían bastado para dormir a un buey, aunque, a guisa de verdad, merced al agua que yo le introducía antes de trasegarlo, el vinillo no tenía mucho cuerpo.

—Posadero, ¿desde cuándo manejas esta pocilga? —preguntó levantándose de la silla y dando unos pasos vacilantes para desentumecerse.

No tenía necesidad de ser grosero. La posada estaba estratégicamente situada en el camino de París a Versalles y muchos nobles pasaban a cambiar caballos, a tomar alguna colación o a hacer sus necesidades en el retrete de agujero, que siempre mantenía limpio.

—Desde siempre, Vuestra Señoría, es la heredad de mis padres y de mis abuelos.
—Correcto —gruñó—. Los que nacimos hombres así seguiremos y los que nacieron para servir deben continuar sirviendo. ¿No te parece?

¡Iluso! Habría podido citar por lo menos a tres autores que sostenían lo contrario, pero una discusión de esa clase sería peligrosa.

—Como digáis, Señor.

No sabía cómo tratarlo. Los criados se habían negado a darme su nombre y su título nobiliario.

—Solo que tu servicio da asco. Me agradaría que fueras de esos mozalbetes revolucionarios, para hacerte colgar. De este modo en el infierno aprenderías que el vino se acaba pronto.

Entendí la indirecta, porque el recipiente estaba vacío.

—¡Dios me guarde! ¡Perdonadme! —rogué y me retiré a la cocina, llevándome el cadáver de vidrio.

Descorché otra botella y apunté la sexta cruz en el papel de hacer las cuentas.

Cuando retorné a la taberna me sobresalté. El caballero estaba de pie, ojeando un libro que yo había dejado, por descuido, sobre la alacena, cuando acudí a abrirles la puerta. Era El Edipo, de un tal Voltaire. Desde luego, si el caballero sabía que se trataba de un autor prohibido por la Inquisición, yo tendría problemas graves. Con suerte, tomaría la justicia en sus manos y me haría apalear por sus criados. ¡Con suerte! Al maestro de la aldea, por leer el mismo libro, le habían aplicado tormento dos días seguidos y no le cortaron la lengua solo porque el verdugo era su compadre.

—¿Qué es esto? —inquirió.
—Un libro —le contesté.
—¡Ya sé que no es una espada ni un plato, imbécil! Te pregunto qué libro es. ¿Qué dice aquí?

Comencé a sospechar que el caballero era analfabeto. Pero podía estar poniéndome a prueba o tomar mis palabras como una suerte de confesión.

—¿No sabéis leer, Vuestra Señoría? —me atreví a preguntar.
—Nunca he perdido el tiempo en esas tonterías. A los nobles nos basta con lo que nos enseñan nuestros confesores. ¡Vamos, bellaco!, ¿qué libro es este?
—Es la Biblia, Señor —me arriesgué. Como decía el mismo Voltaire: “Bendita sea la ignorancia, cuando no es signo de desfachatez”.

El caballero fue a sentarse, tiró el libro en la mesa y volvió a mirarme con desconfianza.

—¿No será uno de esos libros prohibidos? La Bastilla está llena de violadores de la ley.

Comencé a sudar.

—Claro que no, Vuestra Señoría. Es la Biblia, la palabra de Dios.
—¡Léemela, a ver si es cierto! —ordenó—. Os prevengo que ya la he oído y la sabré reconocer.

Tomé el libro en las manos y me acerqué a la repisa, adonde estaba el candelabro de cuatro velas. Temblaba. Yo había leído la Biblia varias veces, pero en esos momentos no sabía ni siquiera cómo comenzaba. Además, un caballero puede perdonarlo todo, menos que lo insulte en público otro noble o que un plebeyo trate de engañarlo. ¿Cómo empezaba, Dios mío? ¿Cómo empezaba?

Y entonces, desde el fondo del miedo surgió mi propia voz como si se tratara de la de un extraño.

—“Dios dijo haya luz y hubo luz. Dios vio que la luz era buena y la separó de las tinieblas…”.

Y así continué. Cuando iba a iniciar la parte en que Jehová habla a Noé, antes del diluvio, los ronquidos del caballero interrumpieron la lectura imaginaria.

No hubo manera de despertarlo. En los brazos, resoplando por lo que pesaba, lo arrastré al aposento más cercano: uno de los tres que ocupaban los huéspedes. Lo desvestí, lo acosté y lo cubrí con una frazada de terciopelo. En ese momento el caballero vomitó, a arcadas. Echó a perder la ropa de cama y parte de la alfombra. Arreglé el desaguisado lo mejor que pude, sin limpiar del todo para que quedaran pruebas y, al día siguiente, el huésped me pagara los destrozos sin mayores discusiones.

Subí a mi buhardilla y me desplomé sobre el lecho. El cansancio físico y la fatiga mental me adormecieron con rapidez.

Me despertaron, bruscamente, los golpes en la puerta principal. Me asomé a la ventana que daba a la calle. Eran seis o siete guardias del rey, entre los cuales reconocí a un teniente. Les grité que esperaran y me vestí de prisa. Oriné por la ventana que daba al jardín, descendí los escalones y fui a abrirles.

—¡Posadero!, ¿quién ha dormido aquí esta noche? —demandó el oficial, con el tono enérgico de los militares.

Me restregué los ojos y di un vistazo a la taberna. El dormitorio adonde lo llevé estaba abierto de par en par y todo indicaba que el caballero se había marchado, sin saldar la cuenta.

—¡Maldición! —exclamé—. Fue un caballero joven, con tres criados. Bebieron varias docenas de botellas —mentí—. Me arruinó un aposento y se fueron sin pagar.
—¿Tenía un bigotito delgado y el pelo largo, natural, como aplanado alrededor de la cara?
—Exacto, señor oficial. Y una verruga pequeña en la nariz.

Los guardias, mientras tanto, registraban las habitaciones.

—Es él, sin lugar a dudas. ¿Lo conocías de antes, posadero?
—Anoche fue la primera ocasión que lo vi y espero que sea la última, después de que me pague, porque me trató con grosería. ¿Quién es?
—Un fugitivo de la justicia del rey. Hay orden de captura y, ¡pardiez, es tan peligroso que pasará buen tiempo en La Bastilla cuando lo encontremos! Él y sus amigos que lo hayan ayudado a escapar.
—Lo merece, señor oficial, y yo también presentaré denuncia para obtener mi pago. Tenía todo el aspecto de un truhán.

En ese instante uno de los guardias salió de la recámara donde había dormido el maldito caballero.

—¡Ese posadero es un cómplice, mi teniente!

Los otros guardias corrieron a sujetarme de los brazos.

—¿¡Qué locura es esta!? —grité—. Soy otra víctima de ese malhechor y hasta ayer ni siquiera sabía que existiera.
—Aquí está la prueba, mi teniente —y le entregó un libro.

El oficial lo abrió y leyó la primera página.

—Por esto y por haber tratado de engañarnos, por lo menos os cuelgan —declaró.

Me puso el libro frente a los ojos. Aterrorizado leí la dedicatoria, escrita con pluma fina de pavo real.

A mi querido amigo el posadero, de tan buena memoria que se sabe la Biblia y de tan buen gusto que lee mis libros.

16 de marzo de 1717.

François Marie Arouet, Voltaire.

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