“La mujer del duende”, cuento de Eugenio Martínez Orantes

Nadie quiere cortar el café que está cerca de La Lomita, patrón —informó el mayordomo muy preocupado.

—¿Por qué? —interrogó don Manuel con seriedad.
—porque la Chayo tiene su rancho de ese lado.
—¿Y eso qué? Vive ahí desde que nació, si no me equivoco.
—Pero antes vivía con su nana…
—¿Y qué tiene que la nana se haya muerto? —preguntó malhumorado el cafetalero.
—Pues… –vaciló el campesino— que cuando vivía la nana era de otro modo… y la Chayo era una cipota…
—Ya sé que ha crecido. Todos crecemos.
—Pues sí… la Chayo creció… y ahora es mujer… y mujer del duende…

Don Manuel arrugó en entrecejo. Esperó que pasara la ola del enojo, sonrió con incredulidad y preguntó con calma:

—¿Cómo está eso? Contame.

El mayordomo tragó saliva y con esfuerzo, inició su relato:

—Cuando murió la nana de la Chayo, ella se quedó sola en el rancho…
—Y sigue viviendo sola.
—No, patrón. Eso es lo que uno cre… Pero tiene como cuatro meses de vivir con el duende… todos lo saben…

Don Manuel se puso serio y encendió un cigarrillo.

—¿Y cómo es el duende? —interrogó lanzando una bocanada de humo.
—Nadie lo ha visto, patrón… Nadie lo puede ver… No es de carne…
—¿Y de qué es?
—Nadie sabe… De aigre, tal vez…
—¿Y cómo saben que vive con la Chayo?
–¡Ah!, porque ella lo dice… y porque cuando alguno se acerca por el rancho de La Lomita, lo agarran a pedradas.
—¡Achís! —exclamó don Manuel soltando una carcajada.
—No se ría patrón, si es verdá —dijo el mayordomo muy serio—. Al que se acerca por ahí lo apedreyan.
—No hay duda de que el duende no es baboso —comentó el cafetalero, sonriendo—. No quiere quedarse sin mujer. Además, tiene buen gusto, porque la Chayo es bonita.
—Asina es, patrón. A todos nos gusta… Pero el duende no la deja sola…

Don Manuel se puso serio y ordenó:

—Bueno, decile a la gente que se deje de babosadas y corte el café.
—Es demás, patrón. Tienen miedo —afirmó seguro el campesino.

El cafetalero se quedó pensativo, luego preguntó:

—¿Y a qué horas tiran piedras, vos?
—A cualquier hora. Todo es que se le antoje al duende.
—Bueno, buscá tres mozos, y que me ensillen mi yegua. Vamos ir a ver a la Chayo.
—¿Yo también, patroncito? —preguntó el mayordomo, nervioso.
—Vos también.

La tarde era hermosa y soplaba una brisa agradable. El cielo estaba intensamente azul.

La cabalgata presidida por don Manuel se detuvo al rancho de Chayo.

Solo el patrón bajó de su bestia. Los cuatro acompañantes no se movieron. Temerosos, esperaban que de un momento a otro llovieran las piedras sobre ellos. Chayo estaba frente a la cocina, hirviendo frijoles. Pero al ver que el cafetalero iba hacia ella, salió a su encuentro.

Don Manuel la vio acercarse con su andar rítmico, atractivo.

—¿Cómo has estado, Chayo? —la saludó cuando estuvieron frente a frente.
—Tardes le dé Dios, patrón —respondió ella con una gracia extraña—. ¿Qué lo trae por aquí?
—Pasaba cerca y me dieron ganas de saludarte.
—Dios se lo pague —respondió la muchacha con coquetería, mientras don Manuel la examinaba de pies a cabeza.

En verdad, Chayo era un magnifico ejemplar de mujer campesina. Tenía las pantorillas gruesas y bien torneadas. Bajo el vestido de percal se delataban la dureza de los muslos y la redondez de los senos. En el marco de la cara angulosa se destacaban, brillantes, los ojos achinados y los labios gruesos y rojos.

“No hay duda —pensó el patrón—. El duende tiene buen gusto. Está chula la cipota. Bien arreglada y con zapatos se ha de ver linda”.

La muchacha, ante la insistencia de las miradas de don Manuel, bajó los ojos entre satisfecha y apenada.

—¿Verdá que no tenés marido? —preguntó el cafetalero.

Ella se puso colorada; apretó con una mano los dedos de la otra, detrás de su cuerpo y con la cabeza agachada, contestó:

—Cómo no, patroncito.
—¿Quién es, que nadie lo conoce?

La chayo balanceó los hombros y sonrió con picardía:

—El duende, patrón.

Don Manuel guardó silencio, confundido ante la seguridad de la respuesta de Chayo. Tras una pausa interrogó:

—¿Y cómo es el duende, vos?
—¡Ah!, es más alto que yo, de bigote y fuerte…
—¿Y por qué nadie lo ha visto?

Chayo rio nerviosa y afirmó:

—Porque solo yo lo puedo ver.

El rostro del hombre se puso serio. No comprendía qué era aquel cuento. Luego preguntó:

—¿Y es verdad que el duende apedrea a quien se acerca por aquí?
—Es verdad, patrón —aseguró la joven, sonriendo con toda la amplitud de su boca–. Es que es muy celoso…
—Tiene razón. Estás muy chula —dijo él—. Si yo fuera el duende, haría lo mismo.

Ella rio nerviosa, feliz y brevemente.

No había terminado de reír, cuando don Manuel le rodeó la cintura con el brazo izquierdo, apretándola contra su pecho. Al mismo tiempo, con la mano derecha, sacó su revólver y apuntó hacia sus cuatro hombres, diciendioles:

—Al que se mueva, me lo echo.

Los campesinos lo miraron asustados. Ahora ya no solo temían a las piedras del duende, sino a las balas del patrón.

Don Manuel siguió abrazado a Chayo y, ante el asombro de todos, la besó en la boca, sin que sucediera absolutamente nada.

Los hombres estaban confundidos: o el duende tenía miedo o no andaba por el lugar.

El cafetalero, sin soltar a la muchacha, caminó hacia su bestia.

—¿Pa’ónde me lleva? —preguntó ella, angustiada.
—Para la casa de la hacienda —contestó él, riendo socarronamente—. Vas a pasar ocho días conmigo, y a ver qué hace el duende.

En vano Chayo suplicó, lloró y forcejeó para liberarse del fuerte brazo de don Manuel, quien la obligó a subir a la cabalgadura.

Él sentó detrás de ella, la apretó contra su pecho y tomó la rienda con la mano izquierda, llevando siempre la pistola en la derecha. Entonces ordenó a sus hombres:

—Váyanse ustedes adelante.
—Ta bueno, patrón –respondieron en coro, iniciando el regreso.

El cafetalero los siguió de cerca.

—No me lleve, patroncito —suplicaba la muchacha, tratando de sotarse–, el duende se va a enojar con usté y con yo.
—Déjalo que se enoje —rio don Manuel—. Y vos no llorés: no te va a pasar nada.

A los ocho días, la joven regresaba muy contenta a su rancho. Aunque encerrada en la casa de la hacienda, había pasado muy bien. El patrón no solo la trató con delicadeza, sino que, antes de dejarla ir, le había regalado treinta colones.

Pero, no obstante que el duende no había hecho nada por salvarla de don Manuel, a medida que se acercaba a La Lomita, iba sintiendo miedo de su cólera.

Chayo estaba preparando el almuerzo cuando llegó Toño, uno de los carreteros de la hacienda. Bajo el bigote, la cólera le torcía la boca.

—¿Dónde has estado? —preguntó con aspereza, plantándose frente a ella.

La muchacha se puso nerviosa, pero tras una pausa respondió altanera:

—En la casa del patrón. ¿Vas a decir que no sabías?
—Pues sí —contestó él, bajando los ojos avergonzado. Luego, sobreponiéndose, reclamó—: ¿Por qué te juiste con él?
—Porque me llevó a la juerza —se disculpó Chayo.

Toño no dijo nada, pero la miró en forma acusadora. Ella, molesta, le preguntó:

—Y vos, ¿por qué no hiciste nada pa’ que don Manuel no me llevara?

El hombre, muy serio, guardó silencio. Tras una pausa, se defendió:

—¿Qué soy baboso?… ¿Querías que me agarrara a balazos?
—Entonces, ¿qué reclamás?

El carretero se mordió el labio inferior y se puso a sobarse las puntas del bigote, pensativo. Hizo el intento de hablar, pero solo movió los brazos. Luego se sentó en una banca de madera y, con la quijada en la palma de la mano, dejó pasar los minutos. Por fin habló:

—Después de comer, vuir a cobrarle al mayordomo y nos vamos de aquí.

Chayo iba a protestar, pero había tanta decisión en el rostro del hombre, que solo preguntó humildemente:

—¿Pa’ónde?
—Pa’cualquier parte… Pa’ otra finca… Ya le gustaste al patrón y eso está jodido… cada vez que quiera estar con vos, solo te va a venir a trer.
—Ta bueno, pué —aceptó ella, pensando con tristeza en los treinta colones guardados en su senos.

Toño cobró y, como a las tres de la tarde, amarró sus bultos en las ancas de su mula, sentó a Chayo sobre ellos y ocupó el aparejo.

Cuando el sol se ocultaba entre alegres colores, ya habían dejado muy atrás la finca y ante sus ojos solo estaba un largo camino polvoriento.

Desde aquel día, el duende no ha vuelto a apedrear a los que se acercan al rancho solitario de La Lomita.

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