“Tan oscura como una noche sin luna”, cuento de Krisma Mancía

—Hasta aquí llegás, vato.

Él me apuntaba con su arma y yo en el suelo de una casa que ya no era mía. Detrás de él, otros tres hombres se reían. Lucían de igual modo: cabezas rapadas, jeans flojos, camisetas de algún equipo deportivo, y tenis blancos de los Nike. La moda de los delincuentes, me dije, cuando ella y yo habíamos abierto la puerta dispuestos a huir de la fiesta. Ella estaba aburrida mucho antes de que la abuela apagara las velitas de sus noventa años cumplidos, cercanos a una muerte provocada por el esfuerzo de soplar las velitas sin la ayuda de su tanque de oxígeno.

El tiempo se había detenido y retrocedido. Sonaba la canción “Hit the road Jack”, de Ray Charles en el viejo tocadiscos de mi hermana. Una joya que se había comprado en una tienda de antigüedades y que para sorpresa funcionaba de maravilla y tenía los discos intactos. Mi hermana se divertía cambiando los discos con una destreza natural, como si ella hubiera crecido en la misma época de faldas cortas y felices que mi madre usaba, cuando era apenas una adolescente subida a unos zapatos de plataforma, y desde donde esperaba conocer a mi padre con esos ojos marrones ocultos detrás de sus lentes oscuros de Ray Ban. Mi viejo, detenido en una fotografía del álbum familiar y que la abuela le mostraba a mi novia que ya estaba ahogada de tantas atenciones. De pronto, llegó el café y el pastel para romper la dieta que ella había mantenido, cubiertos desechables que odiaba porque era profanar su creencia ambientalista, el sobrino que llegó corriendo y girando con su vaso de jugo y que lo derramó sobre la falda blanca que adoraba, que se había sido tejido en la India y que siempre se ponía para ir a eventos importantes. Me miró con la expresión de que ya estaba harta, pero en mi mente lo traduje como un quiero estar a solas contigo en el hotel. Mi hermana mayor se afanaba en limpiar y extender con un trapo la mancha de su falda y diciéndole cosas que no entendía. Mi cuñado, ebrio ya de cerveza, me decía en tono de broma, que tal vez esa princesa de ébano necesitaba su ayuda para quítarle la falda, que qué lástima que no es una fiesta de bikini. Él desnudaba a mi novia con una mirada de pérfido y mi hermana se sonrojaba intentando ocultar su vergüenza ajena con una sonrisa fingida y forzada.

El sol bajó hasta el ocaso. Hora de despedirnos. La tía besó a mi novia y le dijo que regresara pronto. Novia sosa, dijo, detrás de mi espalda, la prima que siempre había soñado con casarse conmigo, y que tartamudeaba cada vez que decía mi nombre, y que suspiraba cuando terminaba de pronunciarlo. Prima tonta, dije por debajo. El incesto no estaba en la lista de mis preferencias. El gen de mi abuelo no me había tocado. Viejo loco, dije para mis adentros cuando pasé frente a su retrato de boda, ¿cómo pudiste casarte con tu prima? En tus tiempo habían tantas mujeres, ¡y mira qué mujeres! Y tú tan francés, con tus hábitos de la segunda guerra mundial en la que nunca participaste. Más nazi que cualquier otro dolor del mundo. Más católico y presionado por la familia para procrear la especie. Una especie pura de sangre y venas. La única ideal era la prima, ¿verdad? Y yo hablaba con tu retrato, mientras mi novia era cuestionada por su piel oscura. Tan oscura como una noche sin luna, dijo mi madre. Ella no comprendió. El español nunca lo entendía, menos en metáforas. Ella se limitaba a sonreír. Sabía cinco idiomas, pero nunca imaginó que se enamoraría de alguien que tuviera una familia que hablara español. Nadie la preparó para eso. Solo podía mostrar sus dientes blancos, mientras mi madre decía que no podía dejar de verla. Era la primera vez que miraba a una mujer negra. La tocaba para ver si era real.

Me pregunto si mi madre había tomado sus pastillas para sus alucinaciones auditivas. Esas voces eran mi pesadilla, aunque a veces eran voces amables que la instruían en realizar cosas extrañas como ese pequeño jardín japonés en el patio trasero, o ese candelabro de botellas de vino, o ese pollo a la marinera que no estaba en el libro de recetas, o ese raro objeto que ella soplaba para hace burbujas, o esa poción de rosas, sal y vinagre que hervía, dejaba una noche al aire libre y luego esparcía por la casa, o esa premonición de advertirme y rogarme que no me fuera. Nada que temer, mamá, mi novia estará mejor en el hotel.

¿Habrá previsto que abriríamos la puerta donde nos esperaban con las armas dispuestas?

Y yo en el suelo sin nada que me defendiera, sin entender qué sucedía y sin saber quién me disparaba. Me lamenté de amar a esa mujer de piel tan oscura como una noche sin luna que había nacido en Kenia, que había sido reconocida a los doce años por su padre, un exportador de café, y que consideró que por su inteligencia y belleza fuera enviada y educada en un colegio británico. Cuando la vi entrar al metro de Nueva York, no paré de observarla hasta bajar con ella en Queens donde daba clases de francés. Quererla tanto y tener la idea de traerla a mi país para que la conociera mi familia y que, después de partir el pastel de la abuela que cumplía noventa años, anuncié que me casaría con ella.

Amor, los delincuentes tardarán mucho en vaciar la casa, en matar a todos, en violar las cerraduras y a las mujeres, en huir con el tocadiscos de mi hermana. Amor, no tardará en llegar la policía y ambulancia. Will you love me tomorrow?

FUENTE: Revista ARS, Nueva Era, Número 7, Año 2015, página 41. ISSN: 2310-1180.

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