“Las ondinas”, cuento de Rafaela Contreras Cañas

Tres eran y llamábanse Coralina la mayor, Espumina la segunda y Perlina la menor.

Vivían allá en el fondo del mar y como eran demasiado jóvenes aún, no habían salido de su gruta.

Era ésta inmensa y aunque por fuera no se veía sino la roca cubierta de pequeños mariscos, de arenillas y algas, por dentro era un verdadero palacio.

La parte superior y que servía de techo a la linda morada de las ondinas, estaba como tapizada de perlas, corales, conchas y cristales. El suelo era de la más fina arena, en la cual se veían brillar como las estrellas en el cielo, pedacitos de coral, piedras preciosas y arenillas de oro.

A Coralina la llamaban así porque vivía sentada, como en un trono, sobre una rama de coral.

Espumina porque vivía en una concha que la reina de las ondinas le formó para que descansase, tocando con su carilla las espumas.

Y Perlina, porque acostumbraba encerrarse con las perlas, en el estuche de la ostra, de lindo nácar. Además, llevaba en la cabeza una diadema de blancas perlas. De allí le venía su nombre.

Un día, sentadas las tres juntas, decía Coralina a sus hermanas.

—Yo, que soy la mayor, veré primero el mundo, y cuando lo conozca bien, os diré si debéis o no conocerlo vosotras.
—¿Y cuándo irás?—, preguntaba Espumina ansiosa.
—Pronto, muy pronto.
—¿Por qué no ya?
—Porque soy muy joven y me falta el valor. ¡Hablan tanto del mundo!
—Oh, si yo estuviese en tu lugar, Coralina, me iría ya. ¡Tengo tantos deseos!
—¿Irías en mi lugar?
—¡Pues ya lo creo! Yo no tengo miedo.
—¿De veras dices eso?
—Sí, y si no vas pronto tú, me iré yo.
—No, Espumina, iré, yo te lo prometo.
—¿Cuándo?
—Mañana.
—¡Bravo!— dijo ella, batiendo palmas.

Al siguiente día, cuando el sol iba ya a aparecer en el horizonte, cuando se percibían ya los rojos trazos sobre el lecho de nubes nacaradas que recibiendo la primera luz, esperaban como un trono vacante, Espumina y Perlina abrazaban a Coralina que, ataviada regiamente, se preparaba para salir por primera vez de su gruta y ver el mundo, aquel mundo que no habían visto aún sino en sus sueños de ondinas.

Salió, pues, fuera de la gruta y llegó cuando el sol lanzaba sus primeros rayos, junto a una roca en la cual se sentó, contemplando desde allí la ciudad con sus hermosos palacios, sus soberbias torres, sus espléndidos jardines y sus deslumbradores trenes.

Cuando la hubo contemplado a sus anchas, fuese largo de allí, pero no tanto que no la viese de lejos cuando ya empezaba a despertar.

Pasó así del día, viendo todo el movimiento de aquel oleaje humano, oculta en una roca muy inmediata a la playa.

Por la tarde, cuando ya el sol iba desapareciendo en el horizonte y las primeras sombras crepusculares bajaban a la tierra envolviéndola, venía por la playa un hombre, el primero que veía de cerca, con la cabeza inclinada sobre el pecho y caminando muy despacio.

Detúvose casi frente a ella y se sentó en una peña, teniendo entre sus manos la cabeza.

Luego la levantó y tomando la cítara, que llevaba consigo, empezó a cantar acompañándose con ella, una canción sumamente triste, pero también muy dulce.

La ondina, que por primera vez veía un hombre y por primera vez escuchaba una canción, cuando concluyó él, salió de la gruta y presentándosele de improviso, le dijo:

—¿Por qué cantas con tanta tristeza?
—Porque sufro—, contestó él.
—¿Cuáles son tus penas?
—He amado a una mujer y ella, pérfida, me engañaba.
—¿Son así las mujeres?
—Sí.
—Entonces, ámame a mí, que no lo soy y que sin embargo soy tan o más linda que ellas.
—¿Quién eres tú?
—Soy una ondina
—¿Cómo te llamas?
—Me llamo Coralina.
—¿Coralina? Oh, por cierto que no serán tan rojos los corales como tus labios.
—¿Te parezco bella?
—Como un ángel.
—¿Y me amas?
—Amarte aún no, pero sí te contemplo con un placer inmenso; ¡eres tan linda!

Volvióle ella la espalda y entróse en la gruta, dejándole admirado y asustado.

Al siguiente día por la tarde, tornó él al mismo sitio y pulsando de nuevo la cítara, cantó, pero la ondina no salió.

Y vino él de este modo tarde a tarde, y la ondina no pareció más.

Entonces cantó llamándola y jurándola amarla siempre.

Al tercer día de llamarla de este modo, Coralina apareció de nuevo y acercándose le preguntó:

—¿Me amas ya?
—Con toda mi alma. ¿Y tú?
—Siempre te amé.
—¿Desde cuándo?
—Desde que te vi.
—¿Y por qué no venías?
—Porque no me decías que me amabas.
—Y ahora que ya lo sabes, ¿vendrás siempre?
—Sí, siempre.

Todas las tardes cantaba él y ella venía enamorada a escucharle.

Un día le dijo él:

—Mira, Coralina, yo te quiero ver fuera del mar, como las mujeres. Ven fuera y juntos recorreremos el mundo y nos amaremos siempre y serás mi esposa. ¿Quieres?
—Sí, lo quiero porque tú lo quieres, pero no podré salir de aquí sin permiso de mi reina. Iré a buscarla; la pediré me haga mujer y entonces volveré y nos iremos lejos, donde quieras.

Accedió él y ella desapareció en el abismo, quedando tan sólo algunas blancas espumas que en breve desaparecieron también.

Cuatro días después, cuando él cantaba en la playa, abriéndose las aguas y Coralina surgió como una visión y se dirigió a la playa, a donde llegó en seguida, yendo a sentarse al lado del cantor.

—¿Eres mujer?, le preguntó asombrado él.
—Sí, ya lo soy, le contestó.
—¿Y cómo?
—Has de saber que la reina de las ondinas, que es madrina de mis hermanas y mía, nos tenía prometida una gracia, cualquiera que ésta fuese. He ido a buscarla a su palacio y allí, junto a su trono de una sola perla, me arrojé a sus pies y le pedí me hiciera mujer.

Accedió ella y llamando luego a Selín, —un enorme y pícaro pez de los que están a sus órdenes—, le mandó me trajera aquí, pues siendo ya mujer podía se devorada por los monstruos. Sentada sobre Selín vine hasta aquí, y aquí me tienes ya mujer, ondina nunca más. ¿Estás satisfecho?

—Sí, vámonos. En breve te haré mi esposa y te llevaré orgulloso por el mundo, que te contemplará atónito.

* * *

En vano esperó Espumina el regreso de Coralina. No volvió más.

—No hay que dudarlo, —decía entonces a Perlina—, nuestra hermana debe estar tan contenta, ser tan dichosa, que se ha olvidado de nosotras. Debemos ir también y ver lo que ella no se atreve a dejar ni aun para venir a vernos. Lo que soy yo, estoy dispuesta y mañana me lanzo fuera de aquí, para ver ese cielo que se refleja azul aquí en el mar, esas estrellas que vemos como ojos de fuego a través de las aguas, y ese mundo, en fin, que me imagino a veces como un paraíso donde sólo se pisan flores y polvo de oro; y otras como un montón de escombros y guijarros que destrozan los pies y entre los cuales quedan jirones de las ricas vestimentas.
—¿Quieres venir conmigo?
—No, hermana, no voy. Anda tú; y si ese mundo es el paraíso que dices, no seas como Coralina que nos olvidó. Despréndete un momento de la felicidad que goces y ven a llevarme.
—Te lo prometo, hermanita. Además, eres muy joven y es mejor que esperes aún. Tienes razón en no seguirme.

Al siguiente día Espumina besó en la frente a Perlina, le dio un estrecho abrazo, y abriendo la puerta de la gruta, se lanzó en plena mar, yendo por una rara casualidad a parar a la roca donde Coralina permaneció encerrada antes de conocer al cantor.

Allí sentada estuvo todo el día esperando que viniese la noche que la ocultara y entonces iría casi hasta la playa y vería bien cerca la ciudad iluminada por el gas dorado y oiría hablar a las gentes y nadie sabría que ella estaba allí.

Recostóse, pues, sobre la fina y blanquizca arena que había entre la roca y durmióse esperando la desaparición del sol y la venida de las sombras.

De repente, dormida aún, parecióle escuchar allá a lo lejos, una canción triste, muy triste, que más que canción parecía un lamento; pero eran tan dulces y tan sentidas las notas que producía el instrumento, aún no conocido para ella, que se estremeció y despertó.

No era aquello un sueño, era en verdad la voz de un hombre y las armónicas notas de una cítara, pulsada por una mano maestra.

Salió de la gruta y como impulsada por una fuerza magnética, lanzóse en busca del cantor, que estaba cerca, en la playa, sentado sobre una peña que las aguas besaban sin cesar.

Llegóse a él sin que la viera y tocándole el hombro, dijo sonriéndole:

—¿Por qué de esa manera te lamentas?
—Porque me ha engañado una ondina que por mi amor según me dijo, se hizo mujer.
—Vamos, cuéntame toda la historia.
—Es muy sencilla. Una mujer a quien yo amaba me olvidó por otro. Entonces yo, triste, muy triste, tomé mi cítara y aquí, lejos de la ciudad, que tal vez se burlaría de mi dolor, vine a contarle mis penas al mar.

Una ondina oculta entre esas rocas me escuchaba, y atraída por la música, salió, me vio y me dijo que me amaba.

Yo me enamoré loca, ciegamente de ella y le rogué viniese fuera, y juntos, mi esposa ella, su marido yo, que nos fuésemos por el mundo.

Consintió ella y entrando al fondo del mar, fue a pedir a su reina la hiciese mujer.

Tres días después la vi aparecer. Salió fuera del agua, me tomó de la mano y me dijo:

—Ya podemos irnos. Soy mujer, ondina nunca más.

Yo, trastornado de gozo, me la llevé y la alojé en un palacio y le di flores, oro y pedrería y esclavas que cantaban o tocaban para dormirla.

Iba en breve a llamarla mi esposa, pero asomada un día al balcón, vio pasar a un hombre que vestía con más lujo que un príncipe y que montaba un soberbio caballo. Se enamoró de él y él, que la vio más linda que un sueño, la amó también.

Un día la fui a buscar y sólo encontré a las esclavas, que lloraban angustiadas por el desaparecimiento de su señora.

¡Había huido abandonándome, a mí, por quien se había hecho mujer!

—Ya que lo había sido, fue como todas: variable y pérfida. Desde entonces, me propuse no volver a amar, pero triste, muy triste, vengo todas las noches a cantar aquí.
—¿Cómo se llamaba la ondina?
—Se llamaba Coralina.
—¡Mi hermana!
—Ah, ¿era tu hermana?
—Sí.
—Debe ser cierto, pues eres tan divinamente bella como Coralina.
—Y tú, ¿cómo te llamas?
—Me llamo Armando.
—Qué lindo nombre.
—¿Te parece?
—Sí, tan hermoso como tú.
—Ah, si así fuese, no me habría olvidado tu hermana.
—Te olvidó porque fue mujer… Yo no te olvidaría nunca.
—¿Las ondinas no olvidan?
—No. Ellas no pueden amar sino una sola vez.
—¿Me amarías tú?
—Te amo.
—¿Cómo te llamas?
—Espumina.
—Menos blancas que tú son las espumas. Eres en verdad muy bella.
—¿Tanto como qué?
—Como un sueño de ventura.
—¿Me amarías?
—No, porque al ser mujer, me dejarías de amar como tu hermana.
—¡Oh! Entonces no seré mujer. Vente tú conmigo y te amaré por toda una eternidad.
—Yo soy humano y no puedo entrar en ese abismo.
—Le pediré a mi reina me conceda tu entrada al fondo del mar, allá donde tenemos nuestro palacio.
—¿Quieres?
—Sí.
—¿Y me amas?
—Sí.

Hundiéndose ella en las aguas y Armando con la mirada fija en el punto donde la vio desaparecer, se preguntaba si había sido un sueño todo aquello, o si era cierto que hubiese visto aquella ondina del mar.

A los tres días, lo mismo que su hermana, apareció Espumina.

—¿Y bien?—, dijo al verla Armando.
—¿Vas a seguirme a mi palacio?
—Me ahogaré en el mar.
—No, la reina me ha dado esta perla—, dijo mostrándola.
—¿Y para qué?
—Vas a bebértela disuelta en agua.

Tomó luego un poco en su mano y puso dentro la perla que quedó disuelta en el acto.

Entonces acercó la bebida a los labios del cantor y le dijo:

—Bebe.

Obedeció él y tomó el brebaje en la linda mano de Espumina, que en seguida le dijo:

—Ahora vamos, ya puedes, lo mismo que nosotras, ir por el mar.

Tomole de una mano y atrayéndole, se lanzaron juntos en aquella inmensidad.

* * *

Perlina, que la había visto llegar con aquel hombre a quien amaba, la abrazaba poco después, un día, y enjugaba sus lágrimas.

—Pero, ¿por qué lloras, mi buena Espumina? ¿Qué tienes? ¿No eres feliz?— le preguntaba.
—Soy bien desgraciada.
—¿Por qué? ¿Qué te falta?
—El amor de Armando.
—¿Ha muerto?
—No, pero ha dejado de amarme y me ha abandonado por una sirena.
—¿Cómo ha sido eso?
—Ay, Perlina, el que lloraba porque dos mujeres le habían olvidado, halló consuelo en mi amor y me lo traje aquí.

No cantaba, no tocaba, vivía contemplándome y yo a él.

Pero un día tomó su cítara que trajo consigo, y acompañándose con ella, empezó a cantar con su dulce voz, que temblaba de amor.

Las ondinas y las sirenas vinieron a escucharle y yo, llena de orgullo, las miraba a todas y todas envidiosas me miraban a mí.

Tarde a tarde tocaba y cantaba él y así veía llegar a una sirena, de quien por fin se enamoró y por ella me olvidó a mí.

Y ahora escucho su hermosa voz y las notas de su cítara, allá a lo lejos, en la gruta de las sirenas.

Ah, hermana mía, ¡cómo son los humanos de imperfectos! Tienen en vez de corazón una veleta que gira constantemente. Los hombres se quejan de las mujeres y las mujeres de los hombres. ¡Todos son iguales! Y la pobre ondina lloraba amargamente su desventura y estaba triste y no hablaba, no cantaba, ni reía.

Muda siempre, vivía metida en su concha.

Un día salió Perlina a visitar a la reina y al volver vio en la concha el cuerpo de su hermana que acababa de morir y que empezaba a deshacerse en espuma blanca y fina.

Al poco rato se formó de aquella espuma una linda concha.

Lloró la pobre Perlina, ya sola, mucho, mucho y por largo tiempo, las desgracias que a sus hermanas había ocasionado el mundo.

Un día oyó grandes gritos, mucho ruido, muchas risas: abrió la puerta y preguntó lo que sucedía y una linda ondina muy niña aún, le contestó:

—Es que Armando, el hombre que canta y toca la cítara y a quien amó tu hermana, ha olvidado a su sirena y se ha enamorado de otra; pero aquélla, que es muy lista, se ha quejado a la reina, que irritada por el desorden y las desgracias que ha causado el cantor, ha mandado que le saquen otra vez a la tierra.

Todos corren tras él y le van sacando fuera, después de castigarle fuertemente, lo que nos ha hecho mucha gracia.

Cuando salía Armando, vio una mujer que se lanzaba al mar y que vino a caer rodando en medio de todas las ondinas, que gritaron casi a un tiempo:

—¡Coralina!

Al oír el nombre de su hermana, volviese asustada Perlina y vio ciertamente a una mujer muerta, que no era otra que Coralina.

Después de enamorarse de aquél que pasaba frente al balcón de su casa, huyó de allí por seguirle y con él se casó. Pero él, que pronto se aburrió, se fue un día y no volvió.

Entonces, desesperada, vino a la orilla del mar, subióse a una roca y a tiempo que Armando salía, se lanzó al mar a morir.

Perlina recogió aquel cuerpo querido y yendo frente a su soberana, la pidió, llorando, se compadeciese de su pobre hermana.

Consintió y tocando con su varilla la ondina muerta, convirtióla en una perla negra.

Luego volvióse a Perlina y la dijo:

—Mi buena niña, ahí tienes a tu hermana convertida en perla negra, en memoria de lo mucho que ha sufrido y de las negras nubes que empañaron en el cielo de su felicidad.

Pocas serán las perlas como ésta, muy escasas; y para castigar a los hombres, causa de tantas desdichas, les haré sentir un deseo ardiente de poseerlas y grandes trabajos para adquirirlas.

—¿Estás contenta?
—Sí, señora, y os quedo agradecida.
—¿Y tú no me pides la gracia que te tengo prometida?

Meditó ella y luego le respondió:

—Mañana vendré a pedírosla.

Después se alejó llevando la negra perla querida, a la concha blanca donde ella se ocultaba.

Entonces con la cabeza entre las lindas manos, habló sola en alta voz:

—Mis dos hermanas han muerto, —se dijo— y es el mundo la causa de su muerte.

¿Me habré de exponer yo del mismo modo a sufrir y a parecer como ellas?

¿El amor, ese bien que todos los seres ansían, es acaso la felicidad?

Allá en el mundo son muy pocos los felices, porque en el corazón de los humanos se agitan diversas pasiones, mezquinas unas, grandes, muy grandes otras, que destruyendo la pureza primitiva del amor, la reducen a vil interés unos, a vanidad otros y otros en fin a una simple distracción.

—¿Habrá alguien que sienta el verdadero amor y como tal imperecedero, grande inmenso?

Sí, el amor existe así, en los seres cuyas almas llegan a unificarse y que así, juntas, se lanzan a la región del ideal en donde moran. Sólo así es duradero y firme y aún llega a tener algo de divino.

Pero, ¡ay!, ¡trae tantas amarguras consigo, si por una casualidad nos engañamos!

* * *

Al siguiente día fue Perlina ante la reina y le dijo prosternándose a sus pies:

—Reina y señora, yo vengo a solicitar a mi vez la gracia que me tenéis prometida.
—Habla, ¿qué quieres?— le preguntó ella.
—Quiero, señora, ser hada. Hada de las perlas.
—¿Y qué harás con eso?
—Oh, ¡aún no he concluido! Quiero ser hada de las perlas, es decir, la guardiana de ellas. Pero quiero también, señora, que todas las lágrimas que el amor puro y verdadero haga verter, se conviertan en blancas perlas que yo guardaré en mis dominios.
—Bien, hija mía, desde este momento tienes todo lo que deseas, contestó poniendo sobre la cabeza de la linda ondina la diadema, y en su mano la varilla, símbolos de su dignidad.

Y desde entonces la dulce hada Perlina recoge las lágrimas de los amantes y las guarda, haciendo de ellas coronas para los que, débiles, sucumben a una pasión real.

Stella

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