“El anticuario”, cuento de Rolando Costa

Había recorrido la ciudad visitando toda clase de bazares: en ninguno pudo observar, ni siquiera por semejanza, una copa como la que buscaba; todas tenían algo de más o de menos por lo que adquirían definitiva rudeza.

Su insobornable búsqueda le hizo visitar los lugares más en desacuerdo con su aristocrática posición, hasta que la noche vino en su ayuda tirándolo por una callejuela nunca antes contemplada. Como si la luna solo allí mirara descubrió, de repente, arriba de su cabeza, un rótulo: ANTICUARIO. Era una vieja casa que le produjo la impresión de estar sumida en las sombras desde la eternidad.

El lugar estaba tan rodeado de niebla que no pudo encontrar un punto de referencia que lo orientara. Su empeño venció toda clase de temor que pudiera sobrevenirle y con su puño grueso golpeó la puerta que instantáneamente le mostró el interior iluminado. Al contemplar luz artificial recuperó la confianza y se introdujo contemplando una parte de la división hecha: un mostrador. Nada más. En el preciso instante de iniciar el movimiento de su brazo para golpear el mostrador se abrieron unas cortinas y apareció un viejo alto, barba y cabellera blancas y largas, piel rosada y tersa, tan consistente, que parecía que ni a cuchilladas pudiera hacérsele el más leve rasguño; ni siquiera sus blancos cabellos daban indicios de vejez. Nunca vieron sus ojos ser semejante; su sola presencia, sin gestos ni mirada, daba la certeza de estar frente a alguien terriblemente real, consciente de ello, tanto, que sin modo alguno de comunicarlo dio la plena seguridad de decir: «YO SOY. NADIE PODRÁ CAMBIAR AL QUE SOY. SOY DEFINITIVAMENTE». Acostumbrada su alma a adoptar indiferencia en los trances difíciles pronto se convenció de que quien conservaba la superioridad de los dos era él mismo; así pues, rompió el silencio hablando en tono imperativo:

—Busco una copa especialísima. Ningún vendedor de la ciudad pudo presentarla. De oro, pero tal oro que ni el más ignorante en la materia pueda dejar de reconocerlo sin dudar un solo instante; que sea liviana, de tal manera que teniéndola en la mano no me percate de su peso y que aun llena se ajuste a mi mano relajada; por último, sin limpiarla, que no conserve el más leve aroma ni sabor del líquido en ella escanciado; por lo demás una simple copa.

El anciano, con voz firme y rebosante de juventud, al tiempo que bajaba la mano, dijo:

—Solo tengo de una clase… —y puso sobre el mostrador una copa finísima, transparente, como hecha para sobrevivir al mundo en un trozo de luna. Esa idea surgió en su mente y las palabras siguientes del Anticuario le parecieron, por un segundo, de una alegre pero extraña verosimilitud—. Esta copa está hecha con luz de luna. Viertas en ella lo que viertas tendrás el mismo sabor de siempre; su peso es el límite de fuerza de quien la sostiene; cuando la tomas sientes llenarte de fuego, si la abandonas de frío.

No pudo decir nada. Pasmado, sin poder acusar de loco al Anticuario por la evidencia de una tremenda lucidez, este hombre se marchó desesperando.

En vano rodeábase de placer; en los insomnios aquella compa plantábasele entre ceja y ceja. En el día una fuerza extraña lo arrojaba a los rincones; a donde fuera veía esa copa, absolutamente desposeída de particularidades, toda esencia, la copa de las copas, y sin embargo, sobrenaturalmente real.

Esperó la noche. Desembocó en la callejuela. Esta vez se abrió la puerta sola sin llamar a ella. Tras el mostrador el sorprendente anciano preguntó sereno y cierto:

—¿Vienes por ella?

Entró a la habitación respondiendo con la cabeza.

—Pues aquí la tienes.

La tomó ávidamente, la apretó contra su pecho y se dio vuelta rápidamente para salir, pero sin explicárselo y sintiendo en su espalda la poderosa mirada del anciano volvióse para preguntarle trémulo:

—¿Tiene una camisa?

Respiró por fin con normalidad y, adoptada su indiferencia de costumbre, prosiguió:

—Sí, una camisa, pero extraordinaria. Que cuando haga frío me dé calor y cuando calor frescura; que jamás pueda adherirse a ella materia extraña y sea de hilo fuerte, irrasgable.
—No, pero tengo esta —y bajó su mano—.

¡No, otra vez! Esa camisa era insoportable, apenas percibíase de tanta claridad. ¡Pero era tal su innegable consistencia! Sintió deseos incontenibles de ponérsela aún sabiendo que sería para él una tortura. Habló gritando:

—¿Esa? ¿Para qué?
—Es de aire y de mar. Con ella te sentirás desnudo; todo llegará a torturarte y, sabiendo que tienes una camisa, la camisa verdadera, serás feliz. Tómala.
—¡Sí! ¡No! ¡No quiero! —y corrió desesperado—.

No salía de casa. Sediento siempre bebía en la copa lo que fuera. ¿Qué más le daba? Ese sabor dulce y amargo lo perseguía y así mismo el prurito de beber en la copa y mientras más bebía más aumentaba el deseo febril de ponerse aquella camisa; no podía apartarla de su alma, era imposible… Volver a casa del Anticuario fue la única solución, de lo contrario al ver al mundo comenzaría a gritar sin saber por qué.

Al oscurecer arrastró su cuerpo en la noche y no se detuvo hasta llegar frente al Anticuario.

—¡La camisa! ¡Pronto! —suplicó febril—.

El anciano se la entregó. En un instante la tuvo puesta.

—¡Qué bien! ¡Qué desnudo estoy! ¡Qué frío y qué calor! ¡No importa! ¡Pero qué bien!

Se puso serio de repente. Fue un segundo. El entusiasmo lo invadió de nuevo.

—¡El cuchillo! ¡Démelo!
—¿El cuchillo de luz?
—¡Sí!
—El que solo corta sombras
—¡Ese! ¡De prisa!
—Toma.

Cuando lo tuvo en las manos lo besó desesperado y al levantar los ojos observó por primera vez la sonrisa del Anticuario. Era todo sonrisa. Una sonrisa que le decía: «Ya sabes; ve y hazlo». También sonrió, como nunca, y le pareció ser él quien estaba tras el mostrador. Y no vio más. La sonrisa y ¡hazlo! Era todo cuanto inundaba su alma; corrió lo co de alegría…

Se detuvo y contempló sonriendo el panorama de luna frente a sus ojos: ¡Todo estaba bañado en su luz! ¡Todo lo cautivaba como la copa!

De pronto un dolor a pinchazos, cabalgante, lo invadió: una sombra violácea venía a su encuentro. Dio un grito agónico y se abalanzó sobre ella, cuchillo en alto; la apuñaló con saña, pero fueron llegando más y más sombras y él apuñalándolas; más y más grandes y apuñalándolas, encaramado en sus lomos cada vez más pequeño; jadeaba, desfallecía, no podía terminar con ellas; más y más sombras, más y más puñaladas… gritaba…

—¡Anticuario! ¡Anticuario! ¡Ya no puedo! ¡Anticuario! ¡Voy a destruirlas! ¿Por qué son tantas, Anticuario? ¡Anticuario! ¡¡Me muero!!

Y así gritando, con aquella sonrisa en el alma, febril, gatuno, dando puñaladas a la niebla, subido en sus espaldas como en un potro, se perdió en ella…

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