Un lugar para la memoria: los nuestros y las inquietudes del porvenir

Partamos de una generalización, mezclada con una reducción, en aras de buscar la simplicidad: ocurre con lo que producimos que lo lanzamos al aire y esperamos a que de algún modo funcione. Pondré de ejemplo mi blog. Cada domingo me siento a escribir y pongo en una balanza mis ideas. Escribo sobre algo que considero pertinente, procuro tomarlo como una responsabilidad personal (a veces laxa y otras veces muy intensa), publico y lo arreglo como una carta dentro de una botella que será llevada a la deriva, en este inmenso mar de la red.

Nunca me ha ocurrido (pero podría pasar) que dicho escrito cause algún revuelo, o podría pasar que solo lo lean 5 o 10 personas. Lo bueno de que sea en una plataforma como WordPress es que gracias a las estadísticas puedo saber si efectivamente me leyó una persona o diez.

Y de hecho me ha pasado escribir algo que yo creo “bueno” o “interesante” (a veces son escritos a los que les dediqué un par de semanas de mi tiempo), y al final la estadística indica el número cero (sí, leyó bien: CERO visitas). O por el contrario, quizá solo escribí algo “random”, sin mucho esfuerzo, y para mi sorpresa llegó a unos 25 lectores, al menos según las estadísticas. La única constante que puedo deducir al respecto es un “NO SÉ”. No hay nada garantizado. Hoy fue una persona, el otro domingo serán cinco. Nunca se sabe. Y estoy totalmente seguro de que con un libro debe ser un asunto todavía más azaroso e impredecible.

Volviendo al ejemplo del blog, sumemos a todo lo anterior mencionado las probabilidades en contra. Si no es famoso, si no publicita su blog en otras redes, o si no se pone a realizar un cansino spam entre los amigos, ¿quién puede venir de la nada a leerlo? Por eso comparo este asunto con una botella lanzada al mar.

Ahora pongamos toda esa perspectiva en el destino de un libro. Ya sabemos que en nuestros países la gente casi no lee. Y cuando lee suele hacer caso, sobre todo, a las grandes recomendaciones (lo que Borges llamaba el lector supersticioso). Y si los lee, procura hacerlo de manera que no tenga que gastar, o que en todo caso se logre realizar el gasto mínimo. De todos modos, en nuestros países nuestra gente no tiene para darse unos lujos personales de su respectiva preferencia, y si de casualidad tiene para gastar, no suele hacerlo en un libro. ¿Cómo hacen entonces nuestros escritores para sobrevivir? Sé que la respuesta acudió de inmediato a sus labios: trabajando de cualquier cosa, naturalmente.

Llámeme dramático y exagerado, pero a mí me conmueve el espíritu, me aumenta el entusiasmo, y me encanta cuando se ha dado la lejana casualidad de conocer un escritor salvadoreño y que con orgullo se presente como tal. No me malinterprete. Nadie se ha presentado directamente conmigo con algo así como: “¡Hola!, soy escritor salvadoreño”. Pero me ha pasado (en pocas oportunidades, eso sí, dado que no pertenezco a muchos círculos sociales, y mucho menos a los círculos literarios), que alguien se presente conmigo como escritor o escritora. Quizá porque tengo interés desmesurado en esto, o no sé, pero en lo personal me siento contento cuando un escritor se presenta como tal.

Que si un escritor es aquel que ya ha publicado como mínimo un libro, o si un escritor es aquel que ha sido validado por una comunidad o por la crítica, es una discusión con la que podríamos extendernos hasta elaborar una enciclopedia. Sé que entiende mi punto. Aquí entra en juego una dignidad básica de nuestros escritores, aunque pertenezcan a un país del último mundo, donde el oficio se encuentra poco valorado y dignificado.

Es decir, hay personas que tienen claro desprecio por la labor artística local. Comparan con lo que se hace allá afuera, o con los grandes logros de la literatura mundial o el arte histórico ahora consagrado, en una suerte de malinchismo esnobista. Muy pocos se ponen a pensar que con las escasas condiciones materiales y espirituales hay quienes de los nuestros deciden producir, y más de las veces que imaginamos crean un trabajo memorable, lleno de ilusiones y entusiasmo, algo por lo menos digno de admirar, en distintas dimensiones que se prestan a discusión.

Sé que en el arte no hay nadie mejor o peor, en un sentido llanamente matemático, pero convengamos en que hay cierto nivel de estándar y cuidado que hace que el resultado de un gran trabajo se considere arte. Déjeme comparar.

Digamos que yo quiero escribir un cuento a lo Edgar Allan Poe, sin plagiarle ni uno solo de sus temas. ¿Se imagina tremenda empresa? O para ser más explicativo, digamos que a usted le entregaron todo el material necesario para ser capaz de realizar una réplica de La Gioconda. Alguien que sea totalmente experto en la técnica de la pintura, ¿cuánto cree que tardará en lograr un resultado que gane el elogio de la crítica?

Cuando hay un sentido de responsabilidad artística, no se pinta solo por pintar, ni se escribe solo por escribir, ni se compone solo por hacer sonar un instrumento, y ya no digamos las artes escénicas, que son el resultado de una labor colectiva. En el momento en el que usted se sienta a ver su película favorita, ¿cuánto esfuerzo cree que hay detrás de ella? Incluso en esa comedia que a usted le pareció mediocre y que solo ve para entretenerse. ¿Sabe cuánto esfuerzo hizo el guionista, la producción, postproducción, para que luego pasara por todo un proceso y que al final usted pueda gozar un rato olvidándose de la apacible cotidianidad?

En el arte están los sueños, las voluntades, los esfuerzos y a veces hasta las lágrimas de muchos. Sé que ya lo sabe. El arte es una metáfora para la sórdida incertidumbre de la humanidad.

No es por hacer una simple apología de un gremio o tratar de quedar bien con un sector, pero en un país donde históricamente se asesina al intelectual, se le exilia o se le condena al ostracismo, ser escritor es por definición una de las labores más infravaloradas en el quehacer del conocimiento, muy por debajo de otras profesiones y oficios artísticos, ya no digamos académicos y científicos.

Y como dije antes, estoy tratando de no ser dramático. Si algún día alguien se anima a escribir una Historia salvadoreña de la infamia, espero que no olvide la ingente cantidad de escritores exiliados, los asesinados, los desaparecidos y los censurados por sus respectivos gobiernos de turno. El Salvador es el país en el que una entidad gubernamental, en los años sesenta, perdió un archivo equivalente a 30 tomos, por negligencia en su custodia, de nada más y nada menos que todo un acervo documental único, sin copia, de quien llamamos el padre de la literatura salvadoreña: Francisco Gavidia. Si eso pasó con el acervo Gavidia, ¿qué más podemos esperar? Es el mismo país que perdió una invaluable colección audiovisual, con entrevistas de escritores salvadoreños. Es el mismo país que vio morir en la miseria a Salarrué o que no hizo nada en una campaña para ayudar a Miguel Ángel Espino, cuando se enfermó gravemente. Y así me podría extender de forma innecesaria.

Usted dirá: “¿Y este a qué viene con todas estas locuras de hace un millón de años?”. Deje eso de lado: mencioné ejemplos de escritores salvadoreños célebres y canónicos. Si hiciera una lista de escritores salvadoreños desconocidos y menos valorados, más contemporáneos y más cercanos a nuestro presente, sería la de nunca acabar. Eso de “no hay apoyo” adquiere de pronto una dimensión sombría.

Y lo sé, no es solo en la escritura o en el arte en general. Sé que vivimos en un país en el que siempre la emergencia es otra y que parece ser que siempre hay dinero para otra cosa, menos para lo que nuestra gente quiere cultivar, conocer o explorar.

De repente se comprende, cuando en el vistazo histórico y general vemos que algunos de nuestros compatriotas deciden irse: sienten que incluso la hostilidad de allá afuera es más fácil de sobrellevar que lo que se ofrece aquí. Es el país del que literalmente la gente se va caminando. Y sin embargo los nietos del jaguar aún estamos aquí.

El personaje Edgardo Vega, en El asco, afirma que nuestra sociedad está peleada con el conocimiento, con toda forma de sensibilidad (sí, sí, lo estoy parafraseando… perdóneme la vida). El personaje Vega parodia un cierto tipo de estereotipo salvadoreño (poco confrontado, por cierto), por lo que sabemos que su intención apunta hacia otro lado. Porque seamos claros: usted y yo sabemos que eso no es cierto. Yo mismo, por experiencia personal, junto con otros compañeros, estando en bachillerato quedamos impresionados cuando un poeta se presentó en un día X y nos leyó sus poemas. Algún tipo de sensibilidad despertó tal vez no en todos, pero sí en algunos de nosotros. Nosotros: estudiantes entonces de un modesto instituto nacional, sin mayores pretensiones que las ilusiones básicas propias de esa edad y condición económica y social. Y así conozco muchísimos otros caso y sé que usted también.

Pensamos con regularidad que solo en nuestros países suele considerarse la labor artística como oficio para vagos, en un territorio donde la emergencia siempre es otra, pero nunca el cultivo individual y la socialización de ideas que cambien nuestros paradigmas culturales. Algo de cierto hay en ello, y no ayuda mucho el perfil que se han labrado todos aquellos artistas que han vivido una perenne etapa dionisíaca, sin pretender hacer de brújula moral en este contexto, ya que no es mi intención. Pero no es la verdad absoluta, no es la generalidad y no por eso es una verdad inexorable: el trabajo artístico o literario, cuando existe y hay esfuerzo y voluntad en él, es otra cosa, otros veinticinco pesos, por utilizar una expresión popular.

De todos modos, para cerrar por fin este tema innecesariamente alargado, hay que acotar que cuando aquí se hace algo, se hace porque hay voluntad política en ello, y no me refiero a voluntad política estatal. Lo que se hace aquí es voluntad de nuestra misma gente, del deseo de crear algo para socializar entre nosotros mismos, aunque solo unos cuantos presten la vista o el oído. Es nuestro intrínseco deseo de hacer crecer nuestra cultura, aunque siga existiendo un círculo de gente que cree lo contrario y que nos sigue viendo como una masa sin criterio.

Por algún motivo azaroso o misterioso, todavía hay muchos que quieren hacer algo, que quieren ver todo diferente. Ojalá que no esté lejano el día en que todos estos soñadores se unan y creen un movimiento particular, dispuesto a todo, por el porvenir cultural de nuestra gente.

6 comentarios en “Un lugar para la memoria: los nuestros y las inquietudes del porvenir

  1. Hola Edwin, muy interesante reflexión. Te diré que a mí me pasa que leo muy poco de literatura de mi país…me cuesta, pero el campo infantil/juvenil lo he leído y explorado bastante y me encanta. Pero con la literatura para adultos…me cuesta.
    Espero ponerle remedio, y eso que aquí si se hace promoción de los escritores/as y están las ferias del libro pero siempre está como que “lo extranjero es mejor” (novelas de autores ingleses y estadounidenses) y no digo que no sean buenas pero como que no apreciamos tanto lo nuestro.
    De todos modos te diré, que siendo de un entorno rural todo eso de las Ferias del libro es algo que está muy lejano asique hay autores que ni conocemos porque a la Biblioteca del pueblo llegan los bestsellers: novelas románticas con tintes históricos o los libros de cierto psicólogo que escribe las historias de sus pacientes, cambiando el nombre para proteger su privacidad. Asique se hace difícil encontrar algo bueno, si es que a veces conocen más escritores quienes son de los países limítrofes XD
    Ojalá las cosas en el Salvador cambien, pero no olvides que el boca a boca por más arcaico que sea es el método infalible…paso a paso se hace un hueco, porque las redes sociales están tiranizadas por las grandes editoriales (monopolio)
    Saludos 🙂

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    1. Justamente es muy complicado competir contra toda la maquinaria mediática con la que cuentan las grandes recomendaciones de las grandes editoriales. Y es muy interesante, entonces, tal cual el caso de tu país. Es decir, con todo y el apoyo, y a veces la gente se decanta por lo extranjero. Con toda seguridad es un fenómeno que merece una observación mucho más aguda, que lo que uno puede ofrecer en estos espacios. De todos modos, me encanta tu perspectiva, porque es algo que no había contemplado y siento que complementa lo que de alguna manera traté de exponer. Gracias por tus palabras.

      P.D.: Poco a poco me está absorbiendo mi trabajo, impidiénome venir a escribir cuando quiera. Es una cosa terrible, pero ni modo, porque hay que comer y de algo hay que vivir 😦

      Pero no pierdo la esperanza en que todo llegará a su punto de equilibrio. Saludos 🙂

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      1. Seguro que podrás equilibrar el blog y el trabajo, cuesta pero con el tiempo podrás. Quizás tengas meses que escribas mucho y otros tantos que ni asomes por aquí hasta que te organices (como dice mi madre jaja) Saludos 🙂

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