El músculo de la escritura

Entre las innecesarias subdivisiones y rivalidades que existen entre creyentes, amantes y estudiosos de la literatura está aquella que resalta esta idea con su respectiva división, que podríamos resumir en esta aparente dicotomía: la primera, que afirma que escribir literatura es una disposición natural; y la segunda, que considera que la literatura es un músculo interno cerebral que se puede ejercitar. Esta rivalidad tiene todas las críticas y bemoles que usted quiera, por supuesto, y en mi caso pertenezco a ese grupo indeterminado de personas que cree en una combinación de ambas cosas.

Pienso en mi caso personal, por ejemplo. Aunque durante unos 16 años he tratado de escribir toda clase de tonterías, persistí, sobre todo, durante unos 5 años con la poesía y unos 12 años con la narrativa. Incluso a veces, en secreto, hago un par de ejercicios, para disfrute íntimo. Y si bien uno anda por ahí autoinvalidándose, hasta que a veces algún amigo, conocido o lector crítico nos da un par de palabras de aliento, también está el caso en que uno reconoce si trae o no para algo. En cambio el género ensayístico tampoco es que se me dé regalado, pero sin duda se me ha dado más fácil que todos los anteriores. Y esto por dar un vistazo a mi caso personal, el de un hombre común y corriente, que se siente aficionado a la escritura.

Ahora quiero pensar en otro ejemplo. Se me ocurre, por fuerza de los años de pesquisas y lecturas, el caso de Borges, un hombre amante y creyente de la pulcritud literaria, un tipo de escritor que ya no existe, porque los escritores que aman tener todo bajo control cada vez son menos… y acá entre nos eso también tiene algo de positivo, aunque no será el tema de la presente ocasión.

Presiento que Borges, en casi todo lo que escribió, tenía la caja de herramientas en su mano y sabía el funcionamiento de cada una de ellas. Y siento que esa disposición a no perder el control se refleja en buena medida en esa percepción que nos deja a los lectores, ese algo victoriano que solo puede resumirse en la limitadísima palabra pudor. ¿Resultado? Borges es conceptual. Y presiento que el muy pillo sabía que entre las implicaciones futuras se encuentra el favor y la venia de la traducción universal, cosa que ocurre menos cuando un escritor triunfa en el estilo de su lengua natural (sea poético, barroco, paródico, etc.), en la literariedad, y en otros aspectos que no sean la creación conceptual.

Y al mismo tiempo (y aquí radica el asunto sorprendente) Borges, con todo y su pudor, tiene algo de chismoso y también de introspectivo. Y esa tendencia anecdótica le permitió cargar a sus cuentos de una peculiar verosimilitud, incluso ante los escenarios más fantásticos e implacables. Y ni qué decir de la fuerza con la que pudo dotar a sus versos.

Pero todavía no me agarre a palos, que ya todos sabemos que Borges era de una persistencia sobrehumana, de una constancia estoica y victoriana rayana en el pundonor, lo que hace inevitable la pregunta a la que tarde o temprano llegará cualquier lector de su obra: ¿por qué no escribió novela, ante tal poder y energía cerebral? Y bueno, aquí está el asunto: muchos creemos que es porque la novela es el género predilecto para perder el control, para permitir que los personajes evolucionen por su cuenta, y es probable que ahí se habrían notado los excesos de Borges, su desmesura de ajedrecista literario: si en una novela los personajes son manejados a la fuerza, la novela pierde todo su candor. Y es muy humano admitir, sin que eso le quite un solo mérito literario, que quizá Borges sabía que ese era uno de sus límites.

Sin embargo, vienen a mi mente entonces los casos de Ray Bradbury (se me ocurren La sirena o Caleidoscopio) o Raymond Carver (con Catedral, por ejemplo), y entonces uno comprende que esto es más grande, y que el músculo interno de la narrativa se puede ejercitar como si se tratara de un fisicoculturista. Es eso o volvemos de nuevo al falso dilema: estos dos casos son de aquellos que traían una genuina e inexplicable predisposición.

Si nos basamos en aquella regla de las 10,000 horas que formuló en su momento Malcolm Gladwell, entonces debería de dedicarme los siguientes 4 o 5 años con tozudez infinita, olvidando las frustraciones de la década anterior, hasta escribir un cuento digno de vencer mis inseguridades.

Y aunque desde mi mente infantil soy capaz de elevar anclas y lanzarme a ese mar, la verdad es que presiento que todo lo que pescaría en esa empresa serían puros alevines. Meditaré en mis razones.

Turgueniev lo dice con una convicción casi escandalosa: «Si el estudio de la fisonomía humana, de la vida de los demás, le interesa más que la expresión de sus propios sentimientos y de sus propias ideas; si le es más agradable pintar justa y exactamente el exterior, no solamente del hombre, sino aun de una cosa corriente, que decir elegante y calurosamente lo que usted siente respecto de esa cosa o de este hombre, esto quiere decir que usted es un escritor objetivo y que puede emprender la tarea de escribir un cuento o una novela». Quizá esa motivación emocional de fondo se convierte en un factor determinante, incluso a costa de la insana persistencia.

De todos modos he de admitir que la tabla rasa pasa por las pequeñas recompensas: si uno ve que el camino se allana y que solo se sigue abriendo brecha sin parar, sin sentir que algún día se llegará a un lado, quizá se pierde el interés, como el niño que abandona el videojuego que no puede resolver. Y debo darme los golpes de pecho: mea culpa. Porque lo cierto es que (parafraseando a Escohotado) solo una mentalidad infantil carece de la suficiente pericia para dedicarse a algo con profundidad. Esto es un doloroso y a la vez delicioso límite personal, que tarde o temprano tendré que enfrentar… y quizá amputar…

Pero para no cerrar con el final negativista de siempre, hay que hacerle caso a Gladwell en algo esencial: si el niño es bueno en dibujo y malo en matemática, no necesita aplicar la regla de las 10,000 horas en matemática: necesita aplicarlas en su habilidad en el dibujo, para ver si puede llegar hasta el infinito y más allá.

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