“Jimmy Hendrix toca mientras cae la lluvia”, de Carmen González-Huguet

El inconsciente está estructurado como un lenguaje…
El inconsciente es el discurso del Otro…

Jacques Lacan

Puso su mano en mi rodilla y yo no la aparté. De hecho, había estado esperando eso desde que entramos. Se podría decir que por eso me había puesto falda, en lugar de pantalones, y medias, en vez de pantis. Y los zapatos altos, no las sandalias pachitas con que andaba todos los días, para arriba y para abajo, y que me gustaban tanto… Las sombras y luces de la pantalla caían sobre nosotros, con un resplandor irreal. Él tenía los ojos fijos adelante, pero su mano siguió explorando por mis piernas…

Qué va. No nos estaba viendo nadie. En ese momento había una gran samotana. Un montón de silbidos y gritos que no dejaban oír nada, en medio del aire espeso. Olía a cigarro, a palomitas y a chicles. Y a otra cosa que yo no podía identificar en ese momento. Yo era tan pendeja. Sin sacar su mano, volvió a besarme. No sé quién cantaba en ese momento, si Janis Joplin o Joan Baez, y francamente, no me importaba. Su lengua se metió entre mis labios. Sabía a humo y a chicles de menta. De pronto me dio una risa inexplicable. Pero no sé cómo, la aguanté. De algún modo supe que era importante que no me pusiera a reír entonces. En lugar de eso, lo besé. Después de un rato de estar jugando con nuestras lenguas, se separó y me miró. A mí me costó enfocar y distinguir su cara. El pelo, que yo andaba entonces largo hasta la cintura, se me había venido a la cara. Inevitablemente me reí como una tonta, pero en lugar de enojarse me apartó un mechón que me caía entre los ojos y lo puso en su lugar. Volvió a besarme y lo dejé que entrara entre mis labios con su lengua.

Puso su mano encima de mi pecho y apretó la superficie curva. La sobó con cariño, y tuve que reprimir las cosquillas. Me estaba portando como una imbécil y no podía soportarlo. En lugar de ponerme seria me estaba dando otro estúpido ataque de risa; sin embargo, me aguanté de nuevo las ganas y mi mano buscó su nuca. Tenía el pelo liso, un poco largo, negro, con unas mechas rebeldes, de indio… No, Joan Baez cantó “We Shall Overcome” en Woodstock, pero eso no apareció en la película. Ésa fue la canción con la que terminó el viernes, el primer día de Woodstock, me dirías vos muchos años después… Pero entonces eso no lo sabía, ni sabía qué significaba la letra de esa canción, y francamente, tampoco me importaba entonces. No tenía ni idea. Siguió besándome, y yo para entonces había reprimido definitivamente mis ganas de pasarme la mano por los labios húmedos. Sí, tan dunda era…

Antes de él nunca me había besado nadie. Pero de algún modo él sintió más confianza como para seguir explorando debajo de mi falda, hasta que se cansó de mi falta total de experiencia y tomó mis dedos y los llevó hasta el zíper. Cuando lo toqué, sentí el mismo miedo que me daba poner las yemas de los dedos, húmedas, sobre la plancha. Pero él me detuvo la mano encima y sentí de inmediato al monstruo que se ocultaba debajo.

Siguió besándome sin permitir que quitara la mano de aquel lugar palpitante, mientras Santana tocaba “Persuasión” y él seguía más fuerte que antes, con ganas de meterme adentro no sólo la lengua sino el cuerpo entero…

¿Querés que te siga contando o no, babosa?

Bueno, el asunto es que no me dejó quitar la mano de ahí… donde me la había puesto. Y yo no agarré valor para bajarle el zíper. Tuvo que ser él. Mientras tanto, su mano había dejado el camino que exploraba y se había demorado tocándome el pelo, bajando por mi espalda hasta mi cintura y más abajo, delineando con las yemas la superficie curva cubierta por la lona de la falda. En medio del relajo, y de la voz y la guitarra de Santana, ninguno oyó el rumor de los dientes de metal bajando. Él metió mi mano y yo de inmediato me quise morir cuando sentí bajo las yemas de mis dedos aquel calor húmedo, de animal en carne viva, que tenía un pellejo móvil y delgadito, muy blando, como el de la cabeza de una tortuga de tierra, que en aquel momento palpitaba debajo de mis dedos.

Jimmy Hendrix… no, miento: Jimmy Hendrix tocó por último… Santana acababa de terminar de tocar, y después no me acuerdo quién putas tocó… sí, Grateful Dead, y Creedence Clearwater Revival, estuvieron ahí también… ya casi no me acuerdo… imaginate, eso pasó hace veinte, o veinticinco años… tal vez más… yo nunca estuve muy pendiente de los cantantes, y en esa época no sabía inglés… pero ésos tocaron después de otra mara… no, no me acuerdo de los nombres. Para fijarme en eso estaba yo… toda mi atención estaba puesta ahí, bajo las puntas de mis dedos, que sopesaban y tocaban aquel animal baboso. Me empujó la cabeza para abajo, y yo no entendí qué quería… no sabía nada de nada, entendé… ¿qué iba a saber yo? Si tu abuela no me dijo nada, ni por fregar… Y menos sabía ella, que de lo único que sí supo siempre fue de hacer tamales y rezar el rosario. No sé cómo putas nacimos tu tía Mari y yo… no, eso sí me lo dijo: que me cuidara. Era lo que le decían a uno si era mujer. A todas las mujeres: “Cuídese. No se deje tocar las chiches… el día que se deje tocar las chiches, ese día se acuesta…” Pero nadie nos dijo nada nunca, en realidad, ni nos hablaron claro, ni sabíamos en verdad a qué atenernos, qué iba a pasar, qué íbamos a sentir, qué se suponía que hiciéramos en ese caso… nunca nos dijeron nada, ni de eso, ni de ninguna otra cosa. No hablábamos… con que cuando me vino la regla, la que me contó cómo era todo fue la Oti… la Otilia, la muchacha de la casa… ella me fue a comprar un paquete de toallas sanitarias a la tienda de la esquina… ya me había venido la regla como tres veces cuando mi mamá se dio cuenta. Se puso como si se nos hubiera muerto alguien… y tanta historia sólo por algo que les pasa a todas las mujeres… en fin…

Con tu abuela todo era hacer el oficio de la casa, estudiar para los exámenes, salir a pasear alguna vez, al mar o a las ruedas de agosto… pues, sí, tampoco alcanzaba la cobija para más… estaba jodida la cosa. Vos no tenés idea, porque has crecido en otra situación… ¿Tu abuelo? Se fue cuando tu abuela estaba embarazada de la Mari. La dejó por una cipota. A mi mamá lo que le tocó de ahí en adelante fue trabajar en lo que cayera para sacarnos adelante y darnos estudio… hasta donde alcanzó, ya ves… mis zapatos de tacón de los quince años me los compré de lo que gané en mi primer trabajo. Tu abuela comenzó haciendo tamales… vendía a domicilio, con el gran cumbo de lata en la cabeza. Poco a poco juntó para un chalet, que después fue pupusería… al principio la Mari y yo servíamos las mesas, lavábamos el maíz, íbamos a que nos molieran la masa para las pupusas… bien verguiada la vida… Después tu abuela compró un molino de nixtamal y molía en la casa. Echábamos tortillas los tres tiempos, y pupusas en la tarde… Ya que mejoró, consiguió varias muchachas que le ayudaran… ¿Otro marido? No, no se quiso endamar con nadie. Tenía dos hijas… había que dar el ejemplo. Además, decía que ningún hijueputa iba a desgraciar a sus hijas… Ma… peores cosas se han visto, ¿qué no leés los diarios?…

¿Tu tía Mari? Se hizo evangélica. Se casó con un viejo que tiene un negocio de encomiendas… le fue bien. No, tengo mucho de no verla, bien sabés… ella se fue para Washington…

Bueno, yo jamás había hecho eso… ahora ha de ser de lo más normal. Hoy las cipotas se van a acostar con los novios como antes era irse a amontonar al cine… y son ellas las que se les meten… sí, seguro, usted no… vaya, pues, ya sabe lo que pienso… pero entonces era diferente… mi nana me tenía sentenciada: “Si salís panzona, te muelo a leñazos, incachable…”.

Dejame terminar de contarte, es que no dejás hablar… vení, ¿no te da pena? Mirá cómo andás las uñas, con el esmalte todo descascarado. Andás con las manos que dan lástima… Hay que cuidarse, no te dejés caer…

Pues, sí… No, nunca había hecho eso. ¿Para qué te voy a mentir? Sos mi hija… ahora las cosas son diferentes, se puede hablar… yo esto no se lo podía contar a mi nana… le habría dado un ataque… Esperate, que te haga efecto el ablandador de la cutícula… así… Qué jodida que no hay chance de hacerte un manicure como se debe… pues, sí, así es esta vida… qué horrible, sólo corriendo… siquiera saqué cosmetología y de eso me mantuve al principio, en lo que conseguía hacer algo… ah, qué hubiera dado por haber podido estudiar… pero no se podía, claro… primero la situación… y luego, la vida… había que trabajar… después viniste vos… no, no fue culpa tuya… y no, no me arrepiento de nada, hija… no te lo echo en cara… pero entendé: no fue lo mismo…

Por supuesto que pensábamos en el futuro: Él estaba estudiando. En la Universidad. Primero de Derecho. Se iba en la once, y se bajaba por la Escuela España… de ahí caminaba sólo un pedacito, y ya estaba en la u… había que enseñar el carné en la entrada… te lo pedían los guardias… los guardias nacionales… no, vos no te acordás de nada… nunca viste un guardia. Era bien peligrosa esa época. En San Salvador, había unos desvergues bien feos. Ibas por la calle y de pronto, oías un gran relajo de balazos y bulla, y salía toda la majada corriendo, o todos nos tirábamos al suelo… Yo me quitaba los zapatos y a salir corriendo en medio del desmadre… no, con tacones no podía correr, me hubiera quebrado una pata… y ya después, a veces hasta andaba con vos, cuando tu abuela se ponía india y decía que no te podía cuidar. Allá iba la babosa de tu nana, con vos, chineándote. Hasta te llevaba a la universidad. Eras el chinchín de la clase… no te acordás, estabas chiquita. Otras veces tu abuela estaba de buenas y te dejaba en la casa. Yo salía tarde de clases y ya te hallaba dormida… yo al llegar sólo comía y me ponía a lavarte los pañales, las pachas, a hervir todo, a dejar ya lista la leche para el día siguiente… tu abuela me perdonó, al fin… bueno, más o menos. Me dejó que regresara a vivir a la casa. Yo era su hija mayor, y de todos modos, vos eras su nieta… Su única nieta, hasta la fecha… pero al principio no me podía ver, yo embarazada, con la gran barriga… me tuve que ir sola, a alquilar un cuartito… ahí pasé el embarazo… le daba vergüenza con sus amigas, que vieran que tenía una hija panzona…

Hasta que naciste, y ahí se le acabó la cólera a tu abuela… alguien le avisó y llegó al hospital a verte… fue una época amarga… me recibió contigo, me atendió y te cuidó, pero la amargura se le salía por todos lados. A cada rato estallaba por cualquier pendejada… no era culpa suya, así la criaron… y además, la gente es metida. Sus amigas la hicieron mierda hasta que ella les paró el carro y las mandó al carajo… y mirá cómo es la mala suerte, o quizá Dios castiga: después a las hijas de ellas les pasó lo mismo… para que anden hablando… no, ya sé que no es así la cosa… pero ya ves…

Prestá… hoy sí ya te hizo efecto el removedor de cutícula… así, mirá, con el palito de naranja, vas empujando… no, no te la cortés… es que la cutícula protege la uña… ¿viste? ¿Quién te va a cuidar como tu nana? No jodás… ¿Qué por qué mi cartera es tan grande? ¿Alguna vez has visto una nana con cartera chiquita? Pues porque aquí ando de todo… sí, tengo esmalte… mirá, ¿qué color querés?… está bonito, pero no te da con el vestido… ¿Éste? Muy rojo… muy “voltiame a ver”… “rojo peperecha” se ha de llamar… ¿no querés mejor que te haga la manicure francesa? Bonito te va a quedar… mirá… tengo blanco y brillo… ¿mejor, no? Vaya, pues…

Ese día yo andaba un esmalte rosadito tierno, como éste… me acuerdo porque me puse una blusa ralita, junto con la falda de lona, bien corta… la blusa era rosada, del mismo tono del esmalte… En las pendejadas que se fija uno, ¿no creés? Me acuerdo cómo iba vestida ese día y no me puedo acordar de qué color eran sus ojos… Negros, supongo… como el pelo. Siempre lo anduvo largo. No era raro. Entonces todo el mundo lo usaba así… y los pantalones acampanados… con unas camisas pegaditas… Él era pechito, alto… bueno, más alto que yo… ya sé que no es mucho, pero… y usaba siempre unos zapatos tenis que salieron en esa época y que eran bien baratos… tampoco tenía mucho pisto… era más fácil para uno de mujer conseguir trabajo… de secretaria, de vendedora de mostrador, de pasadora de cafetería… babosadas mal pagadas, pero se hallaba trabajo…

Para los hombres era más difícil, aunque fueran bachilleres… sobre todo si no tenían oficio. Si sabían mecánica, o carpintería, o cosas así, hallaban algún puesto… también mal pagado, claro… pero nadie salía adelante con esos sueldos, por eso la cuestión era estudiar… sacrificarse por sacar una carrera, cualquier cosa… pero hasta estudiar era difícil en ese entonces. Las universidades privadas que empezaron a aparecer eran caras, y muchas veces no se podía estudiar y trabajar, por horarios… y la U. la cerraron varias veces… la última vez, estando yo todavía allá, en el ochenta. Estuvo cerrada varios años…

Cuando fuiste creciendo, también crecieron los gastos… de repente necesitabas zapatos, ibas dejando la ropa, la Mari tampoco era de gran ayuda. Me quería y me apoyaba, pero también con ella mi mamá cambió. Se hizo obsesiva, la controlaba hasta lo último… un día, encachimbada, la Mari le gritó lo que todas sabíamos y no nos atrevíamos a decirle. Ese día se le salió del alma: mi mamá temía que a ella le fuera a pasar lo mismo que a mí… pero que ella había jurado que no iba a repetir mi historia… y no la repitió. Se casó con el primero que le ofreció matrimonio. Un viejo con plata… claro que la Mari le ha aguantado mierda y media… De una penquiada que le dio, bolo, la Mari perdió a su hijo. Nunca pudo tener más…

A ver si se te secó el esmalte… no, todavía falta… tiene que estar bien seco para darte la otra capa… si no seca bien se te va a hacer una sola melcocha… horrible te va a quedar… Esperate, hija… Hay que tener paciencia… sí, hay que tener paciencia, como en la vida…

Para verlo tenía que inventarme mil historias… era misión imposible que mi mamá me dejara salir a la calle. Ni pensar en que llegara de visita, o mucho menos pedir permiso de ser mi novio… tal vez por eso yo andaba siempre tan desesperada por verlo… por estar con él… un beso, una mirada, significaban tanto… la vida era difícil entonces. No tenés idea… a veces me conformaba con verlo cinco minutos en la parada del bus… eso era todo… pero regresaba a la casa como iluminada por dentro… Tenía que hacer un gran esfuerzo para que mi nana no notara nada raro…

Lo bueno fue cuando empecé a trabajar… me rebuscaba para zafarme lo más temprano posible y que ella no sospechara al verme llegar una o dos horas tarde, después del horario de salida… Era hostigue tu abuela… supongo que lo hacía por mi bien… o eso decía ella… no sé. Ella no conocía otra vida… ni conoció o imaginó que se pudiera vivir de otro modo… nunca quiso irse a los Estados, por más que la rogué… siguió igual hasta el fin, firme en sus principios… ella tenía razón y el resto del mundo pecador estaba equivocado… pero qué jodida que las cosas no fueran tan simples…

¿Que qué sentí? ¿Qué querías que sintiera, niña? Un asco terrible. Jamás había hecho nada semejante… ¿vos qué creés?, ¿que ando por la vida chupándole la verga a todo el mundo? Nada qué ver… hasta vergüenza me da contarte… pues, sí… vos me preguntaste… vos quisiste saber… se sentía rara…

Si te volvés a reír, ya no te cuento ni mierda… vaya, pues… no, no está seco el esmalte. Esperate… pues sí… no, para entonces estaba tocando The Who… eso sí me acuerdo… aquella de “Tommy can you hear me…” Sí, cabal… Pero es terrible, porque cada vez me acuerdo menos de cómo era su cara…

No sé, no sé cómo era… por más que trato…

Babosa… ya me hiciste llorar… no, dejame… ya me pasó… ya, ya pasó… pues, sí… estaba tocando The Who, cuando él me detuvo. Si seguíamos por ese camino se iba a venir… me apartó y lo dejé un rato. Yo también estaba super húmeda… imaginate… ¿qué podía hacer…? No sabía qué hacer… No sabía nada. Sentía una culpa terrible. Tanto que me había aconsejado, y dicho y hecho, yo estaba haciendo precisamente lo contrario. Todo lo que no debía… Te vas a condenar, pensaba, repitiéndome mentalmente lo que ella me decía siempre… Pero también lo quería a él… Era bueno. Nunca me engañó, ni me hizo daño… era joven, como yo… y los dos andábamos con las hormonas alborotadas. Era una época terrible para ser joven. Ya de por sí no es fácil, y en ese entonces, ser joven era una cuestión sospechosa… peor si estudiabas en la U…

Pues, sí, me acuerdo bien… seguía cantando el chele Roger Daltrey, cuando él dijo que ya no aguantaba más… yo me le quedé viendo asustada… ¿qué quería? Más no podíamos hacer…

Pero él ya se estaba levantando, y comenzaba a abrirse paso por encima de los demás bichos, para salir al pasillo, también lleno de monos, que protestaron cuando prácticamente se los llevó de encuentro. Nos llovieron un montón de putiadas, pero a él no le importó. Estaba harto de tantas frustraciones. Y a mí tampoco me importó, porque en ese momento me sentía demasiado asustada. Salimos del cine a la calle. Afuera caía un aguacero desde la madrugada y no tenía talle de quererse detener. Era un vergazal de agua, y caía como si quisiera hundirle las tejas a las casas… Él abrió el paraguas, y empezó a caminar… yo lo seguí…

Me pegué a él, sosteniendo el paraguas, pero de todos modos nos mojábamos, porque era muy chiquito… Avanzamos por las calles solas. Al ratito ya estábamos completamente empapados. En realidad de nada servía el paraguas, ni tratar de cubrirnos, porque la lluvia caía sesgada, empujada por el viento y en las esquinas los tragantes no se daban abasto para llevarse la gran barbaridad de agua… Había calles inundadas de extremo a extremo. Te atravesabas con el agua en las rodillas… lo mejor habría sido quedarnos en el cine, pero seguimos mojándonos de todos modos. Ya ves, uno de cipote es tonto… Al fin, buscando por el rumbo del Zurita, que no era entonces tan de mala muerte como es ahora, aunque yo no recuerdo ninguna época en que haya sido “de caché”, encontró un hospedaje abierto y quiso entrar. Cuando me di cuenta, yo reculé. Definitivamente, no estaba dispuesta a meterme en un lugar así, pero él me dijo: “Mirá cómo está lloviendo. ¿Aquí cerca adónde más podemos quedarnos?”.

No sé por qué, aquello me convenció. A lo mejor la cuestión era que yo me quería dejar convencer. Quién sabe. Él agarró valor y empezó a besarme. Nos dejamos llevar. Me quitó la blusa ralita, empapada, que se me pegaba al cuerpo como si estuviera desnuda, y la colgó del respaldo de la silla. Sentí frío. Todo el pelo mojado me caía en la espalda.

No sé cómo hizo, pero me zafó el brassier sólo con un par de dedos. Yo me llevé las manos al pecho y traté de taparme, pero él me besó la garganta y siguió bajando hasta mis pezones. Sentí rico cuando su lengua tocó uno… me abrazó y yo sentí aquel animal otra vez, contra mi falda… me dio miedo, pero al mismo tiempo tenía unas ganas enormes…

Me soltó y se bajó el zíper. Después se sentó en la silla y se quitó los zapatos y los calcetines. Todo rezumaba agua, y los dejó en el suelo, en medio de un charco. Después me puso las manos en las caderas y me acercó a él. Bajó el zíper de mi falda y la dejó caer. Yo andaba un calzoncito bikini, con encaje blanco… ¿que cómo me acuerdo? Porque lo guardé… por años… soy una tonta, ¿verdad? Fue el calzoncito de mi primera vez…

Fue bajando y de pronto su lengua llegó a mi ombligo. Sentí que me había tocado con un cable eléctrico… nunca había sentido nada parecido… él siguió bajando con su lengua… sentí morirme… era algo tan rico… sentía raro: a la vez vergüenza y ganas… me puse a temblar. Tenía todo el cuerpo erizo, pero no era del frío… y él me acarició con suavidad las nalgas. Yo quería que el mundo se detuviera, que el tiempo se detuviera, que el resto del universo se borrara y sólo existiéramos nosotros en ese momento eterno…

Después de un rato de acariciarme así, me abrazó fuerte. Entonces se levantó, agarrando valor de las ganas, y se quitó la ropa que le quedaba. Ya estaba muy excitado. Yo me quité los zapatos y las medias y me metí en la cama. Quizá más por vergüenza que por ganas… aunque lo deseaba… Nos abrazamos, acostados, y volvimos a acariciarnos y besarnos. Él metió su mano entre mis piernas y así supo que estaba bien húmeda. “¿Querés ya?”, me preguntó, con el alma en un hilo… “No sé…”, le dije, “nunca lo he hecho… tengo miedo…”.

Fue intenso… nunca en mi vida había sentido nada parecido… pero después fue terrible… cuando el tiempo se acabó y tuvimos que irnos… llegaron a tocarnos la puerta… el rato se había acabado… así era la cosa… fue feo… yo me quería quedar a vivir allí, con él… el resto del mundo no me importaba… sólo tenía sentido lo que sentía en ese momento…

Tuvimos que vestirnos. ¿Te imaginás? Volvernos a poner toda la ropa mojada… aquello helado, helado… ya no llovía cuando salimos a la calle… yo qué sé cuánto tiempo había pasado. Pero lo que de inmediato me llamó la atención fue el silencio… había un silencio raro en la ciudad… no era fin de semana… era día de trabajo, normal, y sin embargo, el tráfico estaba ralo, ralo… y aquella sensación de que algo terrible había pasado… no, no era lo que había pasado entre nosotros. Yo estaba feliz, a pesar de todo… él me quería… aprovechábamos cada portal para besarnos… me quería, me acariciaba la cara, me abrazaba, me decía cosas bonitas… a pesar de todo, él estaba feliz, y yo estaba feliz también por él…

Cuando salimos a las calles y empezamos a caminar, nos dimos cuenta que todos los muros estaban llenos de papeles pegados… alguien había pintado unas enormes letras en las paredes… letras negras y rojas… a mí no me interesaba la política, hija… yo no entendía nada de política, y tu abuela tampoco… él sí, algo… algo sabía… a fin y al cabo, estaba en la U.

Porque después vino la parte más yuca de todo, cuando comenzaron a aparecer quince, veinte, veinticinco cadáveres diarios… muchos estaban irreconocibles… y las madres andaban buscando a sus hijos entre los muertos… y los zopilotes engordaron porque comían cadáveres todos los días… no tenés idea… era horrible. El miedo andaba por todos lados… caía la noche y todo el mundo se iba a encerrar a su casa. Daba miedo hasta respirar. No sabías de dónde te podía caer la desgracia, a vos y a toda tu familia… No la debías, pero la temías de todos modos…

Pero al menos, en las ciudades de algún modo se conseguía sobrevivir. En el campo, en cambio, la cosa se hizo imposible… Comenzó a venirse la gente de los cantones a los pueblos, y de los pueblos a las ciudades, y de las ciudades a la capital… gente sin nada, con una mano adelante y otra detrás… porque allá de donde eran, no se podía vivir… si te contara… pero no me vas a creer… nadie nos va a creer… a los que vivimos todo eso, nadie nos cree… o la gente prefiere olvidar, no acordarse del horror… es más fácil voltiar la cabeza y no ver… o enterrarla, como los avestruces. Tu abuela hizo eso… se sumergió en su negocio y en sus cosas de la iglesia… es que lo demás era insoportable… hasta las noticias dejó de ver… la ponían mal de los nervios… ¿y quién podía culparla por eso?

Sobre todo después de que a la Reina le pasó aquello… yo ya me había ido para los Estados. Vos todavía estabas con tu abuela… por eso me vine… la Reina era la hija de la Oti… era como de mi edad… fue un día que había ley marcial… “No vayás a la tienda”, le dijo mi nana. “Ya es tarde y ya va a ser el toque de queda…” Pero la bicha no le hizo caso. Yo creo que el novio la estaba vigiando y por irlo a ver, la mona se salió… y también vamos a los soldados, que no tenían necesidad de hacer aquella machada… ya venía de regreso de la tienda cuando le dejaron ir la ráfaga… ahí mismo la Otilia se volvió loca. Mi mamá tuvo que detenerla a rastras, con las otras muchachas, para que no saliera a la calle, llorando a gritos… al fin le dieron un calmante de caballo, pero ni así la noquearon… quedó como zombi… el cadáver de su hija al sereno, a menos de treinta metros, tirado en la calle, y ella velándola sin poder salir, hasta que amaneció… los perros aullaron toda la santa noche… y los otros rondando por el vecindario, viendo a ver quién se asomaba, para dispararle… no tenés idea, hija… no tenés idea…

Después de aquello, la Oti ya no fue la misma… se quedaba como ida… a veces se sentaba en la cuneta, enfrente de la casa, a esperar que volviera la Reina, que decía ella que se había ido a hacer un mandado, ahí nomás a la tienda… “Ya va a venir, niña”, me dijo, el día que regresé a traerte… “Ya va a venir la Reina… sólo un momentito salió, pero ya viene…”.

No tenés idea, hija… no me creerías si te contara… por eso me vine de los Estados a traerte… entonces tenías siete… ocho años… no quería que vivieras en medio de tanta inseguridad… las noticias que nos llegaban eran espantosas… a tu abuela le rogué hasta de rodillas para que nos fuéramos juntas, pero no quiso…

Mirá, ya se te secó el esmalte… ahora te doy la siguiente capa… poné la mano, así… a ver… sí, es un color bonito… rosa viejo, no… más bien es un rosadito tierno… como los zapatitos que te tejí… pues, sí, en medio de todo, yo te esperé ilusionada… eras mi hija… mía y de él… y si él no supo que venías, no fue culpa suya… no, tu padre no me abandonó… bien lo sabés… las cosas no fueron así… yo hubiera querido que fueran de otro modo… ¿pero qué se podía hacer en ese tiempo?

¿Sabes qué? Siempre supe que ibas a ser niña… el corazón me lo dijo… de lo poco que ganaba, iba apartando pisto para comprar tus cositas… te compré un pato amarillo… y un chuchito de peluche… dormiste con él hasta que se deshizo de viejo… te chupabas el dedo… y tu abuela te echaba chile para quitarte la maña, pero vos eras más viva que ella, y te lavabas la manita cuando no te estaba viendo… y te seguías chupando el dedo a escondidas…

Te quiso tu abuela, hija… con vos tuvo la ternura que no tuvo conmigo, ni con la Mari… para ella, ésa era la manera “normal” de tratar a las personas… no conocía otra manera de querer… y así la educaron a ella, a leñazos… ¿sabés cómo hizo que me aprendiera las tablas de multiplicar? Con el cincho… ésa fue su escuela…

No, ya estaba muy vieja para cambiar… pero contigo fue más suave, más dulce… y a vos te consintió como a nadie… yo sé que cuando te llevé lejos, la maté… No fue fácil para ella… y para vos, tampoco… ya no te acordás, pero las primeras noches volviste a orinarte en la cama… despertabas a media noche, llorando y llamándola… hasta que te pasé a dormir a mi cama… pasó más de un año antes de que pudieras volver a dormir sola… ¿no te acordás de nada?… ¿Viste? Es cierto: la memoria es loca… recuerda unas cosas… y otras, no hay forma…

Esperate… todavía está húmedo. Estate quieta o te vas a joder el esmalte… y bonito te ha quedado…

¿Que cómo era? No sé… ya no me acuerdo… no me quedó ni una foto de él… lo tengo asociado a la lluvia… cuando llueve, sobre todo cuando llueve como esa tarde, tan recio y macizo, me acuerdo de él… tenía una mirada triste, como cuando llueve mansito… o a lo mejor, es mi tristeza lo que yo veía en él… ¿Por qué triste? No sé… por la vida, quizás… la vida se nos llenó de cosas imposibles… casi todo estaba prohibido, por una razón o por otra…

En los Yunai, al fin puse mi propio negocio. El salón de belleza va bien… a vos te consta… Los Ángeles es un buen lugar para eso, y donde está, tengo buena clientela… no sé si es porque hablo español, y también inglés, y porque no soy tan carera… bueno, es un decir… allá todo es más caro… cuando llegué sólo sabía lo que aprendí en la Academia… me defendía… sabía cortar pelo, peinar, hacer manicures… después aprendí otras cosas, me mandaron a cursos… de todo: tintes, alisado, permanentes, tratamientos… estuve trabajando en buenos salones, y fui juntando plata… le mandaba pisto a tu abuela. Para ella y para vos… le pagué la fiesta de graduación a la Mari… y hasta le di pisto para cuando se casó… porque mi cuñado se puso a verga en la fiesta, o se hizo el de los panes, y no quería pagar… yo se lo dije, pero ella estaba obsesionada… no atendía razones. ¿Para qué discutir?

Sí, trabajé duro, hasta que ahorré y pude poner mi propio changarro… no, bien sabés que tampoco eso fue fácil… pero era mejor que lavar trastos, cuidar niños o limpiar casas… y pagaban más… no, no es que desprecie esos trabajos… y cuando no había de otra, yo también lo hice… uno hace lo que puede. Hay que nadar, nadar y seguir nadando, para no hundirte…

Mirá, ya se te secó el esmalte… ahora te doy una capa de brillo… para que se vea más bonito, niña, y te dure más… ya vas a ver… dame la mano… así… mirá cómo te está quedando… está mejor, ¿verdad?… pues, sí…

No sé… no sé cuánto tiempo me tomó llegar hasta allá… fijate cómo es la memoria, y las bayuncadas que le hace a uno… no, del viaje casi no me acuerdo… sólo sé que tuve una enorme sed… cuando al fin llegué a Los Ángeles, me acuerdo que va de tomar agua y agua, y jamás se me quitaba la sed… pasé meses despertándome en la noche con aquella sensación terrible, de que me estaba asfixiando… estaba en medio de la oscuridad, y lo único que sentía era aquella sed interminable… tenía los labios, la garganta, el paladar reseco…

No, después logré arreglar los papeles, y ya estuve legal… Legal… qué terrible. Como si viajar a buscar trabajo fuera un delito. Siempre me cayó mal la palabra “ilegal”. Me sentía como una bandida cuando me decían eso… me daba rabia…

Lo único que yo quiero es que vos estés bien… pensá antes de meter las patas… pues por eso mismo te lo digo, dunda… para que no te pase como a mí… pero es demás… uno nunca escarmienta en pellejo ajeno… quiero que estudiés, que te superés, que alcancés lo que ni tu Tata ni yo pudimos. Vas a ser la primera de la familia en graduarte de la Universidad… no sabés lo que eso significa para mí, cipota… qué lástima que tu abuela no vivió para ver eso… le habría gustado… a pesar de todo…

Ya se te secó el brillo, mirá… pues, nada… ya estuvo… ¿no querés que te corte el pelo, que te lo lave, que te lo pistolee…? Esperate, ponete la toalla así… voy por las tijeras… ah, aquí están… las tenía en la bolsa del delantal… es que ni con los anteojos miro ya… tu nana ya está vieja, cipota…

¿Cómo lo querés? ¿Hasta aquí está bien de largo, o te lo dejo otro poquito más corto? Va a hacer calor, aunque llueva… te vas a asar. Mejor te lo dejo más corto… no tanto… así está bueno… ¿con las puntas rectas o disparejas…? Disparejas te le da más volumen, niña… te le pongo musse en las puntas y te queda más chivo… pero dentro de un mes te lo tenés que emparejar otra vez… ¿querés que te crezca? Ahora es buena fecha… por la luna… lo sé por la luna… está en creciente… cuando está la luna en creciente es bueno cortarse el pelo, y podar las plantas… crecen más… eso decía tu abuela…

¿Cómo murió tu abuela? No sé, hija… dice la Oti que la encontró en su cama, quieta… ella fue a ver, porque eran las diez de la mañana y no se levantaba… ella era madrugadora. Toda la vida.

Es terrible, pero casi no me acuerdo de tu papá… sí, ya sé… vamos a tratar de buscar a su mamá… tu abuela… ojalá la hallemos… pero no te hagás ilusiones, hija… han pasado más de veinte años… precisamente los que vos tenés… ella me quiso, pero no me podía ayudar… él no era su único hijo… tenía que pensar en los otros… protegerlos…

Ya se vino el agua otra vez… Qué llovedera, hija… ya se me había olvidado… sí, así llovió aquella tarde. Pero cuando salimos del hospedaje, ya no llovía… nos fuimos caminando… teníamos sólo lo del bus de regreso, nada más… todo el pisto nos lo habíamos gastado en el cine y el hospedaje… y nos pagaban hasta el lunes… las calles todavía estaban mojadas… pero poco a poco el gran aguaje había pasado… se veían ramas y piedras a media calle. Todo lo que arrastró la gran tormenta… y aquellos papeles…

Entonces oímos el desmadre… A lo lejos oímos los vergazos… y de inmediato el mar de gente que comenzó a correr hacia donde nosotros estábamos. Nos quedamos congelados varios minutos. No sabíamos bien qué estaba pasando. Sólo veíamos correr a la multitud… eran cipotes como nosotros… algunos llevaban con pañoletas negras en la cara… y empezó entonces la humazón de los gases lacrimógenos, las pedradas, las bombas molotov que tiraban los muchachos, y los balazos desde el otro lado… “Corré”, me dijo. Me agarró de la mano y corrimos… no sé cuánto… a mí me pareció una eternidad. De pronto el tiempo se convirtió en una melcocha extraña… no tenía la misma consistencia de siempre… las cosas pasaban más lento o más rápido que en la vida real… porque todo, en ese momento, se me antojó irreal…

Lo vi caer, como en cámara lenta… mientras caía, yo abrí la boca en un grito mudo… aún ahora no puedo creer: vi que tenía un hoyito al lado derecho de la cabeza… pequeñito, como una chibola, o una semilla de ésas que sirven para jugar cinquito… y del otro lado el gran hoyo… cayó y yo me arrodillé a la par de él… le di vuelta y vi el hoyo… no sintió nada… fue de un solo. Y la sangre sobre el asfalto mojado, brillante como el lomo de la noche… tenía los ojos abiertos, abiertos, mirando al cielo… tal vez por eso hasta el día de hoy no me puedo acordar de qué color tenía los ojos… fue la última vez que lo vi…

Le toqué el pecho, le busqué el corazón… no latía… no podía creerlo… no podía haber pasado eso… me acuerdo que en ese momento no pude llorar, ni gritar… estaba como zombi… era imposible que hubiera pasado eso… alguien me alcanzó a ver, arrodillada en la calle, se agachó y me levantó… sentí las manos de dos muchachos con pañoletas en la cara… me levantaron por los sobacos y me dijeron: “Corré, cipota, que ai vienen los cuilios…”.

Pero yo no corrí. No podía. Me tuvieron que llevar chineada… yo no sentía el cuerpo… no sentía nada… sólo aquel galope inmenso, ensordecedor, sonando como un redoblante dentro de mis oídos, que se me quería salir del pecho… mucho después, al día siguiente, me vi las rodillas y me di cuenta que las tenía todas raspadas, de cuando caí arrodillada a la par de él… pero en ese momento no sentía dolor, ni miedo, ni cólera, ni nada… sólo un inmenso estupor, una incredulidad interminable… cómo era posible… no podía creer que estuviera viva… no quería estar viva… no sé cuánto corrimos. Yo me dejé llevar, como un corcho en la marea. Corrí cuadras y cuadras, perseguida más por el redoble de mi propio corazón que por los cuilios. Al fin, los muchachos se tiraron por un barranco, y yo caí con ellos. No sé cómo no nos matamos. Después caminamos durante no sé cuánto tiempo, hasta que fuimos a salir bien lejos, debajo de un puente. Ahí me dejaron…

Había comenzado a llover de nuevo. Estaba anocheciendo y cada vez me costaba más distinguir las cosas… entre mis lágrimas y la lluvia, todo se veía borroso… al fin pasó un bus… no le hice parada, pero de todos modos se detuvo, porque una cipota que pasó a la par mía sí se la hizo… me subí como una autómata. Casi no llevaba gente… el hombre tenía prisa por ir a guardar… no sé cómo distinguí las calles por donde pasábamos… Se había ido la luz… llegué a la casa a oscuras… mi mamá no me pegó porque al verme llegar viva sintió un alivio enorme… sólo me abrazó y me putió a gritos… a lo lejos, todavía se oían los balazos. En el radio había una cadena nacional… nadie estaba seguro de lo que estaba pasando… yo no podía hablar… andaba todavía en shock… me fui a la cama y ya ahí, sola, hundí la cara en la almohada para que ahogara mis gritos, y lloré… lloré hasta quedarme vacía de lágrimas… todo mi mundo se había derrumbado en un instante… quería estar muerta… quería estar muerta en lugar de él… quería que él estuviera vivo… y me sentía culpable por haber sobrevivido en lugar suyo…

No sé cómo pude hallar fuerzas para seguir viviendo. Supongo que fuiste vos la que me salvó de matarme… le avisé a su mamá, que lo andaba buscando desesperada… al fin lo encontró, entre los cadáveres… lo enterró sin velorio ni novenario… no estaba la situación para nada más, y ella tenía otros hijos… después vino lo bueno… cuando supe que estaba embarazada, hablé con tu abuela. Le dije la verdad, le conté lo que había pasado… lo único que conservo de él es este recorte del periódico… ahí está su foto… lo sacaron cuando salió la noticia de los muertos… es uno más entre la multitud… nadie lo conocía… era sólo alguien que iba pasando… y al que le toca, le toca… éste es tu papá, hija…

Ojalá encontremos a tu abuela… a su mamá… a lo mejor se alegra de conocerte… quizá todavía tenga el mismo teléfono y la misma dirección… las cosas han cambiado tanto… ya no reconozco las calles… la ciudad ha crecido… ¿querés que te lleve a donde cayó?… Ay, hija, no sé si voy a poder aguantar… han pasado más de veinte años… pero para mí pasó ayer… estas cosas no se olvidan…

Apagá eso… ¿querés esperar a que salga Jimmy Hendrix? No sé, en realidad no sé… nunca vi esa parte… nos salimos antes de que terminara la película.

¿Ver a mis compañeras de colegio? ¿Para qué? Todas están como yo. Todas más o menos desencantadas… éramos una generación que iba a cambiar al mundo, y mirá lo que pasó… no sé…

Sí, es cierto: mejor primero terminemos de ver a Jimmy Hendrix… tal vez se calma el agua… Cabal… Tenés razón, lo que está tocando es el himno de Estados Unidos, no había caído… Se peló… ¿verdad? Era lo que tu papá quería ver… le gustaba esa parte… Ya comenzó a llover de nuevo…

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