“Una luna para el niño del pesebre”, cuento de Floritchica Valladares Fischnaler

Cuando trataba de mirar hacia adelante, todo se hacía confuso: no volvería a la escuela; pero extraño: esto, en vez de alegrarlo, le daba algo que no sabía qué era… A la ciudad tampoco iría. Pero quedaba la quebrada que era tan tibia a esa hora. Allí se sentía dueño y guardador de ese pedazo de valle y de montaña, y del río que cantaba libremente…

—¿Y por qué dejar todo esto que tenían? ¿Qué iba a venir después?

Todo se hacía entonces confuso, borroso. Y a pesar de que sus padres hablaban y discutían a menudo de todo eso, él aún no lograba entenderlo. Desde hacía varios meses venía oyendo frases que se amontonaban:

La Ley Agraria hondureña… tierra solo de los nacionales… y por eso, tenemos que irnos…

—¡Aguantemos un poco más! Si no aguantamos, ¿qué va a ser de nosotros?

Un silencio cargado de quién sabe qué miedos y un encogerse de hombros del padre era toda la respuesta. La madre se aferraba a la idea de que podían quedarse.

El niño se acurrucaba en el rincón, junto al perro, y sentía un nudo en la garganta, como si él tuviera la culpa.

La madre insistía:

—Tenemos que aguantar. —A la flor de la mirada había un reproche o un miedo.

Los ojos del padre tenían toda la fuerza de la tierra que querían arrebatarles.

—Nos harán reventar y se saldrán con la suya… Y entonces, ¿qué camino nos queda?

El puño cerrado del padre caía impotente sobre la tabla de la mesa y la madre lloraba.

Desde el rincón el niño miraba el plato de sopa que se enfriaba en tanto que su madre, todavía llorando, lo llamaba. Desde entonces comía de prisa, y le dolía el estómado, y después ya no comía más. Pero ya nadie le decía nada, como antes, por dejar el plato lleno…

Entonces huía con el perro que también estaba triste como si presintiera algo. Y en la quebrada tibia, con los pies hundiéndose en el agua, como peces moviéndose extrañamente, seguían enlazándose las frases en la memoria del niño:

—“Toda la tierra es de ellos. No quieren compartirla”.
—Pero nosotros —decía el padre— llegamos a estos bosques hace muchos años, cuando no había nada. Nos abrimos paso entre los árboles, y los derribamos con alegría.
—Parimos nuestros hijos por entre los árboles todavía tupidos. Éramos pocas familias al principio…
—Al fin hallamos agua, y por fin la tierra pudo producir, florecer.
—Entonces nadie quería las malezas inútiles ni la tierra estéril.

El padre se miraba las manos callosas que contaban, en cada línea, un camino de días duros…

La madre se agarraba terca:

—Pero nadie nos puede sacar de aquí. En esta tierra nacieron nuestros hijos… ¿y qué vamos a hacer con las sementeras?

Y parecía aferrarse a ese pedazo de tierra que alzaba las milpas alegres, en medio del valle y de la montaña.

El niño seguía pensando, con los pies hundidos en la quebrada tibia, y el perro echado a un lado… y un pequeño nudo de miedo le obligaba a tragar con las mandíbulas apretadas.

*** *** ***

Fue entonces cuando llegaron los hombres armados con machetes. Al niño le temblaban las rodillas. Y luego: fue todo tan terrible, que el niño no quería recordar.

La madre tomó al niño y el perro se hizo un nudo con ellos, mientras los hombres amenazaban con los machetes filudos y gritaban. El padre tomó a la mujer de la mano y al niño con la otra. El perro los siguió por instinto. Y entonces huyeron, huyeron despavoridos como las liebres que el niño asustaba con su perro por divertirse. Caminaron mucho, demasiado. Tanto, que pasaron las noches sobre el oscuro camino. No había estrellas.

Y otra noche más. Hasta que al fin encontraron el derruido pesebre. Detrás de aquella tabla podrida, al fin pudieron descansar. El niño se apretó al perro y miró el rostro fatigado de la madre.

Y vio al padre, en silencio, cabizbajo. No tenía a dónde dar golpes con el puño cerrado, ni podía dar puñetazos en el rostro de alguien…

Buscó unos trozos de madera para hacer un poco de fuego, acaso por hacer algo. La madre halló una vieja olla y la llenó de agua que había traído, y le echó algo que también traía y la arrimó al fuego.

Un rato después empujaron suavemente la puerta. La luz dio sobre el rostro de los tres hombres que avanzaron, echando a un lado la tabla podrida. Venían vestidos de viejas chaquetas y parecía que habían viajado mucho. El padre se puso de pie, pero el gesto de los hombres era de paz, de apretada humanidad, de amor.

—Hemos venido —dijeron.
—Traemos esto —volvieron a decir.
—Y también para el niño —en voz tan baja que parecía en secreto, cuando tendieron al niño un pequeño objeto.

Uno de ellos se acercó más al niño mientras el perro alzaba las orejas. El hombre tenía las pupilas húmedas de ternura cuando dijo:

—He tallado este pequeño juguete. Bien puede ser una mula o un buey.

Y tendió el animal tallado con sus manos al niño, y le temblaron un poco las manos…

—¿Han pasado mucho miedo, verdad? —dijo el hombre.

Y se veían los rostros oscuros de los tres hombres, como si fueran…

—Los tres reyes magos —pensó el niño.
—Hemos pasado mucho miedo —dijo el padre.
—Sí —dijeron los hombres inclinándose—. Lo sabemos.
—Extraño —dijo la madre—. Es Navidad. Y estamos aquí, en un pesebre, en medio del camino que no se sabe adónde va.

Y los tres hombres afirmaron con la cabeza:

—Sí. Esta noche es Navidad. Por eso hemos venido de muy lejos.
—Pero ¿quiénes son ustedes? —dijo el padre.
—Nosotros somos el pueblo. Y el pueblo siempre debe ayudarse.
—¿Nada más? —dijo la madre.
—Sí —dijeron los hombres. Y al niño le volvió a parecer que eran los tres reyes magos. Y se atrevió a decirles, porque ellos le habían dado confianza:
—¿Son ustedes talladores de madera?
—Sí —dijeron ellos.
—¿Y tallan niños dioses?
—Podríamos hacerlo —contestaron suavemente—. Te traeremos un niño Dios y también un buey. Ahora guarda la mula. ¿Se parece a una mula, verdad?
—¡Oh!, sí. Es muy bonita. ¿Y puedes tallarme también una estrella?
—En cada corazón —dijo uno de ellos— siempre debe brillar una estrella.
—¿La traes tú? —preguntó el niño.
—Sí. Y de pronto, casi sin pisar el suelo, desaparecieron.
—Son unos santos raros —dijo el niño.

Pero la madre ya no oía nada.

—¿Ahora qué nos espera? ¿Por qué no les hablaste a esos hombres? Acaso podían ayudarnos.
—Mañana seguiremos —afirmó el padre—. Esta noche es Navidad, y podemos descansar aquí a salvo.
—Pero ¿y esos hombres?

Y un rayo, como un nimbo, cayó sobre la cabeza del niño, iluminándolo. Un extraño cuadro con el perro y el pequeño juguete tallado, entre las manos, muy apretadas.

—Se ha dormido —dijo la madre.
—Mañana, de nuevo, nos espera el camino. Y quizá alcancemos la frontera. Muchos han pasado durante muchos meses, miles, miles y miles.
—¿Y por qué nos persiguen? —sollozó la mujer—. ¿Qué les hemos hecho?

Y parecía que toda la injusticia del mundo caía como una mancha, o como una sombra sobre sus ojos enrojecidos.

—No temas —dijo él, tranquilizándola—. Estamos juntos. Y la atrajo hacia sí, y sintió cómo se agitaba como una pequeña alondra.
—Nos iremos pronto y allá estaremos a salvo. Detrás de esa línea erizada está nuestra tierra. Y allá nos esperan.
—¿Y podremos trabajar allá?
—Buscaremos un pedazo de tierra y aunque esté seca y estéril, la haremos producir y será nuestra.
—¿Y de veras será nuestra? —dijo ella con inquietud.

El niño dormía con el juguete entre las manos, y acaso soñaba en la tibia quebrada donde los pies hundidos parecían peces extraños, con el valle y la montaña. Y con aquella cueva donde solía esconderse con el perro. Acaso soñaba que estaban todos a salvo, y nadie podría encontrarlos nunca.

Y tenía apretada la mula entre las manos, mientras sonreía dulcemente, como si dentro de él, en su pecho, se agitara una pequeña estrella.

Y acaso soñara con los reyes magos y con la estrella, que le habían prometido, mientras la luna iluminaba extrañamente el pesebre donde dormían el padre, la madre, el niño y el perro.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .