“Pura fórmula”, cuento de José María Peralta Lagos

Un grupo de jinetes se detuvo frente a la puerta.

—¡Buenos días! ¿Está Modesto? —preguntó uno de ellos.
—Anda trayendo un buey, pero ya no tarda —respondió una mujer—. Pasen adelante… —añadió luego—. (Corré, hijo: andá quitá las trancas…)
—¡Gracias…! Entremos, señores…

El que esto decía era nada menos que el “capitalista” del pueblo cercano, el “protector” de aquel pueblo; el paño de lágrimas de aquella pobre gente.

Los que le acompañaban eran el juez y sus acólitos, que si caballo hacían reír, pie a tierra metían miedo con sus fachas patibularias.

Iban “únicamente” a embargar aquella finca, porque Modesto, su propietario, le había dado una fianza a un cuñado suyuo, el cual le daba “cantidad de pesos” al protector del pueblo, y el plazo se había vencido.

—Apéyense…; descansen un ratito —les dijo Tránsito, la mujer de Modesto. Al mismo tiempo sacaban entre ella y sus hijas, al corredor, unos taburetes y una silla medio derrengada para el capitalista—. Siéntense, señores; descansen… —les decía la amable madre.
—¿Tendrás zacatillo para las bestias? —le preguntó este último.
—Ya van a ir a cortar, no tenga cuidado…
—Y ve: que le avisen a Modestyo, no sea que tarde mucho, porque no queremos molestarte pidiéndote de comer…
—No es molestia, don Gabriel… Ya es tarde para que vuelvan al pueblo. Les arreglaré cualquier cosita… Como avisada maté esa gallina…

Y señalaba el cadáver de una que, acabadita de pelar, colgaba de las patas en un horcón.

—¿Tendrás caldito de frijoles? ¿Sí? Con eso, unos huevitos, la gallina, cuajadita, cafecito y un pedacito de esa panela tan blanquita que veo allí, creo que los señores quedarán satisfechos… ¡Vaya con la Tancho! ¡No te entran años, mujer! Siempre tan entera… Parecés más joven…
—Cállese, don Gabriel, que estoy arruinada completamente. ¿No ve que no me acabo de componer?
—Hay que ir donde el médico, mujer… Si no, nunca te vas a curar…
—Pues si ya ve usted que con tanto atraso no se puede… Pero primero Dios, después de la fiesta vamos a ir a la ciudad…

El juez pidió un poco de agua.

—Espérese —le dijo don Gabriel—, tómela con un traguito… ¡Tanchó! ¿Qué no tenés un traguito para los señores? A mí se me olvidó poner la botella de coñá en la arganilla. ¡Tengo una memoria…!
—Debe de haber un poquito, don Gabriel; ya vengo.

La pobre mujer sacó una media botella casi llena.

—Es guarito, señor: cosa de pobres… van a dispensar.
—¡Lo mejor del mundo! ¡No hay whisky que se le compare! ¡A ver, probemos…!

Olió, vertió un poco en la palma de la mano, y paladeó.

—¡Magnífico! ¡Superior! Acérquense, señores… —bebieron.
—¡Ahí viene mi papá! —dijo una de las pequeñas de Modesto.

Modesto amarró el buey debajo de un amate, y se acercó al grupo con el sombrero en la mano.

—Buenos días, señores… —y les dio la mano a todos, empezando por el paño de lágrimas, que se había recostado en una hamaca.
—¿Y qué has hecho, Modesto? ¿Trabajando mucho? Supongo que habrás sembrado bastante tunalmil… el maíz va a valer…
—Hei sembrado algo, don Gabriel; tanteo que son ocho manzanas…
—Ajá, ¡magnífico!, ¿y tabaquito?
—Tengo unas quince tareas, señor.
—Pero, hombre… ¡debías haber sembrado más! Dicen que está valiendo… Y de cañita ¿cómo andamos? ¿Sembraste más el año pasado?
—Sembré dos manzanitas, para ajustar las cuatro…
—Debías haber sembrado más. El dulcityo parece que también va a valer…
—Primero Dios, don Grabriel, después de tanto año malo…
—¿De qué número es el trapiche?
—Es chiquito… número uno. No se hacen más que cuatro peroles…
—Debiste comprar un “número dos”.
—No me alcanzaba el pisto…
—Pero me hubieras dicho, hombre… Ustedes se lo pierden por no hablar.
—Es que no me gusta deber, don Gabriel. ¿Y se puede saber para ónde van agora?
—Pues… aquí nomás… Hemos venido a verte, y… para “llenar una formalidad”.

Modesto ya presentía algo malo: la visita del “protector” de los pobres no le parecía un buen agüero. Y desconfiado preguntó:

—¿Cuál formalidá?
—Nada… es decir, casi nada. ¡Tené calma y no pongás esa cara…! Vos sos fiador de Pascasio, tu cuñado, ¿verdad? Pues bien: Pascasio se ha atrasado… se le dieron los plazos, y no ha cumplido. Los intereses se han ido acumulando. Él puede pagar… yo creo que puede pagar, pero haciéndole fuercecita. Claro que él no te dejará colgado —¡qué te ha de dejar!—, ni lo consentiría… En cuanto sepa que la ley manda que te ejecuten, o que ya te ejecutaron, pues… no le queda más remedio que ir a pagar…

»Bien sabés que soy enemigo de estas cosas, y no tenpes idea de lo que me duele, pero la ley es la ley y la palabra es la palabra. El señor Juez, aquí presente, “creyó conveniente” ordenar el embargo de tu finca; pero ya te digo, esto es “pura fórmula”, nada más que una formalidad indispensable. ¿No es verdad, señores?

El juez y sus acólitos hicieron lúgubres signos afirmativos con la cabeza.

Modesto, lívido, hacía un hoyo en el suelo con el dedo gordo del pie derecho. La Tancho “torteaba” y paraba la oreja: la pobre temía…

—Pero bueno, don Gabriel —se atrevió a decir Modesto—, ¿no se pudiera dejar esto para mañana, mientras yo veo a Pascasio hoy mismo, y lo arreglamos entre los dos? Allí tengo un pistillo que he ajuntado para pagar una carreta; él tiene un poco de maíz, y creo que podríamos ajustar…
—Por mí… no habría ningún inconveniente, pero… la ley no es juguete. El embargo ya está decretado —fíjate: decretado— y no hay retroactivo. Los señores tampoco pueden venir de balde, vienen ganando…

»El depositario también ha venido… hay que pagarles a todos. Por supuesto que esos gastos corren por cuenta de Pascasio. En fin… todo esto es una fórmla, y vos no corrés ningún peligro. Total, cuestión de una firma… Conmigo ya sabés que no podés perder…

El infeliz Modesto bajó la cabeza y solo pudo decir:

—Pues si no se puede, no hay que hacer…
—Bueno: pues entonces, mientras la Tancho nos prepara el almuercito, vamos a dar una vueltecita por el terreno, y a hacer un inventario a “la ligera”, para garantía tuya y poderle exigir “cabalidá” al depositario.
—¿Y que no puedo ser yo el depositario, don Gabriel? La otra vez que le embargaron a don Tacho López, él quedó de depositario.
—Es que la ley exige garantías, ser persona “abonada”. Don Tachi tenía su casa par responder: era “abonado” y… cuñado del juez. No es tu caso. Además, no creo que te convenga… Podrían decir que si hiciste o dejaste de hacer; que si vendiste, o te llevaste esto o aquello, y te podría causar molestias, porque la ley es severa y terminante; y ¡recta! No te conviene… El depositario tiene que ser otro.
—¿Y a quién ha pensado su mercé que nombren?
—Esa es cosa del juez… a él le toca. Claro que ha de nombrar una persona “abonada” que nos garantice a todos… lo que nos conviene es que me nombren a mí, y así te quedás tranquilo, podés estarte aquí, al menos uno días, si la cosa se alarga; pero no será larga porque nos menearemos —eso último lo decía en voz baja, confidencialmente.

Se hizo el inventario, a la ligera, pero sin olvidar nada. Gallinas, patos, cántaros, taburetes, camas, el farol, nada se olvidó: hasta la lora fue inventariada: una lora habladora… ₡1.25.

La Tránsito, con lágrimas en los ojos, advirtió que la lora de la Chusita, su hija pequeña.

—Como ella es menor de edad —le explicó don Gabriel—, la ley en ese caso es terminante. Pero no te aflijás, mujer: si esto es “pura fórmula”.

Tomaron otros traguitos… ¿Dónde habrían comprado aquel guarito tan rico?

Almorzaron con envidiable apetito. Don Gabriel hizo prodigios con los dos colmillos, últimos restos de una dentadura que había devorado tantos pobres…

Modesto les servía con el corazón traspasado, diciendo a cada rato: “Van a dispensar”.

El humo hacía llorar a la Tancho como nunca. Los chiquillos, apelotonados en un rincón, miraban asombrados… los más chicos suspiraban por la gallina…

Rojo de indignación, el “chumpe” rondaba amenazados, lanzando estridentes gritos de alarma.

Solo la lora, burlona e inconsciente, soltaba unas risotadas insultantes. La Chus la regañaba: comprendía la pobre niña que no era aquella ocasión para reír…

—¿Sabés que está rica la cuajadita, Modesto?

En una esquina de la mesa firmaba Modesto el “acta”. Le temblaba la mano y puso unos garabatos indescifrables.

Don Gabriel fue nombrado depositario.

—¡Ya ves, hombre, qué suerte! —le decía a Modesto, dándole palmaditas en la espalda—. Todo sale bien… ¡Dejá ya esa cara de entierro…! Mientras almorzás, vamos a echar una siestecita con los señores, all+i por el trapiche, debajo de los “palos”. Y ve que les den agua a esas bestias.

»Mañana va a venir Cleto, mi mayordomo, para que disponga, y con él vendrá Juan, su hijo, para que se quede aquí. Ya te digo: ustedes pueden quedar unos días, para ver si esto se arregla pronto; pero no hay que tocar nada, porque ya ves que se hizo inventario, y eso es muy serio, aunque sea “fórmula”. Del “multiquillo” podés disponer.

»¿Quién dijo que no hay justicia por aquí? ¿Yo?, ¡pues me desdigo! SE MENEARON.

Un mes después don Gabriel entraba en posesión de su nueva finca. En sus libros figuraba con el número 17. Todas habían sido adquiridas por idéntico procedimiento.

Don Gabriel, esta vez, fue generoso. Dejó a Modesto de “mandador”; no le cobró las costas ni los gastos, y le regaló la vaca con todo y la cría.

Verdad es que la finquita valía por lo bajo tres mil persos y que la fianza solo era de doscientos, pero… “la ley es la ley”.

Pocos días después Modesto colocaba debajo del tejadillo de la puerta de su antigua propiedad, el rótulo que don Gabriel le remitió, obra maestra del mayor de sus “tres arcángeles” —así los llamaba él— Miguelito, Rafaelito y Gabrielito, chicos que prometían mucho, sobre todo aquél, que era mero curioso.

Finca “LA MISERICORDIA”
De Gabriel Garduña p.
N.º 17

Así rezaba aquella tabla, en letras gordas, torcidas y coloradas.

Naturalmente todo esto no era más que fórmula.

Para la fiesta la Tancho ya no fue a la ciudad a ver al médico: prefirió abreviar yéndose derecho al Camposanto.

La paz es con ella: el humo ya no la hace llorar.

Don Gabriel, “el paño de lágrimas” de aquella pobre gente, se portó bien: les dio veinte pesos para el entierro.

Eso sí, Cleto, el mayordomo, mañaneó con el fierro del patrón y “quemó” la vaca, y la cría también.

Todo aquello por “fórmula”, nada más que por “pura fórmula”…

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