“La línea recta era un sueño”, cuento de Tirso Canales

De imaginar la prolongada muerte, habrían retornado a la manigua costeña dispuestos a que se los comiera un tigre o los cazara la guardia somocista. Pero ya habían puesto proa con dirección a su tierra y por lo menos como anhelo, el pisar suelo patrio era cierto. La corriente fluvial que viniendo desde Corinto entra con fuerza al golfo, a lo mejor se sumerge (a juzgar por el corte perfectamente delimitado que marcan las aguas azules del mar ante las sucias del afluente). Sin haber río a la vista, el océano arremansa un extenso lago turbio en el que circulan troncos de los árboles, basura y ramajes arrastrados por la corriente durante la noche.

Reman exactamente como lo indicó el pescador. No obstante, el bote avanza un trecho que, sin ellos notarlo se pierde bajo la presión de imperceptibles olas, originadas en las cercanías del puerto de San Lorenzo, a varios kilómetros del punto en que se hallan. La abierta curva que forma el golfo en las costas hondureñas, está ahí nomás. Sin embargo, adentrarse al mar en un bote más podrido que consistente era un riesgo definitivo. Pero bien, estando encima del océano solo hacía falta jinetearlo.

Los rayos solares desparramándose oblicuos crean la sensación de la costa cercana. Pero el alcance de un tiro de G-3 no es problema. Las patrullas utilizan lanchas motorizadas y en todo caso esta vez no tendrá la ciudad de Managua por cárcel. Qué cara de insolencia pone Wilcok, dirigente de la policía nicaragüense, encargado de controlar que los salvadoreños exiliados se reporten diariamente a las ocho. El míster y sus ayudantes jugadores de gallos están que arden al enterarse que tres de sus encomendados faltaron.

Habiendo carreteras por dónde buscar, ¿qué diablos los empujaría a olfatear una esquina tan disimulada y poco atractiva del golfo?

Del plantel salieron metidos en cajones en el camión que cargó pacas de algodón, hasta dejarlos afuera de la ciudad, para abordar luego el jeep del camarada nica, que los internó en la floresta hasta concluir en el punto en que por lo hondo del falgal no fue posible continuar en el vehículo. En adelante, todo dependió de la pericia del guía que, como habitante de las maniguas costeñas, se las sabía todas; y si además el Partido le confió la tarea de conducir a sus compañeros salvadoreños, tenían a qué atenerse.

Nunca fue tan maldita e inoportuna una tormenta. Empezó a las cinco de la tarde y a las cuatro de la madrugada hay que arrastrarse en la pesada masa de lodo soportando encima un diluvio. El guía tantea en la que puede ser la dirección de la vereda, que sus instintivos pies conocen de memoria, en lo que se sabe era vía férrea, y hoy flanqueada de tupida manigua dista menos de medio kilómetro de la orgía anhelante de las fieras pobladoras de aquella porquería de trópico. Enorme trabajo costó hallar el bote metido en un macizo manglar del pantano que solo él puede adivinar. Por fin palpó las canaletas atadas a un árbol, después de andar más que locos, desesperados, tocando en la oscuridad todo un bosque. Pero bien, el pescador cumplió con honor: ahí está el botezuelo casi lleno de agua por la lluvia de doce horas y las filtraciones laterales. Empujar duro. Cayendo. Hundiéndose, sobre el fango hasta llegar al río. Continuar viaje por otros medios sobre la pobre embarcación que, al fin y al cabo, es todo cuanto puede llevarlos si logran atravesar el golfo.

Los tres panotes en que Eduardo cifró esperanzas de alimentar dos días, después del diluvio eran poco menos de una libra de amasijo enlodado en el fondo de una lata de Quaker, recogida en las afueras de Chinandega. A falta de otra cosa que tragar, aquella suciedad se come a medio golfo sin dejar de paletear ni un instante, como advirtió el pescador, mientras enfatizaba que al soplar el viento de la marea alta debía estarse a la altura de puerto Viejo, para ganar con el aventón el otro lado de Piedra Parada. Lo cierto es que no se necesita más viento, porque apenas alcanzan los trapos disponibles para hacer vela hasta con una chaqueta que, estirada por las mangas y la falda, embolsa una pelota de aire. De todas las rutas planeadas con detalle, ninguna resultó, ni se contó con las mareas altas y bajas, ni se coincidió nunca con el curso de corriente alguna, por más que se les buscó. Desde los dedos hasta las palmas de las manos, la ampolla despellejada duele, arde. Qué sensación produce el agua salada sobre la carne roja. No dejar de hacer ruido contra las tablas, no sea que se aproximen demasiado, pero tampoco deben retirarse mucho, pues esos asquerosos serpentean juntos, y desde el mediodía siguen de cerca, a ratos exasperados, casi se enciman. Y más agitados mueven sus bruñidas aletas como presintiendo el momento en que habrán de mascarnos. Por ello está bien que los delfines s mantengan aproximados, porque distraen el terror que provocan esos malditos tiburones.

De sol no queda sino un débil resplandor en una loma de Conchagua. Tras hervir todo el día se ocultó.

Con qué desprendimiento aquella familia —única habitante de la pequeña y solitaria isla del Tigre— ofreció parte de su comida: pescado seco, tostado, tortillas y café de maíz. Mientras comían bajo la luz chisporroteante del humoso candil de gas, y tras escuchar las vicisitudes del camino, el viejo isleño comentó: “Han pasado ustedes por malos ratos de veras; me imagino que debe ser muy duro estar preso en otro país. Pero aquí dormirán seguros, no tengan ninguna pena. En aquellas tablas pueden acostarse”. Eso decía mientras indicaba hacia una esquina de la ramada del patio. Y continuó: “Esta vez han tenido mucha suerte, o demasiadas agallas, o quizá las dos cosas. Pero téngalo por seguro, que tratándose de viajar en un bote como ese, la línea recta no existe. Ustedes la imaginaron”. Y recalcó: “Ese golfo se cruza en forma de z, o no se cruza”.

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