“Amater Amabilis”, cuento de Francisco Andrés Escobar

Valerio Martínez había nacido en una de esas noches en que la luna tienen forma de uña de fantasma errante. Por tanto, vino con los ojos cargados de miedo y con el alma helada y sacudida por temblores oscuros. “Nació movido”, dijeron las viejas terrosas que fueron a ayudar el parto gritando salves y alabanzas. Y la voz se corrió por todo el pueblo: el hijo de la Octavia Martínez había nacido movido.

Y pasaron muchísimas lunas; y Valerio Martínez siempre estuvo movido, con los ojos bailones y la lengua como un atrapamoscas, blanca, pastosa y apuntando hacia adelante como para equilibrar la cabeza que se quería ir hacia atrás, a meterse en una oscuridad sin fondo.

En una de esas lunas le vino la urgencia de conocer mujer. Sitió como si una agua tibia se le metiera entre las piernas y le llegara hasta una parte de su cuerpo que hasta ese momento sólo le había servido como centro de gravitación. Los ojos se le pusieron más bailones y la lengua se le fue más adelante. Un día lo encontraron acostado boca abajo, haciendo los movimientos de un perro en celo. Entonces su madre se preocupó. Tuvo miedo de que al movido se le agrandara la desgracia y decidió buscarle mujer:

II


En aquellos días había llegado al pueblo, quien sabe desde de donde, una mujer que alquiló una casa vieja detrás de la parroquia y se hizo conocer como Dolores Montalvo. Se corrió el rumor de que era mujer “de la vida alegre” y los hombres empezaron a visitarla.

Las mujeres temían pasar por la acera de la casa de la Dolores. Había allí una especie de hálito indefinido. Era difícil decir si provenía de las vibraciones de la mujer, o de las maldiciones de las amantes o las novias engañadas que, una vez escupidas, se quedaban saltando en forma de babas tintas.

Fue la Dolores en quien pensó la madre del movido. Pudo más el temor a que terminara de desgraciarse que la aprensión de entrar en el vaho amarillo titilante de la casa. Y una tarde se fue hacia allá, toda envuelta en crespones negros, encorvada, como queriendo quedarse pegada a las paredes. Cuando sacudió el aldabón de la puerta miró hacia todos lados, como si el ruido pudiera haber despertado a muchos vivos y a muchos muertos. Y se metió corriendo, agazapada en sus lutos, cuando la puerta aulló y la Dolores le dijo: Entre.

Se hizo el trato: algún dinero y algunas tabas por unas horas de amor para el movido. Después salió, siempre enrollada; y se fue a su rincón caminando ligerito. Allá le repiqueteó la conciencia. Tuvo remordimientos, sobresaltos; pero toda aquella cosa turbia se asentó por la esperanza de que al hijo no se le hiciera más oscura la desgracia.

III


Dos noches después el movido se fue a lo de la Dolores y se quedó con ella largas horas enredándosele en el cuerpo. Pero el impulso era fuerte, bestial, como si miles de movidos hubieran querido expresarse por su sexo. Entonces, hacia las primeras horas de la madrugada, salió corriendo cerros abajo, tropezándose con duendes y con fantasmas retrasados. Buscó un árbol a la vera del río y allí se quedó, botando la vida solo, con la furia de mil vientos.

Al caer la tarde, unos guardias que hacían la ronda lo llevaron a rastras al pueblo. Lo metieron a la cárcel, a un oscuro calabozo; y allí se pasó la noche, con un correón de agua golpeándole la cabeza.

Por la mañana lo encontraron verde, como un lechugón marchito. Tenía los ojos bailones y la lengua más salida, con un color de viento malo.

La Octavia lo fue a sacar. Pagó unos pesos por la multa y se lo llevó despacio, como andando contra el tiempo. Todos en el pueblo lo vieron pasar y murmuraron: “está loco, pobre movido, hoy siacabó diarruinar”.

A la madre le bailaban las palabras y le pateaban los oídos; pero se hacía la sorda. Al fin y al cabo, algo allá bien dentro le decía que no había más remedio; y el presentimiento de algo frío, cercano, indefinible, le escorcía los más recónditos huecos de la vida.

El movido se fue poniendo cada día más verde, como si hubiera enjutado las entrañas. Y tomó la costumbre de comer hojas de savia, tierra blanca y de beber agua chilatosa, de esa de los pantanos que tiene mucha lama. La Octavia lo sacaba a pasear y era como un enorme buey verdeazulado, al que la gente temía al solo hecho de mirarlo.

De tanta soledad y tanto verde a la Octavia también se le iba encarrujando la vida. En poco tiempo se puso pálida y flacucha como ánima raquítica. Con su vestido negro y el rebozo quemado por incontables soles, parecía un fantasma confundido al que batían el viento. Y así se fue encorvando en su esqueleto y en su pena.

IV


En esos lados a las tormentas se les enreda el pelo en los breñales y sólo pueden sacar la cólera resoplando con furia. Entonces se levantan polvaredas que resecan los ojos de las bestias y se meten por los dientes hasta el alma. Detrás de los cerros se ponen telones oscuros y los truenos gritan como carcajadas siniestras. Después llega la lluvia despiadada y se mete con beso lúbrico en todos los rincones. Y mientras el agua se desploma sobre los pobres ranchos, el huracán se ríe de las casuchas que se sacuden en colusiones lastimeras.

En una noche así el movido se le perdió a la Octavia. Ella salió al patio a recoger la ropa hilachosa que pretendía irse de brazo con el viento. Cuando al mísero cuartucho, la puerta se sacudía delatando la carrera del movido. La Octavia lo llamó y empezó a correr enloquecida por las callejas del pueblo convertidas en chagüital enorme. Tocó a cada puerta y en todos lados le respondieron con lento mover de cabeza, como el que hace el badajo cuando la campana llama a duelo. Entonces sintió que aquel presentimiento helado de otros días le agujereaba adentro y corrió cerros abajo, atropellada por el vendaval, en una loca búsqueda del río. Su figura negra, encorvada, un chupón de trapos negros, se volvía tétrica cada vez que los relámpagos reventaban la oscuridad. Y su grito era más fuerte que el trueno, porque ya no gritaba la mujer, sino la bestia solitaria a quien han arrancado la cría.

El río golpeó con su estruendo. La corriente, furiosa, estrellaba pedruscos y armaba remolinos oscuros, insondables. La maleza arrancada más arriba se movía como esqueletos de pescados enormes.

La Octavia se paró en una orilla alta hasta donde no llegaba el crespón turbio de las aguas. Intentó ver a través de las sombras y de los claroscuros de los relámpagos. Allá en una isleta formada por enormes peñones, estaba el movido, bailándole los ojos, temblando de pavor y frío, poniéndose más verde. Lo llamó con gritos que se le fueron desde el lugar más hondo de la entraña. Pero el río tenía más fuerza y gritaba más, opacándole sus voces. Entonces se tiró a la corriente y semiquebrada llegó hasta el borde de la isleta. El movido la vio, le bailaron los ojos de miedo y esperanza, y se lanzó también a la corriente. Por un momento sus manos se unieron. La mujer lo apretó con la furia de la vida que reclama otra vida; pero un remolino negro se les metió entre ambos y el movido se hundió, mirando a la mujer con sus ojos que solo esa vez no estuvieron bailones. Su cuerpo verde, de alcachofa seca, se mezcló en la furia negra de las aguas.

Toda la noche estuvo la mujer amontonada, sentada en la isleta, con la lluvia entrándole en las carnes. Cuando las aguas bajaron, fue saliendo poco a poco y se quedó largas horas en la orilla, sobre un tronco enorme abandonado. Sólo al llegar otra noche caminó para el pueblo.

La vieron pasar encorvada, con una palidez de muerte andante, musitando oraciones o lamentos. Nadie le dijo nada. Se metió en su casa y en su pena y allí estuvo refugiada mucho tiempo.

Volvieron a pasar muchas lunas en la vida de la Octavia Martínez; y ella siguió en su encierro, mascando su dolor, apegada al recuerdo del lechugón ahogado. Entonces llegaron las memorias, las viejas memorias de días carcomidos. Y se vio enamorada, floreciendo a la vida, entregando sus briznas de rudo cariño a Odilón Fantoche, el valiente de aquellas soledades que solo perdió una lucha: la que libró contra la muerte, porque un día cayó vomitando ligas negras y lo levantaron para volverlo a acostar en tierra reseca. Recordó que en esos días se sintió muy sola, como árbol trasplantado, y que la única compañía fue una pequeña esperanza: la llegada de la cría que iba a perpetuar su pasión tempranamente cercenada. Una noche nació el hijo; pero vino al mundo medio feo y medio tonto; sin embargo lo amó, como se ama todo aquello que concentra los recuerdos o que trae la paz.

Y las memorias llegaron.

La gente tomó la costumbre de visitar a la Octavia en silencio. Dejaban en el patio, desierto y polvoso, alguna comida para que la pobre enjutada no se le apagara la vida. Así fueron pasando los días hasta que ella también se fue poniendo verde, como si el movido hubiera regresado de lo oscuro y la hubiera pintado con su color de muerto.

V


Camino a la montaña, delante de los cerros, vivía Guedón, el hombre medio brujo y medio loco, curandero de tres cuartos de siglo al que la gente acudía para quitarse sus miserias. Allí iban para sacarse sapos o para poner salamandras en el vientre. Por eso el viejo vivía en un rancho vencido, deshilachado y sucio, rodeado de alimañas, amuletos y brebajes.

La Octavia pensó en él una de las tantas noches en que atisbaba caminos. Los días le habían asentado la pena; pero entonces empezó a bullirle la venganza. Fue como si el dolor inmenso se hubiera trasformado en un cimiento duro, terrible y a partir de allí empezó a gestarse la revancha.

Y se fue a lo de Guedón. A contarle el martirio, a hablarle de aquella soledad friolenta en que el río la sumió cuando le arrebató al movido. Y le pidió venganza contra el río. Una venganza atroz que rompiera la entraña de las aguas y rasgara sus nieblas y sus brumas.

El viejo escuchó sacándose legañas de los ojos y musitando extrañas locuciones. La mujer terminó su quejumbre y se quedó en el vilo de la espera, interrogando al brujo por los ojos, exigiendo un brebaje, pidiendo alguna fórmula de infierno para matar al río.

Cuando dejó a Guedón, llevaba a una tutuma con líquidos viscosos en el fondo. Salió casi reptando, como cantil maldito, y empezó a caminar cuesta arriba, buscando el nacimiento de las aguas.

Pasó todo el día enredada en chiribiscos, hundida en los vahos calientes, desafiando las horas, con un deseo loco de venganza que le palpitaba en los hondanares de su cuerpo estrangulado. Y caminó y camino, hasta que los pies le reventaron y, aún sangrante, siguió subiendo, pegada al costado del río, buscándole la entraña.

Solo hasta que espesó la noche pudo llegar a nacimiento de las aguas. Era un ojo cristalino que reflejaba la niebla argentada de la sombra. Tenía mucha inocencia y mucho amor que poco a poco, a medida que las aguas se internaban en la comarca, perdía los fulgores, el esplendor para convertirse en una costa turbia.

Mirando aquel ojo, la entraña de la Octavia se llenó de un odio amargo, espinoso. El odio de la soledad la mordió más en el alma, el recuerdo del movido le vino clarito y la desesperación de no tenerlo con ella se le hincó en la vieja carne macerada.

Entonces levantó sobre sus brazos la tutuma plena de líquidos viscosos y, como en un rito de maldición y rabia, vertió el brebaje en las aguas. Batió con sus manos secas las entrañas del pozo, riéndose furtivamente y musitando palabras raras, versículos de oraciones funestas, hasta que poco a poco el ojo se fue poniendo triste, nublando, como lágrima inmensa.

VI


Los campos están secos, profundamente secos. Exhalan un vapor caliente, de resaca; y respiran con dificultad como si estuvieran muriéndose. La muerte cunde en la comarca. Han bajado los buitres a devorar la carne fermentada y a cebarse en los huesos. Bestias y pastizales se hundieron en una fiebre negra, temblorosa, que vino desde el río y se metió en las venas de la tierra, de las bestias y los hombres.

Desde una mañana en que el río se puso chilatoso y amargo las cosas empezaron a morir. Las primeras fueron las flores. Después los pastizales, mariposas, arboledas… hasta que el vaho gris apretó el cuello de aquellas soledades.

En el pueblo la gente primero estuvo sorprendida, luego anonadada. Abrieron el vientre estéril de la parroquia añosa y un San Sebastián carcomido recorrió la calle mayor en procesión de rogativa por la lluvia que lavara al río. Cantaron letanías, alabados gangosos cargados de temor y esperanza. Después quisieron llamar a un cura; pero nadie tuvo valor de ir hasta allá. El último que estuvo se perdía en el recuerdo. Enseñó el catecismo a los abuelos, improvisó motetes, dijo cientos de misas y se murió de una muerte muy rara: le nacieron espinas en la piel y en los ojos le anidaron golondrinas. Nadie quiso volver.

Entonces se desesperaron. Quisieron dejar el lugar; pero tenían muchos soles y recuerdos para aventurarse a partir con el alma vacía. Erraron entre el dolor y la duda. Hasta después pensaron en Guedón. Fue como un luzazo milagroso que les hizo renacer la esperanza.

Una tarde todos los hombres y mujeres, arrastrando a sus crías, se fueron a ver al brujo. La Octavia se quedó saboreando la revancha. La había saboreado muchos días y, aun cuando el cuerpo se le empezaba a resacar, estaba para aplacarle el dolor de las entrañas.

El viejo recibió a la gente con danzas y con ritos. Hizo sumerios, invocó la presencia de los vientos, clamó a la tierra y a su vientre enorme y abogó por la lluvia y por el fuego. La gente regresó con esperanzas a sus chozas casi muertas. El brujo se quedó tembloroso, esperando algo enorme.

Aguardaron un día. Los vientos no llegaron, ni hubo lluvias, ni fuego, sólo aquel vaho gris de la muerte extendiéndose.

Volvieron a lo de Guedón. Lo conminaron a que rompiera el tiempo. El brujo tuvo miedo de la cólera sorda que se ocultaba detrás de la desesperación. Se supo impotente y optó por hablar. Contó la historia de la Octavia, de su pesar inmenso, de la rabia vengadora; y dijo que ella había robado la piedra de encantamientos, la tutuma y el veneno. La acusó, la culpó le preparó la entrada hacia la muerte.

Eran las últimas horas de la tarde cuando el pueblo bajó airado a buscar a la Octavia. La encontraron donde siempre, en la piedra angulosa del traspatio; y así tal la tomaron en vilo y la llevaron a la plaza del pueblo. Ella no se opuso. Sólo tuvo un miedo helado que la inmovilizó. Se entregó en alma y cuerpo.

Le hicieron un jurado terrible. La sentaron bajo el roble centenario y la rodearon cientos de ojos que salpicaban furia. Cada uno reclamó por lo suyo. Por las flores, por las bestias, el agua, la tierra. Ella nada dijo. Tenía la mirada puesta en la oscuridad y el pensamiento detenido en el recuerdo del lechugón ahogado. En su alma primitiva jugaban al desquite el afán de morir y el temor a la muerte.

Bien entrada la noche dictaron la sentencia. Debía morir clavada en un tablón enorme de cedro oscuro. Esperaron la hora de los duendes. Hacia la medianoche la clavaron con estacas de madera. Guedón bajó todo ataviado con adornos de escuerzo. Danzó, aulló, quemó salvia, morera y otras hierbas. Destazaron un perro y bañaron con sangre el cuerpo de la Octavia. Después empezó el canto de las letanías hacia adelante. En la oscuridad empezaron a ladrar unos relámpagos.

Durante el resto de la noche se quedaron mirando la agonía de la Octavia. Ni un gemido, ni un estertor. Sólo la convicción profunda y el deseo de pasar al universo de la niebla. Poco a poco se fue poniendo exangüe y empezaron a salir luces en el cuerpo. Primero fueron unos pocos rayitos en las manos, después le aparecieron en el vientre. Cerca del cuello le nacieron unas como flores pequeñas y la cabeza toda se le cubrió de un resplandor oroverde.

Las viejas advirtieron el milagro y desde el fondo del pasado sacaron las letanías polvorienta que el cura les enseñó. Medio mordidas, medio trabadas, fueron saliendo desde el tiempo las palabras: MATER AMABILIS… ORA PRO-NOBIS… MATER ADMIRABILIS… ORA PRONOBIS… se perdieron a ratos; pero volvieron a buscar las palabras escapadas para armar la corona total que recitaron todos hasta el alba.

VII


El día amaneció codeando nubarrones. La Octavia yacía en el tablón clavada, lucecida. Su espíritu era ya una muselina gris que quería irse a la región de las nieblas y andaba por última vez alrededor de los lugares queridos. Prepararon el entierro. El río debía recibirla. Además, tenía que ser pronto. El cielo estaba gris y había miedo. El temor y la culpa, la esperanza y la duda estaban en cada cuerpo. Guedón organizó. Adelante las crías, enseguida los hombres y después las mujeres. Cortaron hierba muerta, ortigas y morera. Cuatro ancianas del pueblo cargaron el tablón y se fueron en procesión hacia el río. Guedón iba adelante. Atrás, el San Sebastián carcomido cerraba el funeral.

El río estaba turbio y como atontado. La resequedad quemaba las orillas y flotba una hediondez sobre el agua pantanosa. Cuando llegó el funeral colocaron el tablón sobre una piedra enorme y corrieron a apostarse, como cuervos culpables y malignos, en las riveras vecinas. La Octavia quedó con sus luces hacia el cielo.

Cantaron salves. Profunda y aguda, gangosa y tierna. Guedón subió a la piedra. Masculló oraciones, lanzó un grito tremendo y bailó invocando a las aguas, a los duendes y a los vientos. Después, haciendo un esfuerzo de mil horas, empujó el tablón hacia las aguas. La Octavia se hundió, clavada y lucecida, en el líquido espeso. Hasta entonces estuvo rescatada en su angustia. Las mismas aguas que cubrieron al movido la llevaban a él. La muselina gris dejaba los espacios de la vida.

Arriba tronó. Un trueno horrible que sacudió las piedras. Empezaron a correr buscando el pueblo. Cada uno llevaba un fardo muy pesado de culpa, de temor y de inquieta esperanza. Después de todo, hubieran preferido dejar las cosas al destino, a las leyes eternas.

La lluvia cayó con la pesadez de una bofetada maligna. Se vino con todo el peso de la furia contenida, enchagüitó los campos y lavó el ojo del río agonizante. Poco a poco las guas empezaron a caminar con aliento. Abajo la Octavia, clavada y lucecida, fue en pos de la corriente a buscar los nenúfares y los lotos y los remansos cristalinos de arena iridiscente. Pasó por el camino del movido, buscándolo, siguiéndole la huella.

Fue una tormenta larga. Sólo se marchó hasta que el río hubo sanado y hasta que la muselina gris de la muerta llegó titilante al universo de la niebla. Entró en él abatida, flotando cautelosa en las horas sin tiempo. Sólo tuvo la paz cuando encontró, recostada sobre un minuto eterno, la muselina verde del lechugón, aquel hijo que la vida y el amor le dejaron, por el que lloró tanto y por quien, en el tiempo del hombre y en el tiempo sin tiempo, era siempre una madre.

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