“Malena y la loca”, cuento de Aída Párraga

De un tirón por la muñeca acompañado por un “¡apúrate!” y arrastrándola por los senderos del parque, sacó Carmen a su hija de la contemplación profunda en la que se había sumergido; sin embargo, la chiquita no apartaba la vista de su objetivo.

—¿Por qué está haciendo eso?— le preguntó a su madre.
—¡Es una loca!

A Malena la respuesta le sonó igual que si le hubiera dicho que era un doctor o un ingeniero o un payaso; “loca” no significaba nada para ella y tampoco describía la razón por la que aquella mujer vestida con harapos y con el cuerpo y la cara curtida de mugre y miseria, hablaba gesticulando y moviendo sus manos con finos ademanes. Tampoco la voz era una pista de lo que “loca” pudiera significar; no era horrible como el cuerpo del que salía, era más bien dulce, entonada; capaz de producir confianza y motivar ternura.

Malena tenía 8 años la primera vez que la vio en el parque y, cada vez que tenía oportunidad, hacía que su madre desviara la ruta de la escuela a su casa para pasar por la banca de “la loca”, como ella la llamaba, y entonces el tirón y el “apúrate” se repetían.

Muchas veces vio Malena que una o dos personas permanecían cerca de la loca por cortos espacios de tiempo y luego le daban un par de monedas.

—¿Por qué le dan dinero?— preguntaba, y su madre siempre contestaba: “Porque está loca”. Con esta respuesta Malena entendió que estar loca también era una profesión.

A pesar de la curiosidad que la loca le infundía no tuvo el valor de acercarse a ella hasta que cumplió los 16 años y ya no venía su madre a buscarla a la escuela.

El sol empezaba a despedir con dulces celajes el día y una fresca brisa soplaba moviendo las hojas de los árboles, el aire empezaba a oler a vacaciones y sus compañeros decidieron ir a comer algo, ella no quiso ir, primero, porque no había pedido permiso y segundo, porque se aburría mucho; así que decidió, mejor, irse a casa. Como siempre, pasó por el parque y, como siempre, ahí estaba la loca en su banca. La muchacha pasó muy cerca de ella, con la mirada clavada en el piso, le daba miedo verla porque creía que descubriría en sus ojos toda la curiosidad fermentada por tantos años de observarla, tenía miedo de molestarla y, además, a estas alturas ya sabía que había “locas violentas”.

“La loca” también tenía la vista fija en el piso, pero a los pocos pasos de la banca, Malena oyó la voz que tantas veces había oído de lejos, y por fin pudo entender lo que decía.

—¿Te vendo una poesía?— Malena se dio la vuelta y descosió los pasos ya bordados en el camino.
—¿Por cuánto?
—Por lo que quieras.

Sin esperar respuesta, la mujer empezó a buscar en una bolsa de plástico de entre un montón de papeles carcomidos por los años y la intemperie, finalmente sacó uno, lo examinó por algunos momentos y empezó a leer, a recordar, a inventar el poema más hermoso que aquella adolescente hubiera alguna vez escuchado. Al oírlo, la mujer que lo leía perdió todo su estatus de “loca” y se convirtió en alguien capaz de describir su amor, el de ella, el de esa Malena en metamorfosis, sin necesidad de conocerla ni conocer a su novio. Los pocos versos que leyó fueron el más completo tratado de ese amor.

Cuando terminó, Malena buscó en su bolsillo y le dio el dinero que tenía, que además incluía el pasaje del bus, pero no le importó, sabía que ese día el camino a casa sería distinto… muy distinto.

Las vacaciones llegaron, fue más difícil, entonces, justificar los paseos al parque, primero porque tenía que ir sola, ¿cómo iba a explicarle a cualquiera de sus amigos que la única razón de ir a ese lugar era irle a comprar poesías a “la loca”? Se reirían de ella, es más, pensarían que era ella la loca. Siempre estaba la excusa de la biblioteca, era su preferida, nadie nunca se voluntariaba para acompañarla y como, viéndolo bien, no era del todo mentira, no le remordía tanto la conciencia.

Malena, con el tiempo, se había dado cuenta que por mucho dinero que “la loca” recogiera, bueno, mucho tomando en cuenta las circunstancias, era muy difícil verla comer, así que optó por llevarle comida.

—¿Te vendo una poesía?
—¿Por cuánto?
—Por lo que quieras.

Y las monedas y billetes se empezaron a cambiar por manzanas o guineos o hamburguesas, panes con frijoles y queso, galletas saladas y dulces, sopa del almuerzo, cualquier cosa y las poesías que compraba cada vez eran más hermosas, más sublimes, le hablaban siempre de amor; de un amor tan grande y violento que el virgen corazón de Malena sintió el fuego en el que el alma de “la loca” se consumía. Más que sentirlo, se quemó con él, se entregó y aprendió a sentir con la misma pasión con la que aquellos poemas habían sido paridos. Con la misma rabia, con el mismo dolor, y lloraron las dos por un amor, para las dos, desconocido.

Cada vez que pudo, durante su último año de bachillerato, la chica visitó a “la loca”; nunca le preguntó el nombre, ni nada, sólo quería oír sus poemas, saber más de un amor capaz de inspirar tanta dulzura y tanto odio; sin embargo la comunicación se estableció de todos modos, sin palabras, con miradas, con pequeñas lágrimas o con colores de rubor en las mejillas.

Cuando se graduó y empezó la Universidad y el trabajo, las visitas fueron haciéndose más escasas, cada vez transcurría más tiempo entre una y otra, pero Malena seguía buscando el momento de ir a comprar su poesía, de poder compartir el eterno amor de la mujer, de la poeta encerrada en el cuerpo de una loca amarrada a la banca de un parque.

El día en que se casó fue a buscarla para comprarle su poesía con un pedazo de torta de bodas, pero no la encontró. Esperó toda la tarde por ella y no llegó. Cuando ya se levantaba para irse, recordó que la loca ponía su bolsa dentro de los arbustos, atrás de la banca.

En efecto, su mano reconoció la bolsa plástica y la extrajo a la superficie; sacó todos los papeles, así, carcomidos por el tiempo y la intemperie. Por primera vez vio los poemas escritos con una letra caligráfica, con títulos, con fechas, Enero/1960, Marzo/1966, estaban organizados de atrás para adelante, el último: Dec/1966 —¡Hoy se fue!—, no había más.

Cuando Malena finalmente alzó la vista vio cómo una niñita la observaba atentamente, y sólo atino a preguntar:

—¿Te vendo una poesía?

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .