Sobre una inconmensurabilidad personal

Como me he quedado sin tema para escribir, solo dejaré que el teclado me guíe, para no sentirme tan mal con mi estadía en el odioso limbo. Como siempre, hecha la advertencia anticipada, para que usted, mi adorado e implacable lector, no pierda su valioso tiempo en este ejercicio de intensidad sentimentaloide personal.

De vez en cuando hay que aplicar mal las reglas del epicúreo carpe diem.

La intensidad es un pecado que jamás terminaré de expiar. Lo sé incluso después de casi 7 años de un voluntario ostracismo emocional. Esa facilidad con la que me enamoro de la gente es algo que pensé que superaría en algún momento de mi vida, pero ahora sé, con certeza absoluta, que es algo que forma parte de mi personalidad. Qué bueno que nunca fui docente: la carga subjetiva habría superado mi deber kantiano de la carga objetiva. Y eso es nocivo para la auténtica enseñanza.

Ni los años de estudio de la condición humana, ni el conocimiento histórico de las guerras, las injusticias y las atrocidades de las que somos capaces, me han impedido hacerle un huequito a una persona nueva y desconocida, cuando se me antoja almacernarla en mis recuerdos, incluso ante la sensatez de aparentar en el exterior un sano desinterés general.

A veces he sentido alivio cuando una persona termina por alejarse, porque siento que es lo mejor: es como si mi propio miedo, desde distintas dimensiones, hablara para dictaminarme que de todos modos quizá esa persona y yo no nos merecíamos mutuamente. Y que «es mejor así», que la amistad quede como quede, en ese extraño standby.

En ese sentido, muy secretamente, mi personaje preferido de Cien años de soledad siempre fue Amaranta (aunque escribirlo aquí me deja ese extraño déjà vu que me indica que esta confesión la hice quizá hace años, en este mismo espacio), cuya frase del Gabo tengo subrayada con un marcador especial, en mi edición de la novela: «…comprendió con una lastimosa clarividencia que las injustas torturas a que había sometido a Pietro Crespi no eran dictadas por una voluntad de venganza, como todo el mundo creía, ni el lento martirio con que frustró la vida del coronel Gerineldo Márquez había sido determinado por la mala hiel de su amargura, como todo el mundo creía, sino que ambas acciones habían sido una lucha a muerte entre un amor sin medidas y una cobardía invencible, y había triunfado finalmente el miedo irracional que Amaranta le tuvo siempre a su propio y atormentado corazón». Menos mal no he sido tan drástico en mi vida, porque de ser así no habría vivido algunas relaciones memorables, de las cuales al menos me queda un grato recuerdo.

Creí que la desmesura era una etapa adolescente, y heme aquí, amando en modo subjuntivo, en mi condición de ermitaño. ¿Y por qué no salir al mundo para prodigar ese amor? No lo sé: quizá quiero seguir ajustando cuentas con mi yo, hasta encontrar una respuesta más satisfactoria.

Viene a mi mente uno de mis poemas favoritos del escritor salvadoreño David Escobar Galindo, cuyo libro Extraño mundo del amanecer también formó parte de mi educación sentimental.

TODA LA GENTE

 Qué fresco es el sonido 
 de esta palabra: gente.

 Huele a mundo y a flores y a raíces, 
 a la apretada entraña del bien y de la sombra.

 Ese señor que apenas se fija en los demás,
 esa joven mujer que es un intenso nudo de perfume,
 y ese niño, ese padre, ese amor a los muertos,
 qué milagros de vida, qué fuegos espontáneos,
 pues las cosas más firmes aquí se encuentran: en el desafío.

 Estamos solos, sí, pero cuán reunidos
 en una sola ruta de vuelta a los orígenes:
 donde el hambre y la tierra eran la gran matriz
 de las adoraciones y de los pensamientos.

 Y qué consolador es el sonido 
 de esta palabra: gente.

 Millones de cercanos semejantes.
 Millones y millones
 de brazos y sonrisas. De cuerpos
 y de espíritus. De diferencias y necesidades.

 El aire es bello y fértil, como la vida,
 como la juventud del universo.
 Pero es más bello y fértil
 el olor, el calor de esta palabra: gente.
 
Gente, humanos, amigos,
 hijos de Dios,
 inolvidables lámparas del tiempo.

Y bueno, qué más da, en este mundo de amores contrariados, como tambien escribió el Gabo. En este mundo postpandemia habrá que conformarse, agradecer y apreciar el buen gesto que se nos brinde y de la forma en que nos venga: el abrazo, el beso, la sonrisa, el cariño sincero e imprescindible. Y aunque me gustaría prometerme que el año que viene abandonaré mi cueva para salir a conocer nuevas personas, prefiero creer en la certeza del cultivo personal, en tratar de acrecentar y madurar mi dantian emocional, como dirían los chinos.

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