“Del infierno o del cielo”, cuento de Mario Hernández Aguirre

En Verbel, diminuta ciudad llena de ruinas que se levanta con su curiosa arquitectura a orillas del Infipar, vivía un hombre en un viejo caserón, construido sobre la ladera que domina el camino. Como todo el resto de los vecinos, era un hombre absolutamente normal: cumplidor de sus deberes, observador de las jerarquías, y, tal vez, un poco misántropo. Silencioso.

Durante el verano, cuando las aguas del río corren más límpidas y el sol dora los sembrados, murió Dionisia. La mujer que amaba.

Se le vio entonces abandonarse a largos paseos a la orilla del río. Le precedía su hermoso perro blanco que, moviendo la cola, lo esperaba a la sombra de los árboles.

Los campesinos se acostumbraron a encontrarlo a las más altas horas de la noche, con una oscura y delgada capa protegiéndose de los vientos invernales; y para todos los caminantes nocturnos no era ninguna sorpresa contemplar la ventana iluminada en la cima de la cresta que domina el paisaje.

Al volver el verano, bajó al río, siempre acompañado de su perro, y habló al agua, al viento, al cielo y al infierno, reclamando un instante con su bienamada.

Escuchó la sonrisa del río, que en esa época corre límpido y cristalino, y también a una alondra que cantó en los árboles cercanos.

Entonces la vio. Pasó su mano temblorosa sobre aquella hermosa cabellera oscura que tanto había amado, y, sumergiendo sus ojos en los ojos de ella, quedó embelesado por el canto de la alondra. Cuando el canto cesó, sintió las manos cansadas y un viento frío que venía del bosque.

Regresó, y todo en el pueblo había cambiado: las gentes, las casas, las calles, las torres. Se acercó al jardín de la iglesia en donde crecía la hierba y el musgo. En una plancha de mármol, ya astillada y rodeada de espinos, contempló la escultura de Dionisia representando a Eva. En la mano derecha apoyada la cabeza, y con la otra tenía la manzana. En la mejilla izquierda, se deslizaba una lágrima.

Sintió que había pasado mil años entre su salida hacía el río y el regreso. De golpe se convirtió, entonces, en un montón de cenizas que quedaron frente al mármol y los espinos.

El perro blanco salió del jardín moviendo la cola, y mirando hacia las nubes azules que pasaban encima de los árboles.

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